La migración: cuando el desplazamiento humano se convierte en arma política
El populismo encuentra el enemigo perfecto, un «otro» útil para fabricar identidad, justificar persecución y ganar votos
En este episodio de Las dos orillas, Douglas Castro-Quezada, Julio Borges, Manuel Burón y Luz Escobar abordan una de las tensiones más explosivas del mundo contemporáneo: la migración como fenómeno social convertido en campo de batalla político. El punto de partida es claro: cuando la política fracasa en resolver problemas estructurales —en los países de origen y en los países receptores— el populismo encuentra en el migrante al enemigo perfecto, un «otro» útil para fabricar identidad, justificar persecución y ganar votos.
La conversación se abre con la escalada en Estados Unidos, marcada por el aumento de redadas y la presencia intimidante de ICE. Luz Escobar aporta el termómetro humano del momento: describe una comunidad viviendo en estado de terror, con testimonios de personas que no salen a trabajar, no van al mercado, cierran negocios y evitan cualquier rutina por miedo a ser detenidos. La discusión va más allá de la legalidad: el foco está en el efecto político y psicológico de una práctica que, según relatan, ha ido ampliando su alcance hasta volverse indiscriminada, guiada por perfiles, apariencia y vulnerabilidad.
Julio Borges suma una perspectiva histórica que vuelve la conversación más incómoda —y más honesta—: Venezuela, dice, vivió ambas caras de la migración. Fue receptor masivo en el siglo XX (por petróleo, crecimiento y postguerra europea) y hoy es el país que expulsa a millones. Para Borges, el debate se ha vuelto hipócrita porque los migrantes son usados como carne de cañón electoral, tanto por quienes los demonizan como por quienes los instrumentalizan discursivamente. Y agrega un eje polémico pero central en el episodio: el desafío cultural de la integración. No para justificar el rechazo, sino para plantear una realidad que rara vez se discute con seriedad: la integración es más viable cuando existen valores y marcos culturales compartidos, y cuando hay políticas públicas que ordenen el proceso.
Douglas introduce un contraste que atraviesa toda la conversación: América Latina exige derechos para sus migrantes en Estados Unidos o Europa, pero con frecuencia reproduce maltrato, corrupción y violencia contra migrantes dentro de la región. Trae testimonios sobre el temor a la migra mexicana, sobre el trato a nicaragüenses en países vecinos y sobre una verdad que incomoda: los migrantes son vulnerables no solo por el país receptor, sino por las redes criminales que controlan rutas, documentos, extorsiones y trata. Esa dimensión —la migración como negocio del crimen organizado— aparece como una segunda tragedia paralela: el migrante no solo huye, también puede ser explotado en el camino.
Manuel Burón aporta la lectura europea: España aparece como un caso en tensión, con medidas de regularización que contrastan con la dureza de otros países occidentales, pero con un clima político en el que la migración es explotada por extremos que se retroalimentan. En el episodio se destaca una idea clave: una cosa es el migrante y otra la construcción política del «otro». Ese «otro» puede ser el migrante para la derecha nativista, o puede ser «facha» para sectores que instrumentalizan la migración con fines de polarización. La lógica populista, sostienen, es reversible: cambia el enemigo, no el mecanismo.
Entre los momentos más contundentes, Borges cita una imagen que sintetiza el drama: nadie se va de su hogar por gusto; se va cuando quedarse se vuelve imposible. La migración, concluyen, no es un capricho, y reducirla a sospecha o propaganda es una forma de deshumanización. El episodio cierra con un consenso básico: los Estados tienen derecho a controlar fronteras, pero el problema aparece cuando la política sustituye gestión por espectáculo y reemplaza soluciones por persecución. La migración ordenada —legal, previsible, integrable— no es solo una política humanitaria: es también una política inteligente para evitar el caos que luego alimenta el rechazo.
En suma, Las dos orillas ofrece una lectura crítica y regional: la migración es el espejo de nuestras fallas —autoritarismo, pobreza, violencia, instituciones débiles—, pero también es el terreno donde los populismos ensayan su guion favorito: crear miedo, inventar enemigos y convertir vidas humanas en herramienta electoral.


