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Mirtha Rivero: «Chávez no fue indultado tras el golpe de 1992; su caso fue sobreseído»

La periodista venezolana ha publicado recientemente un libro basado en una investigación de diez años

Mirtha Rivero: «Chávez no fue indultado tras el golpe de 1992; su caso fue sobreseído»

Mirtha Rivero.

El libro La oscuridad no llegó sola. Crónica de una tragedia venezolana (Ed. Alfa, 2025) de la periodista venezolana Mirtha Rivero (Caracas, 1956) es una pieza periodística de largo aliento que reconstruye, con pulso narrativo y vocación hemerográfica, los hechos que prepararon el terreno de la tragedia venezolana contemporánea. La autora realizó esta investigación partiendo del referéndum revocatorio de 2004, que se convierte en «un pretexto» para ahondar en el contexto político, institucional y social que hizo posible la llegada de Hugo Chávez al poder.

Rivero nos explica, en esta entrevista para THE OBJECTIVE, que el libro se fue escribiendo durante diez años de trabajo, apoyándose en 105 entrevistas, 185 horas de grabación y con una variada documentación hemerográfica, bibliográfica y audiovisual. También admite que, a partir de los hechos documentados, se permitió reconstruir situaciones y diálogos para acercar al lector «lo más posible» a lo sucedido, y que algunas voces aparecen bajo pseudónimos por razones de protección, especialmente ante la represión acelerada que se ha vivido en Venezuela después de la elección del 28 de julio de 2024.

La periodista enmarca lo narrado en una «ristra de pérdidas» democráticas que van desde la gobernabilidad, la institucionalidad hasta los derechos civiles y humanos. El trabajo busca además registrar a los muertos del período investigado con la mayor precisión posible, para que sus nombres no queden tapizados por las olas de violencia posteriores. Rivero comenta que esa necesidad del registro de las víctimas evoca al proyecto artístico Stolpersteine, que instala en calles europeas unos adoquines con placas de bronce con los nombres de víctimas del nazismo, y que provocan un «tropiezo» simbólico que obliga al caminante a detenerse, inclinarse a leer y, con ese gesto, rendir respeto a la persona recordada.

El título del libro, La oscuridad no llegó sola, nació mientras buscaba un verso del poeta César Vallejo: fue entonces cuando Rivero se encuentra un cuaderno con el poema breve La oscuridad no viene desarmada, del colombiano Miguel Silva, cuyos versos condensan la esencia del período que se empeñó en investigar.  

El cuerpo del libro, dividido en dos tomos, comienza atravesando hitos y climas de época —por ejemplo, el conflicto en Petróleos de Venezuela (Pdvsa) y la escalada política que desemboca en 2002—. Ya en el segundo tomo abre un bloque explícito sobre los acontecimientos del 11 de abril de 2002 (frustrado golpe de Estado contra Hugo Chávez), narrado a través de una cronología detallada, marcando días y decisiones. En ese marco aparece la idea de que entre 2002 y 2004 se incuban las prácticas de persecución y control del pueblo venezolano que luego se consolidan en los años posteriores de los mandatos de Chávez y de Nicolás Maduro. El libro cierra con el resultado de la votación del referéndum revocatorio de agosto de 2004, que mantuvo el mandato del presidente.

Pregunta.- Creo que antes de empezar necesitaría preguntarte cómo llegamos a Chávez. Cómo la antipolítica hizo que el país pidiera un «Mesías» que, además, en 1992 había encabezado un golpe de Estado contra el presidente Carlos Andrés Perez y por el cuál no fue enjuiciado.

Respuesta.- Yo creo que ahí está una de las tragedias del país. Venezuela venía con una antipolítica que se incubó desde los años ochenta debido a la crisis económica, el desgaste de los partidos políticos y una pérdida de confianza general. En la idea de que «los políticos no sirven» y que el país podía administrarse como una empresa. Esa infantilización se mezcla con algo muy cultural que es la fe en el milagro, en un salvador. Por eso es tan importante entender decisiones aparentemente técnicas o jurídicas, como por ejemplo, el sobreseimiento que se le facilitó a Chávez. Mucha gente habla de un indulto por parte del presidente Rafael Caldera, pero no fue indulto. El sobreseimiento implica que «no hay delito», y eso abre la puerta para que alguien que participó en un golpe de Estado pueda competir electoralmente años después. Ese tipo de grieta no es un error aislado, sino que fue parte de un clima social que estaba empujando a ese «héroe» antisistema.  

P.- En el prólogo dices que al principio querías investigar el referéndum revocatorio de Chávez. ¿Qué hace que entiendas que la historia va más allá del 15 de agosto de 2004? ¿Cuál es el punto de partida para ampliar el trabajo?

R.- Yo tenía que montar el escenario y entender cómo llegas a un referéndum revocatorio. En cualquier investigación, cuando empiezas a buscar los antecedentes, estos te empujan hacia atrás y, mientras más retrocedes, más claro se vuelve que el hecho puntual, la votación, que es apenas una parte del mecanismo. Mi método fue doble. Por un lado, leer ensayos y análisis de distintas personas, que para mí siempre es lo más difícil, porque exige paciencia al tener que comparar, detectar sesgos, entender escuelas de interpretación, pero por otro lado, para compensar, hice algo muy periodístico: revisar hemerografía y construir una cronología. En ese momento todavía se podía consultar muchísimas cosas por internet. Yo trabajé mes a mes, día a día, desde 1999 hasta 2004. Lo imprimí todo. Tengo folios y folios. Ese registro me permitió armar una secuencia precisa de los hechos, porque cuando tú dices «tal día pasó esto, tal día pasó aquello», empiezan a aparecer los protagonistas, los patrones, las decisiones que se van encadenando. Ahí viene el primer quiebre porque yo empecé pensando «voy hacia el revocatorio», ese era mi norte, pero leyendo me encuentro una crónica sobre un evento de José Vicente Rangel —ministro de Relaciones Exteriores y Defensa y vicepresidente durante el Gobierno de Hugo Chávez— en el teatro Teresa Carreño, días antes de que se supiera si el Centro Nacional Electoral (CNE) validaría o no la recolección de firmas, que me cambió el tono del libro, porque me permitió abrir con una escena concreta y, desde allí, ir hacia atrás y hacia adelante como una serpiente que se muerde la cola. A partir de ahí puede abrir, expandir y volver a cerrar. José Vicente Rangel fue un personaje clave para entender la época y me doy cuenta de que el revocatorio se vuelve una tesis donde el proceso es más importante que el resultado. Más importante que el acto de votar el 15 de agosto de 2004 es todo lo que ocurre antes, cómo se prepara el terreno, cómo se desmontan contrapesos, cómo se instala una maquinaria. Yo empecé queriendo responder si hubo trampa o quién ganó, pero en el camino entendí que, para ese momento, ya se había montado una estructura que te llevaba hacia un desenlace casi inevitable.  

Mirtha Rivero en su presentación en Barcelona junto al periodista Antonio Fernández Nays. | FOTO: Iván Fraga Martín

P.- En ese viaje hacia atrás, ¿qué decides no dejar fuera?

R.- No quería dejar fuera episodios que mucha gente ya no conoce, sobre todo las generaciones más jóvenes. Por ejemplo: cuando Chávez insulta al humorista Pedro León Zapata. Zapata es un ícono, una figura central de la libertad de expresión; y además hay una entrevista en la que responde con un nivel de inteligencia que te recuerda el país que era Venezuela. Un país donde esa ironía se entendía y se disfrutaba. Yo quería recuperar esas escenas, como también quise que estuvieran los muertos con sus nombres. Que no se perdiera el detalle humano.  

P.- Con 105 entrevistas, ¿cómo lidiaste con versiones incompatibles de un mismo hecho?

R.- Primero, confiando en el instinto, pero sobre todo dudando siempre. Hay algo que pasa en los relatos políticos y es que el entrevistado muchas veces te cuenta lo que cree que pasó, o lo que quiso que pasara, o lo que entendió desde su parcela y eso no siempre coincide con lo que ocurrió. Entonces tú confrontas. Confrontas en la entrevista si algo no cuadra, preguntas y lo confrontas después, lo cruzas con otro testimonio, con hemerografía, con registros. A mí me pasó muchísimo con escenas del 12 de abril de 2002, donde hay gente que juraba que ciertos actores fueron quienes trajeron a Chávez de vuelta, o que determinada frase la dijo tal persona, etc. y luego te encuentras con otro testigo, que estaba allí, y que te lo niega por completo. Ahí entiendes que no es mala fe necesariamente, sino que hay otra perspectiva, es lo que te juega la memoria, es interés, pero también puede ser confusión o deseo. Yo siempre agradezco a los periodistas venezolanos porque recogieron muchísimo testimonio y noticia «en caliente». El problema es que pasaban tantas cosas que era muy difícil detenerse a analizarlas, pero su trabajo dejó huellas y con esas huellas tú puedes reconstruir, cotejar y limpiar el relato. 

P.- ¿Y con materiales audiovisuales? En el libro mencionas la búsqueda de vídeos.

R.- Eso fue brutal porque había vídeos de ambos lados, tanto de la oposición y del chavismo, cada cual editado para contar su versión. Así que tampoco podías confiar ciegamente. Yo me volví casi obsesiva con la hora para la revisión de las personas que fallecieron el 11 de abril. Si alguien decía «eran veinte para las cuatro», yo buscaba el reloj visible, la luz, las sombras, cualquier pista. Me ayudé incluso con referencias de cómo se ponía el sol para calcular franjas y cómo generaban sombras en el suelo. En ese proceso me pasó algo decisivo. Me encontré con un video chavista con dos fragmentos, en momentos distintos, el de la cadena de Chávez y lo que pasaba en la marcha que iba a Miraflores [palacio de Gobierno], que me cambiaron la lectura de un episodio clave.  También está el video de Pedro Carmona —presidente de facto de Venezuela durante 47 horas ese 2002— caminando, y le preguntan algo que todo el mundo creía que era el acuerdo de salida de Chávez y el nuevo Gobierno, y él responde con una frase que, para mí, condensó un giro político. Dura 17 segundos, pero reordena responsabilidades y versiones. Esos segundos me obligaron a «echar para atrás», volver a reconstruir el cuento, porque de pronto lo que algunos me habían contado y lo que otros negaban empezaba a encajar de otra manera.  

P.- A lo largo de las más de 1.300 páginas del libro recuerdas a figuras clave del chavismo como José Vicente Rangel y Luis Miquilena. ¿Por qué son tan centrales?

R.- Porque ayudan a entender cómo se convirtió una fuerza militarista en una ruta electoral y luego en un aparato de poder. Miquilena —ministro del Interior, presidente de la Asamblea Constituyente de Venezuela— era un gran armador, un operador del sistema, el pater familias, y José Vicente siempre tuvo un proyecto político muy ligado a la izquierda y al poder, aunque a veces se presentara como un intelectual distante. Allí entra también una hipótesis que yo manejo con cuidado, el rol de Fidel Castro, ya que hay señales de cercanía y de influencia. Hay una anécdota sobre un episodio médico en los años setenta, una intervención a José Vicente Rangel que pide ser operado en Cuba, eso te habla de relaciones previas con el circuito cubano. Es una pieza más dentro de un mapa de afinidades y estrategias.  

Manifestaciones 11 de abril en Venezuela. | FOTO: El Estímulo

P.- ¿En qué momento la política de Chávez comienza a dar signos de que va cambiar las reglas del juego democrático y la oposición empieza a dar signos combativos? ¿Es la Ley Habilitante el principal síntoma? ¿Cómo se encadena todo hasta el 11 de abril?

R.- Hay varios hilos que se trenzan. Uno es la confrontación con la industria petrolera. Pdvsa, desde el inicio, era un objetivo de poder por su autonomía, por su cultura institucional, por ser un Estado dentro del Estado y cuando se cruzan las decisiones políticas con la vida interna de Pdvsa, empiezan las tensiones que luego desembocan en protestas y en una politización abierta. Otro hilo es el despertar de la sociedad civil. Movimientos como «Con mis hijos no te metas» y otras organizaciones empiezan a encarar al poder cuando los partidos están paralizados o desprestigiados. La clase media, que está más informada y conectada, se moviliza primero, y esa movilización va ampliándose y es entonces cuando llegas al paro y a la marcha del 11 de abril. Se plantea la huelga general y los cálculos para desmontarla, así como los episodios de represión que soliviantan a la gente y se toma la decisión de hacer un gran acto público frente a Pdvsa, en la llamada «plaza de la meritocracia», y ese día todo se desborda y viene el impulso de ir a hacia Miraflores porque el cansancio social ya estaba allí. Había agendas distintas dentro de la oposición, y también dentro de los militares, pero el hecho es que la movilización creció y el Estado respondió con una mezcla de improvisación, violencia y planes mal aplicados. Ahí aparece el famoso Plan Ávila como símbolo, ya que es un plan diseñado para controlar un desborde social, no una rebelión militar clásica. La confusión de implementarlo o no habla de la lectura que el poder estaba en conflicto, y de ahí su decisión de tratar una movilización civil como amenaza existencial.  

P.- En tu reconstrucción de ese día también es importante hablar de los círculos bolivarianos, fuerzas paramilitares creadas para asegurar al presidente Chávez.

R.- Sí, porque ahí se ve la lógica paramilitar. En el libro varias entrevistas lo dicen claramente: no es que protegen, es que atacan. Es una política de Estado, ya que son cuerpos organizados para operar donde el Estado formal no quiere o no puede asumir la responsabilidad directa. Si hubo disparos de cuerpos oficiales en ciertos casos, también hubo acción de esos grupos. En esa mezcla de fuerza formal e informal se inaugura una forma de represión que después se profundizará hasta lo que vemos hoy.

P.- ¿Cómo fue el momento de quiebre dentro de las Fuerzas Armadas? ¿Cómo narras la detención de Chávez?

R.- El quiebre dentro de las Fuerzas Armadas, tal como lo narro, empieza con un hecho muy concreto en plena marcha hacia Miraflores y es que la Guardia Nacional comienza a moverse cuando percibe que su fuerza está siendo utilizada de un modo inaceptable, reprimiendo a unas personas mientras se permite la agresión de otras y, además, porque los mandos armados no responden. En ese clima, el inspector general de la República, el general Lucas Rincón, no sabe cómo actuar frente al presidente Chávez y «guabinea». Es ese titubeo lo que abre una grieta y se produce un pronunciamiento, así como la presión interna crece. A partir de ahí vienen horas de incertidumbre donde los altos mandos del Ejército no terminan de decir que sí o que no, se postergan decisiones y se dan negociaciones. También Chávez entiende algo esencial cuando lo apresa el alto mando y es que si él cae, cae el proyecto revolucionario. En ese cálculo, el rendirse para preservar el futuro empieza a imponerse; así que su regreso, el contraataque y el endurecimiento de su política posterior al 14 de abril no se explican sin ese aprendizaje. Esa misma noche del 11 de abril, Chávez sale de Miraflores rumbo a Fuerte Tiuna en medio de presiones y conversaciones donde lo crucial era forzar, con su firma, una renuncia que certificara su salida. Desde allí queda bajo custodia militar y es trasladado a varios puntos y está incomunicado. A pesar de esto él insistió, posteriormente, que no había renunciado y que el encierro en la base naval de Turiamo fue como haber vuelto a caer preso. En paralelo, durante las cortas horas de encierro percibe señales de lealtad en sectores del Ejército y se filtra que en la ciudad de Maracay, el comandante general Raúl Baduel estaba a su favor. En ese trayecto Chávez Frías deja un mensaje manuscrito donde afirma que «no ha renunciado al poder legítimo», el escrito llega a Baduel y funciona como prueba para activar el rescate. Así es como con el tablero político sigue girando y se organiza la operación «Rescate de la dignidad nacional» que empieza a invertirse a favor de Chávez a medida que llegan noticias desde Caracas y llamadas decisivas donde se le vuelve a tratar como autoridad y se busca evitar represalias contra oficiales vinculados al gobierno de transición. Finalmente, en la madrugada del 14 de abril, Chávez regresa a Caracas y reaparece públicamente.

P.- Hablemos de esos «17 segundos» el 11 de abril que, dices, «cambiaron todo». ¿Qué sucedió cuando ya Chávez había firmado su renuncia?

R.- En el material de video que revisé aparece un fragmento brevísimo desde la Comandancia del Ejército, antes de que Carmona Estanga hiciera su primer pronunciamiento ya en rol de «presidente» de facto. En el video está una periodista haciendo el pase, con el general Efraín Vásquez Velasco a un lado y Carmona con la cabeza baja, revisando papeles en una carpeta; detrás se ven otros altos mandos, y en el plano también figura el vicealmirante Héctor Ramírez Pérez. En cámara, la periodista presenta a Carmona como «la voz civil de esta junta» y lo invita a hablar, y ahí ocurre lo que para mí es el punto decisivo y es que Carmona reacciona con un sobresalto, como si lo hubieran tocado en el lugar indebido, y suelta «¡¿junta?!», con un tono de contrariedad que desarma la escena. Y nadie lo corrige de inmediato; incluso se percibe un gesto atrás, casi una mano que intenta frenarle la palabra. A mí me desacomodó porque yo ya lo había entrevistado y, revisando material, encontré ese video chavista que lo usa para denunciar a la «oposición traidora, imperialista» y allí aparecen esos dos fragmentos, y en uno él está caminando y alguien le pregunta lo que «todo el mundo creía» porque ese era el acuerdo, que hubiera una junta de gobierno y que luego se ve cómo se subordinaban las formas y, cuando él dice «¡junta!», no cuadra con el relato posterior. Esos 17 segundos, para mí, movieron la historia y me obligaron a regresar, a rearmar la cronología, a meter esa pieza y a releer lo que me habían contado otros, a revisar si él sabía más de lo que decía o si, por el contrario, el poder se estaba improvisando delante de todos. Además aparece otro fragmento, de dos horas antes de esa alocución, donde el político Carlos Blanco anuncia un esquema diferente y entonces entiendes que lo que uno daba por «implícito» se estaba decidiendo en un cuartico, lejos del relato limpio.  

P.- En el capítulo 62, en el segundo tomo, narras a las víctimas del 11 de abril de 2002 como una preocupación concreta, «que estuvieran en el sitio, que tuvieran su nombre». ¿Por qué era tan central para ti?

R.- Porque cuando una historia se polariza, lo primero que se vuelve abstracto son las personas. Todo se convierte en bando y en relato cerrado. Yo no quería eso. Me preocupé por los 19 muertos y los 151 heridos por armas de fuego el 11 de abril, así como me preocupé por la libertad de expresión y Pedro León Zapata. Había que poner nombres cuando el país solo dejaba ruido.  

P.- Si tuvieras que cerrar con una idea, después de tantos años de trabajo, ¿cuál sería?

R.- Que el país se contó a sí mismo una épica, y esa épica le costó carísimo. Que el hecho visible, que es la votación, una marcha, un día de violencia, distrae del mecanismo que es el modo en que se construyen héroes, que se destruyen instituciones, se normaliza la excepcionalidad y se delega la política a salvadores. Por eso, para mí, la tarea era reconstruir el proceso que nos llevó al referendo revocatorio en agosto de 2004, donde se fortaleció todo el engranaje que nos llevaría a donde estamos hoy, con nombres, escenas, cronologías, contradicciones y pruebas, así el lector pudiese entender que lo decisivo casi nunca ocurre en el instante final, sino en un contexto, un todo que lo hace posible.

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