Adiós a Guillermo Gortázar, un intelectual refractario a las consignas
El político, historiador y autor de excelentes biografías de Alfonso XIII y Romanones fallece en Madrid a los 74 años

El político e historiador Guillermo Gortázar. | Wikimedia Commons
No es frecuente, pero a veces uno tiene la suerte de conocer a personas que reúnen dos cualidades que me parecen admirables y Guillermo Gortázar las concentraba en grado superlativo: me refiero a su bonhomía y su elegancia natural. Por encima de cualquier otra cosa, lo que llamaba la atención en Guillermo Gortázar, a poco que uno se detuviera a conversar unos minutos con él era su llaneza, su finura, su cordialidad que enseguida desembocaba en calidez y, por supuesto, una erudición que él modulaba de tal manera que no intimidase a su interlocutor.
En un país en el que tantos dogmáticos y sectarios gustan de revestirse con los ropajes de liberales o librepensadores, pero despreciando siempre al rival o a quien les lleva la contraria, Guillermo representaba, sin esfuerzo aparente alguno por su parte, el liberalismo de pura cepa, la tolerancia sin recovecos y, en suma, la capacidad para escuchar, sin prejuzgar, ni mucho menos desdeñar, las opiniones discrepantes. A menudo comentaba irónicamente que muchos de sus detractores, antes incluso de que expresara sus puntos de vista, lo descalificaban como aristócrata, elitista o conservador. Pero, «¿qué argumento es ese? Déjenme por lo menos que hable», protestaba en tono risueño, sin perder nunca la afabilidad antedicha.
He querido comenzar este recuerdo —no por casualidad— con esas notas personales, de primera mano, porque la figura de Guillermo Gortázar y su proyección pública quedaron muy marcadas durante buena parte de su vida por la labor política que desarrolló durante la etapa aznarista del Partido Popular. José María Aznar le fichó, en efecto, para labores de formación dentro del partido, en el que desempeñó diversas labores relevantes, sobre todo en el campo doctrinal y la orientación ideológica. De aquellos tiempos procede su afinidad política y su vinculación personal con Alejo Vidal-Quadras, que se mantendría durante el resto de su vida.
En aquella etapa de la última década del pasado siglo, Gortázar aparecería también vinculado ante la opinión pública con otra persona que, sin duda, marcaría su vida, en lo político y lo personal. Me refiero a Pilar del Castillo, directora del CIS (1996-2000) y ministra de Educación, Cultura y Deporte con Aznar (2000-2004), con la que había contraído matrimonio y con la que, incluso después de su divorcio, mantendría una fluida relación hasta el final de su vida. Todos estos contactos y relaciones, amén de su integración en los órganos de dirección del partido y su condición de diputado en las legislaturas V, VI y VII, entre 1993 y 2001, transmitieron la imagen de un Gortázar conservador ortodoxo, disciplinado militante de partido, que no se ajustaba por completo a la realidad.
Porque Gortázar nunca dejó de ser un intelectual refractario a las consignas partidistas, en especial cuando estas se aplicaban por imposición y sin debate. No en vano procedía de la izquierda antifranquista (Bandera Roja y PCE), en la que había militado en sus años juveniles. Su paso del ideario comunista al universo liberal y conservador fue una deriva lenta, resultado por encima de todo de una maduración personal, política e intelectual. Quizá por ello mismo nunca dejó de cuestionarse su papel en el establishment político nacional. Cuando, como tantos otros, podía haber seguido cómodamente instalado en el entramado institucional o en el seno del partido, Gortázar no dudó en dimitir y abandonar la política activa.
«La falta de democracia interna en los partidos —también en el suyo— casaba mal con su alto sentido de la función pública»
Creo que el dato es importante porque adivino que ya en ese punto (estamos hablando de los comienzos del siglo XXI, hace más 25 años), podía ser perceptible en Gortázar una cierta decepción por los vericuetos por los que se despeñaba la política en nuestro país. La falta de democracia interna en los partidos —también en el suyo—, el caudillismo rampante o un tacticismo ramplón casaban mal con su alto sentido de la función pública y —¿por qué no decirlo?— hasta con su idealismo, en el buen sentido de la palabra. Interesa destacarlo porque, como enseguida expondré, la obra intelectual de Gortázar es una continuación natural de esos desajustes que él vivió de manera directa y personal.
Dado que esa vertiente política activa, con la que se vincula públicamente a su persona, no constituyó más que una fase de su vida, hora es ya de ocuparnos de otras facetas de su personalidad. Sin dejar nunca de lado su interés por los asuntos públicos, Guillermo Gortázar fue básicamente un excelente historiador que nos ha dejado algunas obras de importancia indiscutible para entender nuestra historia contemporánea. Digamos, antes que nada, que en su formación es patente su estancia a comienzos de los años ochenta del pasado siglo en la Universidad de California, La Jolla. Nuevo apunte acerca de su coherencia: si en lo personal, Guillermo era la encarnación del gentleman británico, en lo profesional estuvo claramente marcado por el modo de hacer historia de las universidades anglosajonas.
Su primera obra importante fue Alfonso XIII, hombre de negocios (1986), un libro pionero en muchos aspectos sobre la modernización económica de España en el primer tercio del siglo XX y del papel que jugó en ese proceso el titular de la Corona. A pesar del paréntesis al que le obligaban sus obligaciones políticas, nunca abandonó por completo sus inquietudes investigadoras, como testimonian diversos volúmenes en los que colaboró o que coordinó a lo largo de las décadas siguientes, desde Nación y Estado en la España liberal (1994) hasta El salón de los encuentros (2016).
No obstante, su gran obra y su gran personaje tomarían forma algo después, con la aparición en 2021 de Romanones. La transición fallida a la democracia, una obra que no solo era la mejor biografía de aquel conspicuo personaje de la Restauración, sino también un agudo análisis interpretativo de por qué y cómo había naufragado en España el régimen liberal, derivando hacia un sistema autoritario (la dictadura de Primo de Rivera) en vez de desembocar en un régimen plenamente democrático. Una evolución fallida, sostenía el autor, que la República no quiso o no supo enmendar, y que —guerra civil mediante— explicaría buena parte de nuestras desgracias y de los males seculares que solo la transición juancarlista lograría revertir.
«Ejercía y aplicaba la libertad en todas sus formas, como expresión de respeto hacia sí mismo y hacia los demás»
Después de esa magna obra, Gortázar publicaría tres libros más, consiguiendo en cada uno de ellos iluminar algún aspecto recóndito de nuestra trayectoria histórica: El secreto de Franco (2023) levantó ronchas en múltiples sectores, porque suponía cuestionar la autenticidad de un elemento intocable del jefe del Estado: su testamento. Un veraneo de muerte (2024) constituía un fresco estremecedor de los crímenes que tuvieron lugar en San Sebastián en los primeros meses de la Guerra Civil. Y, por último, en El cesarismo presidencial (2025), retomaba su vieja obsesión por el liderazgo autoritario que se ha ido gestando en los partidos políticos españoles y, más en concreto, en el Poder Ejecutivo, con un primer ministro convertido en presidente que hasta intenta desplazar, siempre que puede, al mismísimo jefe de Estado.
Un tumor cerebral fulminante ha terminado en menos de cuatro meses con un Gortázar que estaba en plenitud de facultades y con múltiples proyectos en cartera. Sus amigos podemos dar fe de una energía incansable y un entusiasmo desbordante, que literalmente nos arrastraban. Guillermo nos convocaba y se erigía de modo espontáneo en nexo de unión y punto de referencia fundamental. A nadie le pedía sumisión ideológica o afinidad política estricta. Ejercía y aplicaba la libertad en todas sus formas, como expresión de respeto hacia sí mismo y hacia los demás. Eso sí, su única intransigencia era con los dictadores y las dictaduras, expresas o encubiertas, ya fuera en Cuba (uno de sus desvelos), en Irán o en cualquier otro lugar del mundo. Se nos fue cuando estaba en su mejor momento. Nos deja su obra y una ejemplar ejecutoria personal y profesional, guiadas por el respeto, la tolerancia y la libertad.
