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Lo que hay que oír

El gran Leif Segerstam

Una de las figuras más carismáticas de la música clásica, inventó un método compositivo llamado «pulsación libre»

El gran Leif Segerstam

Leif Segerstam. | Wikimedia

Hace ya un año largo que murió el director y compositor finlandés Leif Segerstam (1944-2024), una de las figuras más carismáticas del mundo de la música clásica, una especie de Santa Claus vikingo –también era asombroso su parecido con Johannes Brahms–, apasionado y voraz como pocos, excéntrico y sabio, autor de más de 370 sinfonías –sí, han oído bien–, un número que ha disuadido siempre a este oyente de intentar iniciarse en su obra. ¿Por cuál empezar? ¿por la 203? ¿por la 78? Para ese exceso ya tenemos a Haydn, que no falla nunca. Al parecer, además, Segerstam inventó un método compositivo llamado “pulsación libre” según el cual los intérpretes pueden adaptar la partitura a las circunstancias, muchas veces sin necesidad de batuta. Así que, de momento al menos, nos quedamos con su valiosa labor como director al frente de orquestas nórdicas como la Filarmónica de Turku o la de Helsinki. En España fue también una figura apreciada y conocida, gracias sobre todo a su colaboración con la sinfónica de Galicia, una de las mejores de nuestro país, por cierto.

En la red se puede encontrar un video en el que Legerstam dirige con los gallegos una excelente versión de Scheherezade de Rimsky-Korsakov. Hacia el minuto 45, durante el episodio del naufragio, el finlandés empieza a gritar –y con él algunos músicos– en una reacción catártica, probablemente ensayada, pero que resulta muy espectacular y dramática, reveladora de la personalidad desbordante de aquel mago de las nieves. “La música”, decía Legerstam, “no es lo que suena sino por qué eso que suena suena cuando suena”. El trabalenguas encierra una verdad profunda, cercana a la fenomenología de Celibidache, que considera la nota escrita una simple estenografía muerta de algo que adquiere vida en un determinado espacio y durante un tiempo que se inventa a lo largo de la pieza, paralelo a nuestra temporalidad vital, cuya percepción a su vez se modifica gracias a ello. Celibidache siempre exigía a sus músicos que se preguntaran por qué algo sucedía de una determinada manera. Y es que lo esencial estribaba en darse cuenta de que lo que ocurre en un pasaje concreto afecta a lo que viene después porque no solo lo condiciona, sino que también lo contiene de manera embrionaria. Así es como uno puede acceder a la experiencia de anulación del tiempo que la música ofrece a quien se atreve a oírla. El final está ya latente en el principio y el principio en el final, de modo que al acabar se ha invertido la secuencia y estamos más allá del transcurso. 

Legerstam es un director de esa estirpe, con un fuerte acento propio y una especial dimensión visionaria, como se demuestra sobre todo en sus magníficas, hondas y detalladas versiones de Sibelius, su alma gemela, con la Filarmónica de Helsinki. Jean Sibelius, también finlandés, es un compositor que ha ido revelando su complejidad a medida que se han desmoronado los dogmas de la vanguardia musical del siglo pasado, aquel maniqueísmo que dividía a los compositores entre progresistas y reaccionarios, dependiendo de su fidelidad a la atonalidad. Hay una foto de un anciano Stravinsky, arrodillado frente a la tumba de su colega, que ilustra muy bien el cambio de actitud. Stravinsky empezó siendo un detractor de Sibelius para acabar rendido ante su genio. Y en los cursos de verano de Darmstadt, en la década de 1980, un compositor tan rupturista como Morton Feldman admitió, refiriéndose a Sibelius, que quizá aquellos que durante tanto tiempo se habían juzgado conservadores eran en realidad los más revolucionarios. Sea como sea, lo cierto es que Sibelius nos habla en el siglo XXI con una claridad y una afirmación que parecen hechas para nuestros días, más allá de la subjetividad, con el oído abierto a la naturaleza, entendida como aquello que no nos pertenece y a la vez nos conforma.

El Sibelius de Legerstam es único por su especial conocimiento de su idiosincrasia. Se nota, por así decirlo, que habla su misma lengua y que entiende muy bien sus motivaciones. Aunque el finlandés ha tenido grandes intérpretes –desde Koussevitzky a Bernstein, Karajan o Mariss Jansons–, nadie ha logrado que esa música suene con tanta naturalidad, libre de adherencias románticas, externas a su constitución. En manos de Legerstam, Sibelius es un autor intransferible, frío y a la vez envolvente, hondo y transido de levedad, alegre en su enigmática melancolía, irónico e incluso humorístico a ratos. El director demuestra siempre un asombroso dominio de la articulación de las cuerdas –se nota ahí su inicial formación como violinista–, con las que consigue una gama de matices asombrosa. Lo mismo sucede con las maderas, que bajo su batuta adquieren una entonación particular, inexplicable, rebosantes de intensidad y de vida. 

Sus grabaciones en directo –sobre todo las más recientes, todas de nuestro siglo– descubren a otro Sibelius, mucho más matizado y rico, lleno de capas de significado. La primera y la segunda sinfonías, por ejemplo, tradicionalmente consideradas las más nacionalistas y superficiales, suponen en su lectura una experiencia distinta, más exigente. Y nadie ha conseguido que la sexta, sobre todo su principio, suene con esa milagrosa expresividad. Oyéndola, se entiende muy bien lo que decía Segerstam acerca de su condición de tone-chooser, alguien que no solo dirige una partitura, sino que es capaz de ver entre las notas y hacer emerger las verdaderas correspondencias de la música. Como decía Mahler, en una partitura está todo “salvo lo esencial”. 

Recientemente se ha publicado un disco, titulado Segerstam in Aarhus, que puede considerarse su testamento, ya que incluye las últimas grabaciones que hizo el director, esta vez al frente de la orquesta sinfónica de Aarhus en Dinamarca. El álbum es muy interesante porque revela hasta qué punto la dedicación de tantos años a compositores como Sibelius o Nielsen terminó redundado en una sabiduría que le permitió dirigir también versiones magistrales de Bruckner o Beethoven. Aquí tenemos una séptima y una cuarta del primero y una sexta –la Pastoral– del segundo, más el Má Vlast de Smetana y una curiosa quinta de Rued Langaard, un compositor danés. La séptima de Bruckner es una maravilla de principio a fin. Como los mejores, Segerstam marca un tempo muy pausado para que la música respire y vaya creando esa amplitud propia del compositor austríaco. La entonación, de nuevo, desde la dificilísima frase inicial del chelo, es perfecta, lo mismo que las transiciones, las dinámicas o el espacio que crean a su alrededor los solos de madera. No hay nada rutinario en su trabajo, sino que cada movimiento despliega su inagotable multiplicidad sonora.

La cuarta de Bruckner también es espléndida, gracias sobre todo a la brillante vivacidad que Segerstam imprime a todas las secciones de instrumentos y que a ratos suena como un crepitar lumínico. No hay pasaje que no preserve su propio fraseo, la univocidad que la mejor música siempre transmite dentro de su infinita polisemia. También aquí son muy notables el pulso y la capacidad rítmica, que tantas veces se confunde falsamente con la velocidad. El ritmo no es cuestión de rapidez sino de danza. En los pasajes más rítmicos de la sinfonía, la orquesta baila con una admirable sincronía. Viniendo de Bruckner, uno puede apreciar, al final del disco, la influencia que la Pastoral de Beethoven ejerció en el austríaco, especialmente en esa sinfonía, quintaesencia del romanticismo. Como buen romántico, Beethoven se despidió ahí de la naturaleza –trasunto de la divinidad–, contemplándola de espaldas al espectador, como en los cuadros de Caspar David Friedrich. Lo que parece un inocente paseo por el campo, con sus arroyos, sus pájaros, su fiesta y su tormenta, se va revelando poco a poco cada vez más ominoso hasta dibujar el lento difuminado de nuestro propio rostro en la abstracción subjetiva. Segerstam vuelve a dirigir con mano maestra ese paseo interior, con una disciplina marcial que recuerda a Klemperer. De nuevo, la expresividad es prodigiosa, lo mismo que el ritmo y la arquitectura del conjunto, así como la fluidez y la levedad de la música o los pasajes líricos, de una increíble delicadeza. Aunque hemos oído la sinfonía millones de veces, la volvemos a descubrir, como recién creada. De esa despedida surgirá la reinserción religiosa de Bruckner, que utilizará la misma sonoridad para contar un viaje de regreso, igual que Sibelius, a la placenta de la naturaleza, una experiencia de ida y vuelta que podemos revivir una y otra vez gracias al arte del gran Leif Segerstam.

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