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Daniel Vázquez Sallés o la crónica de una generación desconcertada

THE OBJECTIVE conversa con el hijo del escritor y periodista Manuel Vázquez Montalbán, autor de ‘Los felices ochenta’

Daniel Vázquez Sallés o la crónica de una generación desconcertada

Daniel Vázquez Sallés. | Cedida

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?, se pregunta con mordacidad Daniel Vázquez Sallés, repasando una época, la de los ochenta, que quizá no fue tan feliz como pareciera, y tuvo más de canto de cisne, de golpe de realidad y de pérdida de inocencia de lo que estamos dispuestos a aceptar. Una década marcada por la violencia, a medio camino entre el franquismo y la democracia, que se vivió con una alegría desconcertada que Vázquez Salles ilustra con una agridulce crónica sentimental en su último libro. Conversamos con el autor en la oficinas de Casa Abacus, sede de su editorial, en la ciudad de Barcelona.

PREGUNTA.- El título del libro es Los felices ochenta, pero en tu libro de felicidad no hay demasiada.

RESPUESTA.- Se ha falsificado un poco lo que son los ochenta, hay mucha nostalgia. Por supuesto que, como en todas las décadas había momentos buenos, pero también hubo momentos muy malos. Pero sin esa década no se entendería el mundo actual, en lo bueno y en lo malo. Mi libro es un libro objetivamente subjetivo, es un libro en el cual se habla sobre cosas que pasaron, y ahí está mi visión. Y yo no soy una persona equidistante. Pero en el libro hay mucho humor negro en el fondo, también. Y eso es fruto de que soy un adicto, es pura supervivencia lo de meterme conmigo.

P.- Me sorprende que hables de manera tan abierta de tu adicción.

R.- Piensa que del 100% de adictos, solamente 8% están en centros de adicción O sea que hay como un 92% de gente adicta suelta por el mundo. Hay mucho exadicto que va por el mundo como dando lecciones de moral y eso no es mi cometido. Yo te cuento mi historia, si te gusta bien y si no, pues también. Yo en la época no era consciente de que acabaría como acabé, en un ser patético, pero me lo pasé bien.

P.Este libro da cuenta del momento en el que te liberas de la tutela de tus padres y viajas al extranjero, primero a Londres y luego a Nueva York y parece como si te sintieras totalmente desubicado.

R.- Sí, porque te crías en una familia en la cual siempre te dicen que cuando seamos democráticos, esto va a ser una bestia, y llegas al momento de la democracia y el país está hecho unos zorros, no sabes muy bien por qué, ya que también perteneces a una familia de orígenes obreros pero tienes una vida de burgués… Hay un punto de no sentirse de ningún sitio y seguramente también está el tema de de no gustarte tampoco el país donde vives y entonces quieres irte. Siempre he sido un culo inquieto, nunca me he sentido de ninguna parte, y eso seguramente es por la adicción; nunca he sentido la felicidad como una cosa que pueda manejar: he sido capaz de destruir momentos buenos en mi vida porque no me los he creído, en plan de decirte a ti mismo: «Esto no puede ser porque es demasiado bueno». Por ejemplo, me he cargado un matrimonio por pensar «es tan aburridamente normal» que me decía que eso no podía ser, y me lo cargué.

P. La época de tu matrimonio coincide con tu estancia en Madrid.

R.- Sí, estuve 18 años viviendo en Madrid y fue una sensación también muy de desarraigo, no me sentí nunca de ahí, no la entendía nunca esta ciudad, y la viví mucho. Yo soy de conocer a fondo las cosas, las pateo mucho, las paseo mucho, me gusta ver rincones, ver a la gente y no la entendí y seguramente no es culpa de Madrid; es culpa de que yo llegué a Madrid muy tarde, digamos que ya mi memoria sentimental estaba un poco congestionada. Y todo ello a pesar de que primero tuve una persona que amé mucho y después tuve un hijo que ha sido el ser más que mas he querido en mi vida, que me descubrió lo que era un amor puro y de verdad, pero me sentí siempre un apátrida. Descubrí la ciudad con 37 años, y claro, al haber ya vivido en Milán, y en París, y en Nueva York y Londres, pues no tenia esa fascinación por la gran urbe. Dicho esto, para mí Madrid fue un descubrimiento de muchas cosas, pero yo ya no tenía ese momento de quedarte con la boca abierta por toda la oferta de la ciudad, no fue mi caso. Me enamoré de una chica que vivía en Madrid, eso es todo.

P.- ¿Cómo te llevas con la soledad?

R.- A mí me gustan mucho las ciudades donde no le importas a nadie. Soy una persona muy solitaria. Mira, por ejemplo, cuando llego a Nueva York estoy tres semanas sin hablar con nadie hasta que no encuentro a mi amigo del alma, Marcello. Me dedico durante esas tres semanas a no hablar con nadie y a buscar un sitio para aprender inglés, después me busco mi apartamento donde decido no tener muebles ni teléfono; tiro un colchón en el suelo y la tele y ya está, pienso: «Venga, vamos a ver si me arraigo en este sitio o qué pasa». Así que no, no tengo problemas con la soledad. Tampoco soy de hacer demasiados planes.

P.- ¿Viendo tu vida en perspectiva te arrepientes de algo de tu juventud?

R.- Es cierto que la escritura de este libro me ha obligado a revisar mi vida pasada, pero tampoco vivo en esa idea de que lo podría haber hecho mejor. He hecho lo que he podido, francamente. Además, ahora es absurdo darle vueltas a lo que ya pasó, y como le dije un día a mi padre «uno vive como puede y ya está». Lo que sí que puedo afirmar es que he vivido bastantes cosas.

P.- No comenzaste a escribir hasta los 35 años.

R.- Siempre he tenido la pulsión de contar cosas, pero me negaba, porque sabía que me iba a meter en una selva por cuestiones evidentes, por el padre que tenía, porque mi padre había estado muy involucrado en política, porque mi padre tenia muchos enemigos ideológicos, y porque yo sabía que es más fácil meterse conmigo que con mi padre.

«Podría ser ahora del Partido Socialista y tener un cargo, pero no me interesó nunca»

P.- Al comienzo del libro, dices sobre tu padre que ahora es un mito olvidado. ¿Eso te libera a la hora de escribir?

R.- Cuando asumes con tranquilidad que formas parte de un grupo de los así llamados nepo babies [término inglés para referirse a hijos de personas famosas cuyos contactos les han facilitado la creación de una carrera], y lo ves más con la perspectiva de ser un privilegiado estás más calmado. Ahora bien, si me preguntas si hubiera podido aprovechar esta situación más, pues no lo sé. Podría quizá haberlo aprovechado de una forma más pecuniaria, podría ser ahora del Partido Socialista y tener un cargo, pero no me interesó nunca.

P. ¿Nunca te interesó meterte en política?

R.- No, siempre me ha gustado mucho la política, pero tengo una relación un poco de amor-odio porque he sufrido mucho por política, por ser hijo único de padres politizados en los setenta en la ciudad de Barcelona, y claro ahí siempre piensas: «Hoy voy al cole, veo a mis padres pero yo qué sé, este país es tan bestia que igual vuelves a casa y tus padres ya no están». La política ha formado parte de mi vida porque se ha hablado siempre de política en mi casa. Y considero, además, que ser apolítico es un insulto democrático, pero no quise meterme en la política activa.

P.- En tu historia da un poco la sensación de que siempre has estado en los lugares un poco a destiempo.

R.- Sí, siempre he llegado tarde a los sitios, fíjate quería ser el quinto Beatle y llegué en el 71, y ya no existían, En ese sentido no soy nostálgico, pero soy muy sentimental. Por ejemplo, hablando de la nouvelle vague; esa época, me gustaría haberla vivido, era muy interesante. Y ahora vas a París y claro, ya no hay nada de eso. Aunque piensa que a Nueva York sí que llegué en una época muy interesante, pero pasa también que muchas veces no eres consciente del momento que estas viviendo. Yo llegué con 23 años a Nueva York, viví todo el momento de los yuppies de Wall Street, en ese momento Donald Trump era un personaje muy importante. Nueva York es una ciudad que o la odias o la amas. En cambio, Londres la amé desde el primer momento, llegué con 18 años, porque tú sales de aquí, de la que en teoría es la ciudad más cosmopolita de España, que en ese momento era Barcelona, y llegas a Londres y te dices: «¡pero si soy un puto paleto!». «¿Pero qué es eso?», te preguntas sobre todas las cosas que ves, entras a los Pizza Hut y lo flipas y dices: «pero si aquí hay una bandeja para poder elegir todas las ensaladas que quieras…» y «joder qué mal estamos en España».

P.- Fuiste a Nueva York porque querías ser cineasta.

R.- Sí, es cierto, hasta que me di cuenta de que no servía. Es una situación que, cuando la aceptas, te das cuenta de cuál es tu mal, el que has arrastrado toda la vida: la adicción vital; entonces empiezas a entender muchas cosas, y sabes qué tienes que hacer. Y ello te obliga a ser mucho más sincero contigo mismo. Y a renunciar a algunas cosas, como el cine.

«Vivimos en una sociedad muchísimo más inmoral y violenta que la de los ochenta»

P.El mundo de los ochenta era un mundo de inmoralidad y violencia. ¿Cómo crees que ha evolucionado eso?

R.- Vivimos en una sociedad muchísimo más inmoral y violenta que la de los ochenta, lo que pasa es que no es tan evidente. Ahora la violencia ambiental es mucho peor. Lo que sí había era un inocencia que hoy día no existe. Ahora hay una violencia de fondo que yo no viví en los ochenta.

P.- En tu relato, los años ochenta se inician con la muerte de John Lennon y terminan con la de Freddie Mercury.

R.- La muerte de Lennon es como el fin de la posibilidad de un mundo mejor, si escuchas Imagine ahora, te partes el culo porque dices: «Este tío… aquí hay mucho ácido». Y Freddie Mercury es un personaje que marca el fin de la libertad. Su muerte es como si te mataran un símbolo, representa la muerte prematura de algo que podía haber dado muchos frutos. Me pasó también con Truffaut, que murió a los 52 años; ¿cuántas historias nos dejó sin contar? Además, siempre me vi como un Antoine Doinel, el personaje de Los 400 golpes. Truffaut nos contaba nuestra hipotética vida de una forma preciosa.

P.¿Qué te queda de la inocencia de los años ochenta?

R.- No queda nada porque cuando se te muere un hijo se te pasan muchas cosas y ves la vida de otra forma distinta. Incluso relativizar la muerte, la de mi padre, que falleció cuando yo tenía 37 años. La asumo con mucha más tranquilidad. Pero la muerte de mi hijo lo cambió todo, incluso mi relación con Dios. No soy creyente, pero tengo ciertas manías. Tengo una especie de espiritualidad que es una contradicción constante. Y es como una especie de tabla de salvación, te montas una especie de vida espiritual solamente para situar a tu hijo, se te pasan muchas tonterías.

P. ¿Pero sigues teniendo ilusión?

R.- Sí, tengo ilusión por la vida. Tengo una vida con una pareja que me va estupendo. Tiene dos hijos pequeños y hago de padre de ellos, básicamente. He conseguido, además, que hayan aceptado a mi hijo mayor como un hermanastro mayor, y a mi hijo pequeño lo han aceptado como alguien que está sin estar ahí. Me va bien la vida, pero evidentemente tengo mis contradicciones, hay días que estoy de mala hostia, algunos días que tengo mis paranoias. He aprendido a aceptar lo simple. De eso me di cuenta, de que comenzaba a curarme, un día en que me comí una tortilla a la francesa y le encontré mil sabores. Y entonce dije: las cosas empiezan a ir bien. Mi hijo era también un poco así, un crío que disfrutaba de las cosas más simples. Ahora ya no soy una persona inocente, pero lo que intento es poner la vida fácil a los demás, y ponérmela fácil a mí.

P.Tu libro termina con unas notas adicionales en las que afirmas: «Odio al joven que odiaba por haberme hecho preso de mi mejor juventud».

R.- Esto es el fracaso. Y refleja mis obsesiones de aquellos años, la manera en la que los afronté. Y es una forma de decir también «qué absurdo todo en el fondo, ¿no?». Ese joven que se tomaba las cosas de esas forma ahora me hace pensar: «Qué gran pérdida de tiempo». En aquel momento yo era un tío que odiaba tanto… y en esa revisión mía de ahora hay un punto de decir «tengamos un poquito más la fiesta en paz, ¿no?». Entonces era alguien muy visceral, y ya no soy así. Soy crítico, pero ya no tengo esa cosa tan irreflexiva.

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