Carlos Malamud: «En la Argentina de 1976 nadie creía en la democracia»
El historiador publica ‘Golpe militar y dictadura en Argentina (1976-1983)’, útil síntesis de la etapa más negra del país

Carlos Malamud. | TO
«Yo estaba un día de junio en la universidad, se me acerca un compañero que era dirigente de la federación juvenil comunista y me pregunta: ‘¿Vos vivís en tal calle?’. Y le contesto: Sí, ¿por qué? ‘Porque estás en una lista de la facultad’. Eso me convenció para pensar que era buen momento para cambiar de aires». Lo cuenta el historiador Carlos Malamud (Buenos Aires, 1951), que ese año, 1976, decidió venirse a España, año en el que, según el diario argentino La Opinión, solo en el mes de marzo había en su país «un asesinato político cada cinco horas y cada tres estallaba una bomba».
Malamud, catedrático de Historia de la UNED, investigador para América Latina del Real Instituto Elcano y autor de Populismos latinoamericanos, Historia de América y El sueño de Bolívar y la manipulación bolivariana, entre otros libros, acaba de publicar Golpe militar y dictadura en Argentina (1976-1983) Sur, paredón y después…(Los libros de la Catarata), una brillante y ecuánime síntesis de aquel periodo aterrador de la República argentina, una historia de la infamia que aún reverbera 50 años después.
PREGUNTA.- El golpe del 24 de marzo de 1976 fue probablemente el más anunciado y esperado de la historia. ¿Cómo llegó Argentina hasta ahí?
RESPUESTA.- Se llega por una doble vía: por un lado, porque los años 70 habían visto un brote de violencia guerrillera muy fuerte, que no era privativo de Argentina, que se daba en buena parte del continente latinoamericano, en un momento en el que prácticamente nadie creía en la democracia. La izquierda porque sostenía que esta era una democracia formal, burguesa, de la oligarquía, y se estaba imponiendo la vía de la conquista del poder por las armas, y la derecha porque pensaba que la democracia era la manera de meter a la dictadura del proletariado por la puerta de atrás. El Gobierno de Héctor J. Cámpora, que duró solo unas pocas semanas, permitió pensar que esa dinámica de violencia podría quebrarse, pero no fue así, sino que volvió la espiral de violencia y en forma paralela aumentó la represión parapolicial con la Triple A (Alianza Antocomunista Argentina). Finalmente, Perón acude a las elecciones con su esposa (María Estela Martínez de Perón, más conocida como Isabelita) como compañera de fórmula y gana ampliamente. En principio, Isabelita iba a ser una figura decorativa, pero el 1 de julio de 1974 Perón muere. Asume ella la presidencia y su gestión es terrible. El aumento de la violencia más el desgobierno hacen que la situación sea prácticamente imposible.
P.- En esos meses críticos previos al golpe se produce una especie de guerra civil entre peronistas, que incendia todo el país.
R.- Sí, efectivamente. Hay quienes defienden la patria socialista, que son los Montoneros y sus aliados, y los que defienden la patria peronista, que son básicamente el Partido Justicialista ortodoxo, los sindicatos, la gente, entre muchas comillas, conservadora. La contradicción principal, como se decía entonces, en ese momento no es entre izquierda y derecha, sino que es entre izquierda peronista y derecha peronista. Y uno de los puntos álgidos de ese enfrentamiento se da el 20 de junio de 1973 cuando vuelve Perón desde España. Se plantea una gran movilización popular para recibirle en el aeropuerto de Ezeiza que termina con una gran matanza. Eso marca un punto de inflexión en un enfrentamiento que se da políticamente pero también violentamente y que se va a ir incrementando con el paso del tiempo. Los Montoneros tenían armas, pero la derecha peronista, sindical, con el refuerzo de la Triple A, también.
«No sabemos qué apoyo tenía la dictadura, pero inicialmente una reacción muy generalizada fue de alivio»
P.- Y llega el golpe. Afirma que fue una dictadura militar, no cívico-militar; sin embargo, hubo una gran complicidad por parte de la judicatura, la Iglesia, partidos políticos, la prensa…
R.- Obviamente, la hubo, inclusive el golpe trajo un cierto consenso social de alivio ante una situación que era ya imposible. En ese entonces no se hacían encuestas de casi nada, no sabemos qué apoyo tenía la dictadura, pero inicialmente una reacción muy generalizada fue de alivio. Luego se vio que empezaba una situación todavía peor que la previamente existente, que la dictadura venía con una represión desconocida, que implicaba desapariciones, secuestros, asesinatos, torturas, robos de niños…, pero todo eso fue aflorando más tarde. Defino a la dictadura como militar y no como cívico-militar porque más allá de esa complicidad y participación de los civiles, quienes tomaban las decisiones trascendentales eran los militares.
P.- La junta militar fue una dictadura colegiada, más parecida a la de Brasil que a la de Chile.
R.- Sí, a diferencia de Pinochet, que era un caudillo militar, Videla no lo fue, Viola tampoco, Galtieri lo intentó de alguna manera con su intervención en las Malvinas, pero tampoco. Videla era un tipo bastante gris, anodino, le llamaban la pantera rosa, nada carismático. Su mérito es que sabía nadar en esas aguas turbulentas que eran las Fuerzas Armadas argentinas a finales de los sesenta y principios de los setenta.
P.- Unas Fuerzas Armadas que estaban muy divididas.
R.- Había primero la división entre sus tres ramas: Ejército de Tierra, Armada y Fuerza Aérea. Cada cual con sus propias reivindicaciones. Pero además había una línea divisoria entre ellas sobre qué tipo de relación había que tener con el peronismo. ¿Era una herramienta válida para frenar al comunismo y por lo tanto, había que tratarlo como aliado o por el contrario era el caballo de Troya que iba a permitir que el comunismo se infiltrara en el tejido social argentino? Las contradicciones eran múltiples. En el golpe del 76 no hay un espadón que se ponga al frente del proceso, como pudo ser Onganía en el 66 o Perón en los años cuarenta, sino que son las Fuerzas Armadas como corporación las que desembarcan en la política.
«El triunfo de Alfonsín en 1983 marca claramente el fin del intervencionismo militar en Argentina»
P.- ¿Fue la dictadura un hecho aislado en la historia de Argentina?
R.- No fue un hecho aislado ni en la historia argentina ni en la historia latinoamericana. En los años sesenta/setenta la presencia de dictaduras militares en América Latina fue bastante generalizada, solo cuatro países tenían democracias o regímenes asimilables, México, con las prevenciones debidas por la hegemonía del PRI, Costa Rica, Colombia y Venezuela. En el caso de Argentina en particular desde 1930 se inicia una seguidilla de golpes, cíclicos, que marcan una alternancia complicada entre Gobiernos civiles democráticos y dictaduras. Así que el golpe se inscribe en la historia argentina.
P.- ¿Es hoy la dictadura un elemento de división en la sociedad argentina?
R.- Sí y no. Claramente el periodo dictatorial es una divisoria de aguas importante, pero no solo la dictadura, sino también la derrota militar en las Malvinas, que aumenta el desprestigio de los militares y fuerza la convocatoria de elecciones en 1983. El triunfo de Alfonsín inicia una senda de recuperación democrática e institucional. Y creo que Argentina hoy todavía está en esa senda. Cuando triunfa Alfonsín, se establece un cierto consenso sobre lo que había sido la dictadura, en torno a los grandes costes que habían pagado los argentinos por la violación sistemática de los derechos humanos, la falta de libertades, etc. Consenso que se rompe a principios del siglo XXI cuando determinadas cuestiones del pasado se convierten en cuestiones del presente. Pero con todo, creo que, a diferencia de golpes previos, el 83 marca claramente el fin del intervencionismo militar en Argentina. A partir de entonces, la democracia ha resistido con bastante éxito.
P.- No obstante, sí hay una utilización del pasado, una lucha por la apropiación del relato…
R.- Sí, primero cuando llegan los Kirchner intentan apropiarse del relato de los derechos humanos, vinculándolos con la orientación progresista de su Gobierno. Kirchner pide perdón en nombre del Gobierno al pueblo argentino por no haberse ocupado de las violaciones de los derechos humanos como habría merecido, olvidándose del pequeño detalle de que, después de la dictadura militar Alfonsín como presidente, inicia un proceso de juzgamiento de las juntas militares, que no había tenido parangón en ningún país de América Latina ni prácticamente en ningún lugar del mundo, anterior a las Comisiones de la Verdad de Chile, Brasil y Uruguay. Los pasos que se dan en Argentina son históricos. Luego, en la acera de enfrente surgen voces negacionistas, que intentan justificar el golpe y la represión posterior desde la perspectiva de que la democracia, la seguridad, el modo de vida occidental y cristiano de Argentina estaba amenazado. A partir de ahí empieza una glorificación de la acción militar, se minimiza la represión, se niega el número de desaparecidos…
«Se ha mitificado la cifra de los 30.000 desaparecidos»
P.- Milei ha negado la cifra de los 30.000 desaparecidos.
R.- No sé exactamente cuántos desaparecidos hubo. Sí que el primer informe de Nunca Más habla de una cifra en torno a los 8.000, no más de 9.000, que posteriores revisiones del informe hechas por el kirchnerismo aumentan un poco la cifra, pero no de manera decisiva. Los archivos militares que podrían documentar el número no han aparecido ni creo que lo hagan porque la mayor parte fueron quemados. Se ha mitificado la cifra de los 30.000 desaparecidos hasta niveles terribles. Por ejemplo, en la provincia de Buenos Aires, el Parlamento aprobó una ley provincial convirtiendo en delito la negación o cuestionar la cifra de los 30.000 desaparecidos. Lo que no se puede hacer es decir que son 30.000 y que aquel que lo cuestiona es un fascista, porque hay totum revolutum de víctimas del terrorismo de Estado que no son exactamente desaparecidos, de guerrilleros muertos en combate que se incluyen como desaparecidos, de caídos en el fuego cruzado…
P.- Toda una generación de jóvenes se desangró en aquellos años en la lucha armada, en las filas de los Montoneros y de los trotskistas del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). ¿Por qué?
R.- Era una especie de imán. Un atractivo en parte reforzado con la Revolución Cubana, en parte por el Che Guevara y su mito, porque el clima del momento, que era muy absorbente, el cielo se podía tomar por asalto…, había ganado Cámpora, se acababa la dictadura militar de Onganía, había un fervor popular revolucionario muy fuerte.
«Salvo Alfonsín y pocos más que rechazan la guerra, el consenso sobre la invasión de las Malvinas era amplísimo»
P.- Asegura en el libro que Mario Firmenich, el líder de los Montoneros, no ha hecho nunca una autocrítica.
R.- Ninguna. Firmenich sigue en Barcelona, fue profesor de la universidad allí, supongo que estará jubilado, pero jamás ha hecho una autocrítica y siempre ha seguido defendiendo la vía revolucionaria, la lucha armada…
P.- La invasión de las Malvinas fue el gran paso en falso de la dictadura y su final.
R.- Sin duda. Las Malvinas están muy presentes en el nacionalismo argentino más allá de las ideologías. Cuando se plantea la invasión nadie la cuestiona. Salvo Alfonsín y pocos más que rechazan la guerra, el consenso sobre la guerra era amplísimo tanto en Argentina como fuera. Por ejemplo, los Montoneros llegan a planificar operaciones de sabotaje contra Reino Unido en Gibraltar por ejemplo con comandos de la Marina, ¡los mismos que los habían torturado en la ESMA (Escuela Mecánica de la Armada)…! Periódicos serios como La Nación, firmes defensores de la dictadura, hablan a partir de ese momento de los «Montoneros argentinos»…
P.- ¿Sigue vigente el peronismo?
R.- Sigue vigente, pero no sé si en este momento, gracias al éxito político de Milei y al liderazgo nefasto de Cristina Kirchner, estamos viviendo un momento terminal del peronismo o pasando por un nuevo bache del que se recuperará.
P.- ¿Acabará Milei siendo peronista?
R.- A quien pone como ejemplo de mejor presidente argentino es a Carlos Menem. Milei no lo dice abiertamente porque sería de alguna manera subordinarse a Cristina Kirchner, pero su gran referente es Menem.
«Ha quedado claro que en Venezuela no hay un cambio de régimen»
P. ¿Qué opina de la captura de Nicolás Maduro por EEUU?
R.- Ojalá sea el principio del fin de las dictaduras chavista-maduristas, castristas y sandinistas. De momento no es así. Ha quedado claro que en Venezuela no hay un cambio de régimen. Y no se ha definido de qué tipo de transición se habla, si es de una dictadura a otra, de la dictadura a la democracia, si es una transición económica… Querer imponer condiciones con una fuerza extranjera no es fácil y hacerlo por control remoto, menos todavía. Y encima en Venezuela tienes un montón de actores armados que pueden desestabilizar el tablero en cualquier momento: los Colectivos chavistas, grupos delincuenciales como el Tren de Aragua, las disidencias de las FARC y del ELN, células de Hezbolá y los militares, que mientras no los juzgues o los investigues por corrupción o violación de los derechos humanos… La oposición venezolana no tiene el control ni del ejército ni de la policía ni de los servicios de inteligencia ni de la Administración del Estado en ninguno de sus niveles.
P.- El vasallaje del continente que parece exigir Trump, ¿despertará el antiimperialismo latinoamericano?
R.- Puede. Hasta ahora, las encuestas en varios países latinoamericanos muestran que, en general, el apoyo a Trump es muy amplio, quizá México sea donde esté más equilibrado, pero de hecho no hemos visto en las calles protestas de yankees go home. Pero de proseguir esta política de EEUU de apropiarse del petróleo venezolano u otros bienes latinoamericanos e imponer la pax americana manu militari, puede hacer reverdecer el día de mañana el nacionalismo latinoamericano con una fuerte dosis de antiimperialismo.
