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Cultura

Raymond Aron frente a Hannah Arendt: debate sobre el totalitarismo

El intelectual francés discute en el ensayo ‘La esencia del totalitarismo’ el carácter excepcional de estos regímenes

Raymond Aron frente a Hannah Arendt: debate sobre el totalitarismo

El filósofo, sociólogo y politólogo francés Raymond Aron. | Wikimedia Commons

Pocos términos hay tan usados y banalizados desde al menos la segunda mitad del siglo pasado como el de «totalitarismo». Se habla de tentación totalitaria, de mentalidad totalitaria e, incluso, de políticas totalitarias, aunque todas estas expresiones apenas si guardan con el significado genuino del concepto lo que Wittgenstein llamaría un cierto parecido de familia. La propia Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, tal vez la obra que mejor disecciona el fenómeno, ya advertía sobre el peligro de usar con frivolidad un término que para ella reúne unos caracteres muy precisos y que se caracteriza, entre otras cosas, por su condición de excepcionalidad histórica y política. Para Arendt no cabría, por ejemplo, aplicar la designación totalitaria a la Rusia de Lenin, la Italia de Mussolini o la España de Franco.

Esa dimensión de radical inconmensurabilidad con otras formas de organización política es precisamente uno de los puntos en los que Raymond Aron, en su ensayo La esencia del totalitarismo (editorial Página Indómita), en el que analiza en profundidad el libro de Arendt, discrepa de ella. Aron y Arendt se conocieron en París tras la huida de la pensadora del régimen nazi, y asisten juntos a unos de los momentos estelares de la filosofía europea del siglo XX: los cursos sobre La fenomenología del espíritu de Hegel que imparte Alexandre Kojève. La consideración que ambos pensadores se dispensan no es ni mucho menos recíproca. Mientras que Aron no esconde su admiración por la profundidad filosófica de la alemana, esta, cuya arrogancia intelectual era de dominio público (de hecho, en el ensayo que comentamos, Aron se refiere al tono de superioridad con el que Arendt escribe en su libro) y que guardaba todo su fervor para los clásicos griegos y, si acaso, para su maestro Heidegger, considera, según le escribe a su marido, que Aron es, como mucho, «un intelectual tolerable».

Aunque, como decimos, el carácter de excepcionalidad que Arendt les confiere a regímenes totalitarios es el punto de discrepancia principal entre ambos pensadores (Aron, por ejemplo, considera que el régimen de terror ya estaba presente en el periodo jacobino de la Revolución francesa), no es, ni mucho menos, la única objeción que plantea el francés a la inmersión de la alemana en la experiencia totalitaria. Tal vez sus críticas más atinadas sean, como no podía ser de otro modo, las que proceden de su formación como sociólogo e historiador, parcelas en las que también han incidido otros estudiosos para poner de manifiesto algunas incorrecciones del libro de Arendt: «El fenómeno totalitario —afirma el intelectual francés— conlleva múltiples interpretaciones porque tiene múltiples causas. El método que intenta captar su esencia no es ilegítimo siempre y cuando no descuide los métodos complementarios». 

Aron considera, por ejemplo, que el término «masa» (en la edición de La esencia del totalitarismo se ha traducido como «turba») es impreciso y no delimita a ningún segmento concreto de población. Y, desde un punto de vista sociológico, tal vez lleve razón, pero ¿no sería esa indefinición uno de los caracteres principales del propio objeto al que se alude? En la noción de totalitarismo de Arendt, sin embargo, uno de los componentes más destacados de la política totalitaria es precisamente la alianza directa que se produce entre el líder y las masas: «Resulta muy inquietante —señala Arendt en Los orígenes del totalitarismo— el hecho de que el gobierno totalitario, no obstante, su manifiesta criminalidad, se base en el apoyo de las masas».

Hay otros aspectos de detalle que también son convenientemente registrados por el intelectual francés. Plantea, en primer lugar, el desacierto que encuentra en el propio título del libro, toda vez que el imperialismo y el antisemitismo, temas que ocupan sus dos primeras partes, difícilmente podrían considerarse orígenes del totalitarismo. En consecuencia, Aron considera que no hay una unidad real entre las partes del libro, y que la apariencia de esta se debe más a la maestría estilística de la autora, a la que en ese sentido compara con Orwell. Por lo que a nosotros se refiere, creemos que Aron no se equivoca en este punto. Más graves, si cabe, son los defectos que atribuye a la metodología empleada por la alemana: «La mezcla de metafísica alemana, sociología sutil y diatribas morales conduce a una exageración de las cualidades y los defectos de los hombres y los regímenes».

Fascinación por el mal

¿Quiere esto decir que el autor del ensayo no valora suficientemente las aportaciones de Arendt en torno a la emergencia y la naturaleza de los sistemas totalitarios? En absoluto. En determinado momento llega a declarar: «A pesar de sus defectos, en ocasiones molestos, lo cierto es que incluso el lector más reacio se sentirá gradualmente cautivado por la fuerza y la sutileza de algunos de sus análisis». Sí hay que decir, sin embargo, que el francés se deja en el tintero elementos esenciales en las caracterizaciones que Arendt hace del totalitarismo. Contempla, por supuesto, la importancia determinante y, en cierto modo, definitiva que la alemana concede al terror, la colectivización o los campos de exterminio, pero olvida otros componentes, si no tan esenciales como los anteriores, sí de una enorme relevancia en la categorización del fenómeno. Arendt hace particular hincapié en las pretensiones de dominación total, tanto desde el exterior como desde el interior de los individuos; alude a una condición de movimiento perpetuo, según la cual las élites totalitarias solo pueden ostentar el poder mientras están en marcha y pongan en movimiento todo lo que hay en torno a ellas. Pero hay más atributos decisivos: la fascinación por el mal; la impermeabilidad a la experiencia; la organización total en torno a la ideología; el desprecio a cualquier forma de pragmatismo o el cinismo más descarnado como instrumento político…

Sea como fuere, no es posible negar que Raymond Aron, que ya había abordado desde sus propias premisas el fenómeno totalitario y que volvería a hacerlo con mayor profundidad en 1965 en su obra Democracia y Totalitarismo (editada también por Página Indómita), nos ofrece en este ensayo una confrontación tan honesta como productiva con Los orígenes del totalitarismo (un libro, por cierto, que no apareció en Francia en un solo volumen hasta el año 2002), señalando acertadamente algunas fallas circunstanciales o relevantes en los enfoques de la alemana que no terminan afectando, sin embargo, a la consideración de la importancia fundamental de la obra, que sigue siendo un referente insuperable a la hora de estudiar el universo totalitario.

Ahora bien, nos quedaríamos en un nivel puramente academicista de la interpretación si nos limitáramos a los perfiles, ciertamente apasionantes, del debate entre ambos teóricos sin intentar que ellos nos sirvan para comprender un poco más las derivas políticas de nuestro tiempo. Es verdad que si aceptamos con Arendt y en contra de Aron la tesis de la intrínseca singularidad de estos regímenes de terror, poco podremos encontrar de sus rasgos más extremos en nuestras sociedades actuales. Pero si somos capaces, tal vez como Arendt implícitamente hace, de otorgarles una dimensión paradigmática sí se nos abre la posibilidad de usarlos, al modo imperfecto en el que las ideas platónicas se materializan en la vida, como herramientas para detectar ciertas tendencias, por ejemplo, en las políticas populistas, que van poniendo en peligro el futuro de las democracias liberales.

Por supuesto, es difícil pensar en la reviviscencia en nuestros días del nazismo o el comunismo estalinista (o incluso del fascismo, otro término banalizado por izquierda), pero nos queda la pregunta: ¿son posibles democracias en las que algunos rasgos distintivos del totalitarismo puedan implantarse de forma imperceptible o subrepticia, cabe decir, por otros medios?

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