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Cultura

El «oxígeno» de Marta Jiménez Serrano

Hay en ‘Oxígeno’ incisos o detalles que marcan la diferencia entre un libro que está bien sin más y uno destacable

El «oxígeno» de Marta Jiménez Serrano

'Oxígeno', de Marta Jiménez Serrano. | TO

Tenía mis reservas, la verdad, pero este libro me ha ganado.

Por replicar una broma que Marta Jiménez Serrano hace en Oxígeno al respecto de una exnovia del que iba a ser su marido, en este particular asunto nuestro vamos Marta 2 – Marqués 0. El primer gol de ese marcador lo explicaré dentro de cinco párrafos, pero el segundo, recién marcado, tiene que ver con la inteligencia con que la autora ha conseguido superar el que claramente era el peligro más serio de este tercer proyecto narrativo suyo (al menos, el tercero publicado), toda una espada de Damocles que pendía sobre el enorme riesgo de intrascendencia que aquí había.

Habría mucho que decir sobre esa potencial irrelevancia (que he visto que muchos dan ya por sentada sin por supuesto haberse acercado al libro), pero quiero intentar pasar rápido por esto. 

Hay una carta famosa en la que Buñuel escribe a Dalí (o tal vez fuese al revés: de repente no la encuentro) para burlarse del Romancero gitano de su amigo Lorca: reproduce la primera estrofa de un poema (me parece que el «Romance sonámbulo») y, tras cada verso, añade un exclamativo y cruel «¡¿Y qué?!». Ese «¿Y qué?» resuena muchas veces en las cabezotas de algunos lectores cuando nos encontramos ante determinados poemas, algunas narraciones o, especialmente, ciertos diarios, memoirs o libros testimoniales, y a veces puede ser tan divertido como el de la postal, pero también igual de injusto. 

Para empezar, dependiendo de cómo se miren y se cuenten las cosas, la crónica de una tarde en el IKEA puede ser mucho más apasionante, significativa y reveladora que los recuerdos de dos años en Auschwitz. No creo que haga falta desarrollar eso porque, por decirlo con palabras del poeta Hopkins, es tan evidente como una tarántula en un plato de nata. Para continuar, si nos ponemos paródicos no hay nada en este mundo al que no le pueda caer un estruendoso «¿Y qué?». Un tipo se enajena leyendo viejas historias y se lanza a los caminos a emular a sus héroes. ¡¿Y qué?! Un viejo marinero anda obsesionado con encontrar y cazar un cachalote blanco con el que ya se las vio muchos años atrás. ¡¿Y qué?!… Y para concluir con esto, la autora de este libro estuvo a un pelo de morir por una intoxicación de monóxido de carbono. ¿Hay alguien por ahí gritando «¡Y qué!»? ¿Seguro que eso da igual? Hay que tener mucho cuidado, y no lo digo por la revisión de las calderas, sino por cómo leemos. 

Precisamente en este libro hay un momento en el que, a raíz de las visitas al psicólogo o del cobro de indemnizaciones por el daño sufrido, Jiménez Serrano escribe sobre cómo el dolor es incontable, no tanto en el sentido de que no se puede describir como en el de que no se puede medir o comparar. Hay gente a la que la muerte de su hámster le produce más sufrimiento que la de su marido o la de su madre: nos puede parecer ridículo o incomprensible, pero es así, y si esa persona lo cuenta en un libro, no debemos leerlo según nuestra perspectiva sino según la suya, o no entenderemos mucho. Ponerse en la piel del autor o la autora es fundamental para entrar bien en los libros. Otra cosa es que ese dolor sea mentira, sea fingido, sea estratégico, sea puramente literario… y eso, la ausencia de verdad, será en ese caso un defecto que el libro no podrá superar, o que solo embaucará a los lectores más incautos o desprevenidas (esos a los que, por ejemplo, les pareció legible Olor a hormiga).

Pero tenía que contar el 1 – 0. 

A mí Los nombres propios me gustó, pero ante el desmedido éxito que, en mi opinión, adquirió enseguida la ópera prima de Marta Jiménez Serrano, uno tiende hacia la clara injusticia de retraerse un poco y empezar a sacar pegas. Me pasa hasta con Lorca, con Almodóvar o con Gamoneda: uno es efectivamente decisivo, crucial, genial…, el cineasta tuvo el mérito asombroso de ser tan distinto tan pronto, y el otro es un poeta magnífico, muchas veces sobrecogedor… pero se insiste tanto en ellos y se les arrojan tantos superlativos que dan ganas de matizar, de intentar recolocar un poco las cosas en su justa medida, una especie de «sí, claro, pero no tantísimo»… Lo decía hace pocos días alguien al respecto del disco de Rosalía: hacer pasar por glorioso lo que es correcto o simplemente bueno (como sucede hoy con Comerás flores o ayer con La península de las casas vacías) es algo que perjudica a la propia obra, y que a la larga tal vez pese. 

El caso es que cuando se publicó su segundo libro, los cuentos de No todo el mundo, yo andaba cauteloso, desconfiado, pero ese libro me encantó, está lleno de malicia de calidad, es listo y afilado y observador y gracioso, aunque efectivamente hable de cosas relativamente irrelevantes, no por culpa de su autora sino por la del calendario: una de las funciones primarias (e inconscientes) de la literatura es dar cuenta del espíritu del tiempo en el que se escribió, retratar o recoger el contexto, y si vivimos en un momento y un lugar más bien anodinos, funcionando todos por inercia, un poco como zombis, está bien que la buena literatura lo fotografíe, lo preserve y lo explique, aunque no se lo proponga de un modo específico. (Pero me parece que Marta es consciente de esto: su único libro de poemas se titula precisamente La edad ligera, y es un libro que, por cierto, termina con tres palabras siempre oportunas, pero más ahora: «No te mueras»).

No todo el mundo fue un golazo de Marta por toda mi escuadra, y, aunque esta vez no acudía ni mucho menos con tantos prejuicios, Oxígeno me ha convencido mucho más de lo que podía prever. Lo dicho: un rotundo 2 – 0. Aparte de contar muy bien el suceso central, hay páginas wikipédicas sobre la presencia de gases en el mundo, o de cómo reacciona el cuerpo humano ante determinados invasores indeseables, pero el salto se produce en las breves digresiones que la autora hace sobre temas radicalmente colectivos y acuciantes, como «el problema de la vivienda», en lo importante, o la mayor o menos determinación con la que nos comprometemos con una nueva pareja, en lo privado, así como consideraciones muy pertinentes y agudas sobre cómo recuperarse tras un trauma, o sobre qué significa la patria, o sobre la poca delicadeza con la que a veces asistimos a lo que para los demás ha supuesto un antes y un después.

Pero no se trata solo de eso. Hay en el libro un montón de incisos o de detalles que marcan definitivamente la diferencia entre un libro que hubiera estado bien sin más y un libro destacable como este. Son pequeñas, pero profundas muestras de talento que hacen que la lectura sea un placer, a pesar de la relativa tensión del relato (amortiguada por la evidencia de que el enorme susto terminó sin tragedia), y que, por otro lado, consiguen que el libro se eleve. Jiménez Serrano es muy hábil a la hora de saber en qué asuntos ha de incidir y cuáles han de ser mencionados sin más. Ella sabe que este libro no podía inflarse, y no lo hace, aunque sí ensaya un pequeño repaso a la historia del noviazgo implícito aquí, hay un pitorreo muy cariñoso y bonito respecto a la supuesta filosofía literaria de quien es durante el libro su pareja, y vuelve un poco a los escenarios inmobiliarios o familiares de Los nombres propios. Es un libro redondo en lo que se propone, y además se insiste muchas veces (en un libro de 140 páginas tres o cuatro veces son muchas) en que este es, en principio, un libro sin ficción, que aquí está escrito «lo que pasó», que ella se ha limitado a exponer «la verdad»

Y eso, sí, es verdad, y en este caso lo seguiría siendo incluso aunque lo que se cuenta en él fuese pura fantasía, porque en términos literarios la verdad no está en la veracidad o en la sobrevalorada «honestidad» (que no se sabe qué es), sino en el punto de vista.

(P. D: Y Roberto Bolaño es, por descontado, lo menos «chapa» que se puede leer en este mundo).

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