2026, el año en que se tensan todas las costuras
El gran dilema de nuestro tiempo es cómo enfrentar proyectos iliberales que llegan al poder por las urnas
El primer episodio de Las dos orillas en 2026 abre el año con una pregunta incómoda y urgente: ¿qué está realmente en juego cuando la democracia comienza a desgastarse desde dentro? En una conversación de largo aliento, Julio Borges, Luz Escobar, Douglas Castro y Manuel Burón trazan un mapa del mundo que comienza, marcado por elecciones decisivas en América Latina, el avance del crimen organizado, la erosión institucional y el retorno de doctrinas de poder que parecían enterradas. El punto de partida es claro: 2026 no será un año más, sino un año de definiciones.
Uno de los ejes centrales del episodio es la relación entre democracia, inseguridad y crimen organizado. Douglas Castro plantea una disyuntiva clave: si el crimen es consecuencia de instituciones débiles o si, por el contrario, ya se ha convertido en una fuerza capaz de devorar a la democracia misma. Casos como México, Colombia, Costa Rica o Uruguay muestran que la violencia ya no es un problema exclusivo de Estados fallidos, sino un combustible para nuevos populismos punitivos que prometen orden a costa de derechos. La seguridad, advierten, se ha convertido en el atajo electoral más eficaz… y más peligroso.
El debate se amplía al plano geopolítico. Manuel Burón introduce el impacto de la nueva doctrina de Trump para las Américas, el regreso explícito del corolario Monroe y la normalización de la imprevisibilidad como forma de gobierno. América Latina y Europa aparecen, por primera vez en décadas, enfrentando dilemas similares: pérdida de autonomía estratégica, fragilidad multilateral y creciente intervención de potencias externas. Borges subraya una paradoja incómoda: la región critica el intervencionismo estadounidense, pero ha sido incapaz de construir respuestas multilaterales propias, dejando vacíos que otros ocupan sin resistencia.
El episodio también pone el foco en el desgaste prolongado como condición política de época. Luz Escobar conecta la experiencia cubana —65 años de promesas incumplidas— con Venezuela, Nicaragua y también con democracias formales como España. El agotamiento no es solo económico o institucional, sino cívico y moral. Las sociedades, cansadas de esperar resultados, comienzan a tolerar retrocesos que antes hubieran sido inaceptables. De allí surge una advertencia central del programa: las democracias no suelen morir por golpes espectaculares, sino por acumulación de pequeñas renuncias.
Otro punto clave es el cruce entre legitimidad electoral y autoritarismo. Los participantes coinciden en que el gran dilema de nuestro tiempo es cómo enfrentar proyectos iliberales que llegan al poder por las urnas. Cuando la popularidad reemplaza a los límites institucionales, y la justicia se convierte en el «canario en la mina», el punto de no retorno puede cruzarse sin que la sociedad lo advierta. México, Estados Unidos y España aparecen como casos de estudio donde decisiones judiciales y reformas legales marcarán si aún hay marcha atrás.
El cierre del episodio vuelve a una idea tan simple como inquietante: la democracia liberal, durante décadas dada por sentada, hoy necesita ser defendida explícitamente. En un mundo donde el multilateralismo se diluye, la migración se politiza y la economía se reordena en bloques, la libertad deja de ser un consenso automático y vuelve a ser una disputa. Las dos orillas no ofrece respuestas cerradas, pero sí una certeza: si 2026 será recordado como un punto de quiebre o de resistencia dependerá menos de los líderes y más de cuánto esté dispuesta la ciudadanía a defender aquello que todavía la protege.


