El ser humano en la época de su reproductibilidad digital
«Si pasamos a vivir en la realidad de los aparatos, la autenticidad de cada ser humano puede dejar de tener sentido»

El filósofo y crítico literario alemán Walter Benjamin.
¿Puede trasladarse al ser humano de la época digital la idea de Walter Benjamin de que la reproductibilidad técnica de la obra de arte aniquila su aura, comprometiendo su valor artístico (La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica, Alianza, 2021, traducción de J. Maiso Blasco y J. A. Zamora)?
A menudo tengo la impresión de que en nuestra época estamos asistiendo a una mutación de la conciencia humana, de lo que quiere decir «ser humano». La idea que nos hacemos del ser que somos remonta a tiempos muy distintos en que nosotros, nuestras relaciones con las cosas y con otros seres humanos, y las estructuras resultantes, eran diferentes. Todo cambia continuamente, incluida la humanidad, y tal vez la mutación en curso no sea más que una última aceleración en un largo proceso, pero eso no reduce el vértigo de asistir a una transformación que actúa simultáneamente en varias esferas y a varios niveles, con efectos en la economía, la política, la ética, la psicología, los afectos, las artes, la cultura en su conjunto.
No es fácil percibir las transformaciones de la conciencia, pues (de algún modo) estamos dentro de ella. Ahora bien, los que nacimos antes de la era digital no dejamos de pertenecer a otra época. Tenemos un pie dentro y el otro fuera. No somos del todo contemporáneos porque no sabemos lo que significa haber vivido enteramente en la época actual. Tal vez eso nos dé una perspectiva de la que carecen las generaciones más recientes.
El ser humano siempre ha sido reproducible. Como especie, la transmisión de la herencia genética garantiza su subsistencia. Como sociedad, se mantiene por la transmisión de la cultura. Al mismo tiempo, la humanidad siempre ha presentado numerosas variaciones grupales e individuales. Cada ser humano puede tener un punto de vista único e irrepetible sobre el mundo. Ahora bien, si las conciencias se reproducen en serie, mediante la técnica, esos mundos pueden reducirse a uno o unos pocos mundos fabricados.
Además, la reproducción de los seres humanos, lejos de ser el proceso fisiológico que nos mantiene ligados a la naturaleza, se concibe cada vez más como un aspecto del proceso económico, que genera y fagocita capital humano. En él, es natural que se intente que esos seres sean modélicos trabajadores, consumidores, inversores, burócratas, partes eficaces de un gran mecanismo que persigue sus propios fines. En ese mecanismo todo es mercancía y tiene un valor monetario, incluso nuestra vida, cada instante de nuestros días, toda la información que generamos sin cesar. Todo se compra y se vende, a menudo sin que nos demos cuenta.
«Siempre ha habido condicionamientos e intentos de producción seriada de las conciencias»
Siempre ha habido condicionamientos e intentos de producción seriada de las conciencias. Las tradiciones, los mitos y las religiones no pretendían otra cosa, con el objetivo de establecer un grupo cohesionado, pero ahora existen medios mucho más eficaces para lograrlo. Esos medios no se dirigen a la base genética, sino a la experiencia, a lo incorpóreo, a lo que nos define como humanos.
Un torrente imparable de estímulos e información está modificado las condiciones básicas de la existencia humana, alterando las categorías de espacio y tiempo, sujeto y objeto, materia y forma. Hay nuevos espacios inmateriales que no son espacios, cuyo tiempo no es el tiempo en el que solíamos vivir. La separación entre sujetos y objetos se ha diluido. Los sujetos se presentan y se relacionan entre sí como cosas entre las cosas. Predomina lo inmaterial en un mundo de formas evanescentes. No es fácil orientarse en esas nuevas coordenadas.
En tiempos no muy lejanos, pintura, escultura, litografía, fotografía y cine nos daban la realidad representada en un segundo nivel, captada mediante mecanismos que se parecían a nuestros sentidos. En la actualidad, la información que recibimos continuamente ya no es una representación de la realidad grabada en la tela, la piedra, la madera, el cobre o el celuloide. Como en La colonia penitenciaria, el relato de Kafka, se trata de una realidad de segundo orden que se imprime en nuestra conciencia.
Fuera del espacio, creando su propio espacio, y alterando el tiempo, la tecnología digital nos ofrece el don de la ubicuidad en un mundo de milagros cotidianos habitado por seres humanos obnubilados, que nunca están del todo donde están ni con quién están. Modificando la percepción, se ha modificado también el mundo que habitamos. Vivimos en otro tipo de realidad, cada vez menos entre las cosas y las demás personas, cada vez más entre proyecciones dudosas de nosotros mismos y de los otros.
«Hemos confiado nuestra memoria a los aparatos. Recordamos menos. El músculo se atrofia. Pasa lo mismo con el pensamiento»
Vivimos en nuevos aparatos con los que nacemos, que nos hacen, y de los que no podemos escapar. Esos aparatos fundan nuevas realidades, nuevas legitimidades, y podrían desplazar a las que han existido hasta ahora. Podemos intentar desconectarnos, pero el riesgo es quedar fuera de la sociedad. La presión es más fuerte que nuestra capacidad de huir.
También hemos confiado nuestra memoria a los aparatos. Recordamos menos. El músculo se atrofia. La tendencia es vivir sin recuerdos, en el gozo o el dolor instantáneo de la desmemoria, en la superficie de momentos que se consumen sin dejar rastro. Si recordamos, a veces es con la ayuda de los aparatos, y son recuerdos que no nos pertenecen del todo. Pasa lo mismo con el pensamiento. Ya no pensamos de forma autónoma. Pedimos a la máquina que piense por nosotros, que nos diga lo que debemos opinar o saber sobre cualquier cosa. Es otra capacidad que se atrofia y tiende a desaparecer. Y la máquina sabe en todo momento lo que buscamos y deseamos.
En ese estado de distracción permanente, lo que puede desvanecerse es la autenticidad de cada ser humano, es decir, siguiendo la definición de Benjamin, «la quintaesencia de todo lo que ha acumulado a partir de su origen, desde su duración material hasta su rastro histórico». En ese espacio virtual no hay verdadera duración, ni rastro histórico, y todo resulta postizo. No es vacunación sino anestesia.
La pérdida de autenticidad o del aura en el ser humano equivale a una pérdida del alma, de la conciencia individual, del carácter misterioso de la vida, que empieza a concebirse como mero un flujo de datos. Benjamin definió el aura como la «aparición única de algo lejano, por muy cerca que pueda estar». El alma de una persona se reconoce en la densidad o intensidad de su presencia. En otros tiempos bastaban cinco minutos de conversación abierta con alguien para intuir su fondo profundo, el rasgo predominante de su carácter. Hoy existen cada vez más a personas que no tienen esos cinco minutos para hablar con nadie y que, si lo hacen, ofrecen una superficie impermeable y estereotipada. A través de los aparatos todos parecen estar cerca, incluso demasiado cerca, pero solo se muestran como simulacro.
«La racionalidad de la tecnología digital no es absoluta ni puede darse por descontada»
La noción de aura fue uno de los elementos peor recibidos del ensayo de Benjamin. Brecht, Horkheimer y Adorno lo rechazaron como concepto místico. No veían cómo salvarlo desde el punto de vista del materialismo dialéctico. Para un positivista, ese elemento inmaterial es difícil de aceptar. Ahora bien, el aura no tiene por qué verse como algo sobrenatural. Puede entenderse como el efecto de conjunto de una personalidad original y bien trabada, completa, armoniosa, la seducción que ejerce sobre nosotros todo lo que sugiere más de lo que percibimos a primera vista.
La técnica siempre ha tenido un doble uso, una doble vida. Cómo se usa la técnica ha dependido de decisiones humanas, con la falibilidad y los defectos de la especie. Hoy su uso podría haber dejado de depender de esas decisiones, respondiendo a la lógica de sistemas autónomos que nos condicionan. Reducir o eliminar los «errores humanos», de juicio o de temperamento, la irracionalidad que determina ciertas decisiones, y sustituirlos por un protocolo mecánico, omnisciente e infalible, puede parecer deseable. Ahora bien, la racionalidad de la tecnología digital no es absoluta ni puede darse por descontada. El control de esos medios por grandes imperios tecnológicos —auténticos imperia in imperio— los pone al servicio de sus propios intereses y de las ideologías que propugnan, sesgando su criterio.
La historia de la relación entre naturaleza y cultura, entre la humanidad y la técnica, es larga y sinuosa. En su ensayo, Benjamin menciona dos tipos de técnica: la primera se dirige al dominio de la naturaleza; la segunda a una interacción recíproca y más estrecha entre la humanidad y la naturaleza. Hay un posible tercer tipo de técnica más reciente que pretende fundar su propia realidad y para la cual la naturaleza es superflua o ya se da por perdida. Los tres tipos de técnica coexisten, pero el tercero es el diapasón de nuestra era. Si pasamos de vivir en una realidad con aparatos a vivir en la realidad de los aparatos, la cuestión del aura, de la autenticidad de cada ser humano, puede dejar de tener sentido.
Al mismo tiempo, la estructura profunda de la vida no ha cambiado. Sigue siendo un breve pasaje, aunque relativamente menos breve que en otras épocas, con pequeños placeres, pequeñas satisfacciones, junto a no pocos problemas y sufrimientos, y la disolución que nos espera al final del camino. Contra eso la técnica no ofrece solución. Puede mejorar relativamente las condiciones de vida y alargarla a veces. Y ahora permite recubrirla con una pátina de distracción que intenta engañar la angustia.
El futuro distópico podría ser este: milenios después de la desaparición de la humanidad nuestras voces e imágenes seguirán reverberando en espacios virtuales, como algo espectral. ¿En qué podría consistir un futuro utópico? ¿Aprenderemos a usar mejor los aparatos, sin ser usados por ellos? ¿Podremos, a veces, dejar de usarlos sin salir de la sociedad, recuperar el aura de las cosas y la nuestra? En estas circunstancias, ¿es posible forjar un nuevo renacimiento?
