Cada copo que cae es una suerte
¿Es más difícil construir una casa o escribir un libro?

Imagen de una nevada en el bosque.
Como esos desdichados peregrinos rebosantes de Dios que atraviesan las novelas rusas, bajo una ventisca tan inmensa como su fe, así me he visto yo esta mañana, en medio del corazón de la nevada. No es que nos haya sorprendido, pues estaba más que anunciada, pero es que la nieve siempre es nueva, siempre es asombrosa, siempre nieva por primera vez. «La nieve es medieval», decía Gaya, y Tomás González lo actualizó: «La nieve brilla como si estuviera viva»…
No hay nada más hermoso que la nieve. Que todo se cubra de un blanco perfecto hace, supongo, que nos brote de adentro la esperanza, una ilusión de un posible reinicio que a las pocas horas queda convertida en agua negra, piedras de sal mugrienta. Pero mientras dura, cuánto bien. Yo creo que a la gente a la que le gusta la Navidad en realidad le gusta la nieve, aunque normalmente solo esté en las postales y en los villancicos. Es el mismo espejismo, la sensación de que todo recomienza.
Andaba tan embobado mirándolo todo que he tardado un montón en darme cuenta de que no estaban pasando autobuses, lo cual por otro lado era normal, dadas las circunstancias y el estado de la carretera. Y ahí es cuando me he convertido en uno de esos indigentes presoviéticos de Tolstói, caminando 40 minutos por la tundra hacia la estación del tren, no especialmente abrigado, pero feliz, sin siquiera una débil capucha. Tengo 45 años y este tipo de imprudencias comienzan a pagarse siempre, pero iba con la mirada arriba, disfrutando el temporal, pensando que cada copo que cae es una suerte.
Debía de dar pena, francamente, aunque también, seguramente, un poco de miedo, porque ninguno de los pocos coches que han pasado a mi lado ha parado ni por casualidad para preguntarme si necesitaba yo que me acercasen hasta la estación. No me alegro en absoluto, pero 15 minutos después, un kilómetro más allá, todos esos coches estaban parados, varados, hundidos en la nieve, sin poder avanzar un metro, bastante antes de llegar a donde sí he llegado yo a pie, justo a tiempo de tomar el que, según he sabido después, ha sido el último tren que ha pasado por la estación de Galapagar-La Navata. De hecho, yo, convertido ya en un yak, les he preguntado si necesitaban que les ayudase a empujar el coche, pero a esas horas ya no había nada que empujar: todas las ruedas estaban hundidas, y hasta los coches de la Guardia Civil andaban ya anulados, bultos inmóviles en medio del camino.
He abierto la librería 20 minutos tarde, pero no parecía que hubiese cientos de personas ansiosas por comprar algún libro de Fernando Vizcaíno Casas o de Terenci Moix. En Madrid ya no nevaba majestuosamente, solo llovía de forma penosa, pero yo seguía encendido, contento. Y al rato me ha llegado un WhatsApp de A. adjuntándome un trabajo de final de carrera de la Universidad de Valladolid donde se me insulta y se sueltan calumnias sobre mi trabajo, lo cual ha acrecentado mi alegría. La verdad es que yo no puedo presumir de hater, porque el pobre diablo que la ha escrito es un pequeño mequetrefe («mequetrefe», según el DRAE, es una «persona entrometida, bulliciosa y de poco provecho»: parece escrito pensando en este personaje), pero me pone eufórico comprobar de un modo práctico, y en el que ando implicado, todo lo que pienso de la universidad española. Mañana lo explico, si eso, ahora no puedo más.
[…]
29 de enero de 2026. Madrid – La Navata
—Nunca pidas a nadie que te lea.
—No, no, pero esto fue que…
—Nunca.
—Que no, que solo fue una vez cuando…
–Nunca.
3 de febrero de 2026. La Navata
Son pocos, muy pocos, pero uno de los mayores orgullos que tengo yo como escritor es el de que jamás he escrito la palabra «rostro».
6 de febrero de 2026. Madrid – Quito
En cuanto he encontrado mi plaza en el avión (en principio muy buena, pues no tengo a nadie delante y podía estirar las piernas hasta la cabina del piloto, como quien dice), he visto a quien va a ser mi único compañero de asiento y he pensado: «Mal asunto, este borrachín me va a fastidiar el viaje, y mira que es un viaje largo»… Pero el caso es que después el hombre, aunque se comportaba exactamente como yo había imaginado, haciendo bromas con las azafatas e intentando hablar con todo el mundo, me ha empezado a caer bien. Resulta que no bebe alcohol, pero es como si estuviese permanentemente ebrio: debió de beber tanto en su pasado que se ha quedado así, con el puntillo, muy simpático y gracioso, muy risueño, muy charlatán en el mejor sentido.
Yo iba leyendo a Vásconez, claro, ha de salir bien lo de mañana, y él me echaba miradas de vez en cuando, como diciendo: «A ver, amigo, seamos serios: llevas cuatro horas leyendo sin levantar la cabeza y esto ya no es normal, no puede ser sano. Hazme un poco de caso, que ya me he dado cuenta de que ya te has dado cuenta de que yo me muero por pegar la hebra con alguien. A pesar de mi inquietud, me he tragado una película y media y me he dado tres paseos, vale ya». Yo he comprendido que esa expresiva y sabia mirada decía la verdad y hemos empezado una conversación muy interesante. Resulta que este señor construye casas y está forrado, tiene 73 empleados. Vive a caballo entre su Ecuador natal y Madrid, y tras un pasado tormentoso de juergas, malos tumbos y hasta cárcel, se puso a trabajar, montó su empresa y, a base de constancia y disciplina, allá anda, millonario perdido. Es entonces, al saber a qué me dedico yo, cuando ha soltado una pregunta histórica: «¿Y usted qué diría? ¿Es más difícil construir una casa o escribir un libro?». No me han hecho falta turbulencias allá fuera para dar un bote, y hemos bromeado sobre las habilidades de cada cual, sobre cuánto necesita o valora el mundo nuestros respectivos trabajos, sobre cómo se paga cada cosa. Al final nos hemos hecho superamigos. Ha lamentado mucho que solo vaya a estar 60 horas en su país, porque me quería llevar a la costa, donde tiene una finca, a comer un cordero. «Es el Ecuador de verdad», me ha dicho, «a usted lo van a llevar a una maqueta». Es otra gran frase, viniendo de un constructor. Y al final hemos llegado al maravilloso acuerdo de que yo lo ayudo a fondo con sus memorias y él me levanta una casita en una nueva parcela que se ha comprado en Hoyos de Manzanares. No estaría nada mal.
Como hemos llegado dos horas tarde, el taxi de la embajada me ha llevado directamente a la cena, sin pasar por el hotel. Con la diferencia horaria de seis horas ya eran para mí algo así como las tres y media de la mañana, y sin haber dormido ni un minuto en el avión, totalmente vencido, cansado pero contento, con ganas de encontrarme con Vásconez y de conocer a sus amigos (pero también, francamente, con los testículos como mandarinas, harto de estar sentado, agarrotado, destemplado…), he llegado a trompicones hasta la mesa, y casi sin sentarme, tras saludar a mi ilustre amigo y a sus simpatiquísimos comensales, uno de ellos, con una sonrisa del tamaño de América, me ha dicho:
—Estábamos hablando de «el asunto Uclés». ¿Cómo lo ve usted?
Cruzar el Atlántico para esto.

