Periodismo, lecciones del pasado
Los documentales sobre ‘The New Yorker’ y Seymour Hersh ofrecen enseñanzas aún útiles para el presente

El periodista Seymour Hersh en una imagen de 2009. | Wikimedia
Coinciden en Netflix dos muy interesantes películas documentales sobre otros tantos casos de éxito de la prensa. Por un lado, The New Yorker cumple cien años (Marshall Curry, 2025), un recorrido por la historia y la forma de trabajar de la emblemática revista. Y, por otro, Cover-Up: Un periodista en las trincheras (Mark Obenhaus y Laura Poitras, 2025), sobre Seymour Hersh, leyenda viva, a sus 88 años, del periodismo de investigación de las últimas décadas del siglo pasado y las que llevamos de este.
A Hersh se deben grandes exclusivas que cambiaron el rumbo de la historia. Desde la brutal matanza de civiles, entre ellos niños y bebés, en el pueblo de Mỹ Lai (Vietnam), que cambió la visión del pueblo norteamericano de la guerra, hasta las torturas por parte del ejército norteamericano en la cárcel iraquí de Abu Ghraib, que ratificaron el disparate que fue la segunda guerra del Golfo contra el «eje del mal».
A The New Yorker le debemos un siglo de periodismo de excelencia, delicatessen, caviar. O pijoprogre, como lo califican sus detractores. En sus páginas se publicó el A sangre fría de Truman Capote, el clásico de John Hersey sobre el horror de Hiroshima, o la denuncia del racismo de James Baldwin, lo que ya por sí solo justificaría su prestigio.
En Cover Up (algo así como «encubierto» en español), Seymour Hersh defiende la idea de que «el problema del periodismo en Estados Unidos no es tanto de censura como de autocensura». Declaración que revela su carácter independiente y díscolo —antipatriota, según algunos—, que provocó que su experiencia en grandes medios —Associated Press o The New York Times— no fuera satisfactoria para ninguna de las partes.
Acabó sintiéndose más cómodo como mero colaborador o, incluso, como usuario muy activo de la plataforma Substack, en la que denunció que Estados Unidos estaba detrás del sabotaje del gasoducto Nord Stream en el mar del Norte, a través del que Rusia suministraba gas a Europa.
Como la mayoría de los periodistas de investigación, Hersh con mucha frecuencia recibió ataques de los propios colegas de la profesión. En casos como la guerra de Vietnam, sus propios compañeros no se preocuparon tanto por la veracidad y gravedad de sus investigaciones como por descalificarle, tachando sus informaciones de exageradas cuando no de falsas.
Igual sucedía con las autoridades políticas y militares, que, haciendo caso omiso de sus denuncias, centraban sus esfuerzos en acusarle de «poner en peligro a nuestros chicos en el frente» y de estar haciéndole el juego al enemigo, además, claro, de investigar afanosamente cómo había conseguido la información. Neutralizando el cómo, podían seguir ocultando el qué.
Con frecuencia, los propios lectores le tacharon de desestabilizador e irresponsable, pero Hersh siempre puso la verdad por delante de cualquier consideración, lo que no impidió que se equivocara más de una vez a lo largo de sus seis décadas de carrera. «Todos los libros que he escrito han enfadado a la gente», reconoce. Y fueron muchos y muy polémicos los que publicó. Sobre asuntos tan controvertidos como la intervención estadounidense en Irak, el 11-S, las intervenciones en Latinoamérica del todopoderoso Kissinger, la eliminación de Bin Laden o el arsenal nuclear israelí.
Las historias, con frecuencia, se entrecruzan. En el documental Cover Up, aparece la relación de Hersh con The New Yorker, donde publicó, por ejemplo, sus investigaciones sobre la cárcel de Abu Ghraib. Incluso se recoge el testimonio de la que fuera su editora, que deja constancia de lo difícil que era editar a Hersh.
Este testimonio nos lleva directamente al otro documental, The New Yorker cumple cien años, del que también hay mucho que aprender. Tal vez la más importante de todas sea la obsesión de la revista por la edición, corrección y verificación. Asuntos todos ellos capitales en un tiempo en el que el periodismo no pasa por su mejor momento de popularidad y credibilidad.
El documental, para envidia de la gran mayoría de profesionales que se desenvuelve en condiciones de precariedad, muestra la forma obsesiva en que trabaja el departamento de verificación del magazine, compuesto por 30 personas. Se pasan su jornada de trabajo haciendo llamadas para comprobar asuntos tan anecdóticos como si un entrevistado tomaba té o café o si hay monos en Papúa Nueva Guinea, como decía un enviado especial. Pero también asuntos tan trascendentales como cuántos presos había en la cárcel de Abu Ghraib cuando Hersh publicó su reportaje o la diferencia exacta entre los términos «abuso» y «tortura».
Puede pensarse que estos documentales solo interesan a los profesionales de la información. Nada más lejos de la realidad. Tanto una como otra película ayudarán a que el público comprenda mejor nuestro trabajo y, a través de él, a conocer nuestra historia reciente, que en muchos casos hubiera permanecido oculta si no hubiera sido por el periodismo.
Puede alegarse también que esto sucede en Estados Unidos, y que, dada la diferencia de medios y circunstancias, de poco nos puede servir su forma de trabajar a los periodistas españoles. No lo creo. Al final, la esencia de la profesión es la misma, independientemente de donde se practique y con qué medios. De lo que se trata es de descubrir lo que los poderosos desean ocultar y exponerlo de la forma más atractiva y fiel a la verdad posible.
