La captura de Nicolás Maduro y su impacto en Cuba y Nicaragua
Se rompe la idea de que nada puede cambiar y se evidencia el vacío de una América Latina incapaz de dar una respuesta
La captura y extracción de Nicolás Maduro marca un punto de quiebre histórico en la política latinoamericana y redefine el tablero geopolítico regional. Ese es el eje central del nuevo episodio de Las dos orillas, donde Julio Borges, Luz Escobar, Douglas Castro y Manuel Burón analizan un hecho que trasciende largamente la caída de un dictador: se trata de un evento de impacto sistémico, con efectos inmediatos y profundos en Venezuela, Cuba, Nicaragua y en la relación de América Latina con Estados Unidos.
Desde la perspectiva venezolana, Julio Borges plantea la captura de Maduro como el desenlace de una lucha de 25 años en la que se agotaron todas las vías posibles: elecciones, protestas, negociaciones y presión internacional. Para Borges, la salida forzada no fue una elección del pueblo venezolano (que ya había decidido en las urnas el 28 de julio de 2024) sino la consecuencia de un régimen que cerró sistemáticamente toda salida pacífica. En ese marco, la intervención externa aparece no como un atajo, sino como el resultado final de una dictadura que eligió la violencia, el crimen organizado y el fraude como método de supervivencia.
El episodio aborda con especial atención el impacto inmediato en Cuba. Luz Escobar describe cómo la noticia se vivió en la isla casi como un acontecimiento doméstico: celebrada en redes y WhatsApp antes de cualquier confirmación oficial, entre la euforia y el miedo. La dependencia energética del régimen cubano respecto al petróleo venezolano (unos 35.000 barriles diarios en el último trimestre) convierte la caída de Maduro en una amenaza directa a la ya colapsada vida cotidiana cubana, marcada por apagones de hasta 20 horas diarias. La revelación de que 32 militares cubanos murieron en el operativo desmonta además décadas de negación oficial sobre la presencia militar de La Habana en Venezuela.
En Nicaragua, según explica Douglas Castro, la captura de Maduro generó un efecto inmediato de pánico en la cúpula del régimen Ortega-Murillo. El endurecimiento de la seguridad presidencial, el silencio discursivo inusual y las liberaciones parciales de presos políticos conviven con una nueva ola represiva: detenciones por celebrar la caída del chavismo en redes sociales. Para Castro, el dato clave es la ruptura de la inercia autoritaria regional: el tablero dejó de estar congelado, y la incertidumbre —aunque peligrosa— abre escenarios que antes parecían imposibles.
Desde España, Manuel Burón analiza las repercusiones políticas y simbólicas del operativo. La captura de Maduro reactivó un debate incómodo para sectores de la izquierda española, expuso vínculos pasados con el chavismo y generó reacciones ambivalentes: solidaridad ciudadana con el pueblo venezolano, pero también brotes de xenofobia contra el exilio. Burón subraya además un punto central del episodio: la caída de Maduro vuelve a colocar a Cuba en el centro de la ecuación regional, rompiendo el prolongado silencio internacional sobre su rol estructural en el sostenimiento del chavismo.
El episodio cierra con una reflexión compartida: la captura de Maduro no significa el fin automático de las dictaduras en la región, pero sí inaugura una nueva etapa. Se rompe la idea de que nada puede cambiar, se altera la arquitectura de alianzas autoritarias y se evidencia el vacío dejado por una América Latina incapaz de articular una respuesta propia. En palabras que atraviesan todo el debate, lo peor que podía pasar era que no pasara nada. Eso, definitivamente, ya no ocurrió.


