The Objective
Cultura

La poesía es lo contrario de la opinión

Si lo mucho que ha hecho Stephen King por la literatura no basta para que le den el Nobel, deberían dárselo por lo que ha hecho por la lectura

La poesía es lo contrario de la opinión

El cielo de Madrid.

Me han despertado los enérgicos susurros de Carmen intentando ahuyentar al gato invasor, que se le estaba comiendo el desayuno a Yogur. Le he dicho entre risas que parecía una trastornada de extrema derecha expulsando a inmigrantes de las cornisas y los porches, pero no le ha hecho mucha gracia, todavía no eran horas. Acabaremos adoptando y alimentando a los dos, y a todos los que vengan. Efecto llamada total. Menos mal que los gatos no leen THE OBJECTIVE.

Porque sucedió que al final envié al periódico lo que había escrito en este cuaderno hasta ayer, como hice en su día, con lo que después fue Creo que el sol nos sigue. Lo han publicado hoy, claro, y no sé si podré seguir enviando más entregas, no sé cómo lo recibirán, no sé si les encaja, ya veremos. Esto es, pues, de repente, de momento y por sorpresa, un diario en streaming

Lejos de lo que suele pensarse (por aquello de la indiscreción, sobre todo), escribir un diario es algo que te ayuda a convertirte en una persona mejor, o por lo menos a comportarse con más bondad, o si se prefiere con menos vileza. Hoy le he dado dos monedas a un señor que andaba pidiendo en la estación de Moncloa porque así puedo quedar bien al contarlo en esta página, y, por el «embalsamamiento» que ejerce la literatura, eso es así para siempre incluso aunque quizá no haya pasado en todo el día por allí, aunque tal vez no llevase nada suelto, aunque acaso no me haya cruzado con pordiosero alguno. 

Yo ya sabía cómo es un 5 de enero en una librería, y realmente hemos estado muy entretenidos. Por la tarde ha aparecido Diego Doncel, que vive por aquí, y ahí sí que he debido de quedar muy bien, pero esta vez de verdad, porque me ha pillado ojeando muy por encima un viejo libro sobre la métrica de Francisco de Aldana. Pero él, al creerme concentrado, ha debido de pensar: «Caramba, este chico va en serio». Luego ha pasado a saludarme Julia Viejo, y ella me ha sorprendido curioseando un libro titulado Crímenes y misterios que resolver mientras haces caca. En lo que respecta a mi prestigio entre los amigos, la cosa ha estado bastante equilibrada.

Ni un solo minuto hoy para Sender. Podría justificarlo, dado el ritmo del día, pero es algo que no puedo volver a escribir muchas veces en el próximo año y medio, no me lo puedo permitir o no llegaré. «La mies es mucha», dice la inapelable Biblia (adoro esa frase), pero Sender es todavía más. 

6 de enero. Madrid — La Navata

Me he desvelado en Legazpi, desde las 2, y he acabado durmiéndome a la hora a la que normalmente me despierto. Eso me ha tenido de mal humor todo el día, aunque he conseguido trabajar varias horas y avanzar con el joven Sender, que va tomando cuerpo frente a mí.

Siento que necesito mucho tiempo, mucho espacio, mucho aislamiento. La gran guerra de nuestra generación va a ser la del ruido, y es, de momento, una batalla perdida. Lo decía Matías Rivas en Efectos personales, escribiendo sobre el uso de teléfonos en los medios públicos de trasporte: el problema de fondo es que la zafiedad ha dejado de ser un defecto. Y yo añado que no entiendo cómo no les da vergüenza que sepamos qué ven, a qué prestan atención, qué música escuchan, qué les hace reír. 

Como remate, me ha llegado un e-mail de invitación a un acto en el que el actor Juan Diego Botto leerá poemas de Lorca. Fantástico. Si a mí me preguntasen: «Vamos a ver, Juan, ¿tú qué prefieres: 1) escuchar a Juan Diego Botto recitando a Lorca o, 2) que el último campeón de Asia de taekwondo, con descomunal fuerza y admirable puntería, te pegue un soberano y violento patadón en el mismísimo centro simétrico de tus muy aragoneses huevazos?», me parece que no me lo pensaría ni tres segundos. Y sin embargo la gente va a esas cosas, pagarían por ello, se apuntan voluntariamente a esas profanaciones, hacen filas y presumen de haber estado. Son años de asombrarse y de callar. Y no digo de indignarse porque estoy de acuerdo con eso que decía Max Aub que dicen en México: «El que se enoja ya ha perdido».

7 de enero. La Navata — Madrid — La Navata

Carmen y yo trabajando anoche en el salón, junto a la sagrada chimenea, cada uno en sus papeles, mientras afuera había un silencio venerable, atravesado por un viento agresivo y, muy de vez en cuando, por algún ladrido allá a lo lejos, por donde el Valle de los Caídos. Lo decía, precisamente, Lorca: «Un horizonte de perros».

No pensaba bajar hoy a Madrid, pero ha habido algunos imprevistos y, tras resolverlos, he ido a comer a casa de Sebastián. Puré de calabaza y hamburguesa. Agua. Sin postre. Sin café. Qué buena idea es comer con amigos «que se cuidan». Hemos hablado de la envidia mientras una luz alucinante, como valenciana, encendía la torre que tiene frente a su ventanal. Él decía que tiene envidia de quienes dormimos bien, pero yo creo que eso no es exactamente envidia, porque a él no le fastidia o entristece que la gente duerma mejor. No quiere el mal para nosotros, anhela algo mejor para su vida en ese aspecto tan desesperante. Yo colecciono defectos, pero ese de la envidia no creo tenerlo en absoluto. Nunca codicio lo de los otros, estoy conforme y hasta contento con lo mío. Sí, me fastidian ciertas injusticias, pero eso no es envidia, es algo más allá, igual que no eres celoso si te enfadas al enterarte de que tu pareja te engaña. He recordado, por ejemplo, cuando a las puertas de un examen, hace un cuarto de siglo, expliqué a un compañero de qué va el Lazarillo de Tormes y después él sacó un 9 y yo un 7. No envidié su nota, de hecho me alegré por ella, pero me indignó el agravio, la arbitrariedad de todo, el absurdo, el malentendido. No sé cómo decirlo, pero no fue envidia, fue conciencia de la sinrazón metafísica de todo. 

8 de enero. La Navata

Todo el día tranquilos, aplicados, avanzando en las cosas que nos piden, que son exactamente las cosas que nos gustan. Lo más trepidante y arriesgado que he hecho ha sido llevar la basura y los residuos a los contenedores que tenemos a doscientos metros. 

Pacíficos, largos y laboriosos, y cerca de ella. ¿Por qué no podrían ser todos los días así?

9 de enero. La Navata — Madrid — La Navata

La poesía es lo contrario de la opinión.

10 de enero. Madrid — La Navata

No hay nada más bonito que tener dinero. Tener muchísimo ha de ser una maldición, una de las peores, pero poder estar discretamente tranquilo para muchos meses, para algunos años, es una cosa grande. Lo decía el juez Del Arco: cuando no tienes dinero es mucho más fácil que te tropieces por la calle, y eso es algo alucinantemente exacto.

Son días gélidos pero preciosos. Miro los árboles y el cielo mientras espero a que llegue el autobús. Lo miro todo como si fuese a pasar algo, pero deseando que no pase. Ese podría ser el argumento de este diario, si pudiese decidir yo lo que sucede en la realidad. Asistir a todo con mirada vigilante, atentísimo, pero alegrarme de verdad al comprobar que no ha pasado nada muy especial que subrayar.

Hoy otra vez librería, y de estos casi dos meses trabajando allá puedo dar fe de que, pase lo que pase en el mundo y en el arte, suceda lo que suceda en la actualidad literaria, y en las nuevas corrientes, y en el baile de prestigios…, los autores más demandados a día de hoy por ese extrañísimo fantasma al que conocemos como «el lector común» son Agatha Christie y Stephen King. Lo cual, por cierto, me parece muy bien. Si lo mucho que ha hecho King por la literatura no basta para que le den el Nobel, deberían dárselo por lo que ha hecho por la lectura.

11 de enero. La Navata — Madrid — La Navata

Una mujer, en el metro, a su hija adolescente: «Yo también era mejor madre antes de ser madre».

12 de enero. Madrid — La Navata — Madrid

Si lo pensamos bien, y sin ánimo de homenajear a Forrest Gump, no hay día sin su bombón. El de hoy, literal y de chocolate blanco, me lo ha traído a la librería Ana Solanes.

13 de enero. Madrid — La Navata — Madrid 

«Pero eso no sucedió ese día», me dice Carmen, leyendo no sé qué de este diario, «te estás confundiendo de fecha». Pero no es verdad, aunque lo sea. No importa mucho cuándo sucedan o cuándo se cuenten las cosas, lo fundamental es lo que sepan decir, lo que retengan. Es más: lo cierto es que, en el fondo, ni siquiera nuestras vidas suceden en orden cronológico.

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