Un palacio para la memoria
La batalla por la propiedad del Pazo de Meirás, disputada entre el Estado y la familia Franco, ha llegado al Tribunal Supremo

Soldados salvando libros de la biblioteca de Emilia Pardo Bazán. | Xosé Castro
«Pazo» quiere decir «palacio» en gallego, tanto en su acepción más convencional de palacio urbano, como en la de propiedad rural que en origen fue fortaleza de una familia noble, para terminar siendo simplemente una mansión campestre; lo que los franceses llaman un château (lit.: castillo). Eso fue en sus principios, en el siglo XVI, el Pazo de Meirás, la casa fuerte de los Patiño, uno de los principales linajes de la nobleza gallega, aunque una serie de enlaces matrimoniales a lo largo de los siglos hizo que terminase siendo la casa solariega de los Pardo, otra estirpe noble.
Su naturaleza de fortaleza feudal debía seguir vigente en el siglo XIX, porque durante la guerra de Independencia los invasores franceses arrasaron el Pazo. Cuando terminó la guerra, el entonces propietario, Miguel Pardo Bazán, lo levantó de nuevo, pero con una función absolutamente distinta. Don Miguel era un liberal amante del progreso y creyente en la modernización agraria, de manera que lo que construyó no tenía ninguna ínfula aristocrática, era una sencilla casa de labor en la que ni siquiera colocó sus escudos nobiliarios y a la que bautizó con el anodino nombre de «la Granja».
Don Miguel tuvo un único hijo, José Pardo Bazán, militante del Partido Progresista, alcalde de La Coruña y diputado a Cortes, que recibió el título pontificio de conde de Pardo Bazán, y que a su vez tuvo en 1851 un único vástago, en este caso una niña, la que sería la famosa escritora Emilia Pardo Bazán, pionera del feminismo en España. De acuerdo con su ideario progresista José Pardo Bazán quiso que su hija recibiera una buena educación, lo que desde pequeña despertó su vocación literaria.
Además la forma de vida de la familia era extremadamente liberal. Cuando a los 16 años Emilia planteó que estaba enamorada de un estudiante de derecho de 19 años, sus padres no se opusieron. Obviamente el muchacho, llamado José Quiroga, era también de buena familia, rico e hidalgo, de modo que los jóvenes novios se casaron el 10 de julio de 1868, precisamente en la capilla de la Granja de Meirás. La fecha es importante porque solo dos meses después estallaría la Gloriosa Revolución de 1868, que destronó y expulsó de España a la reina Isabel II, y dio inicio al llamado Sexenio Revolucionario, con su experimento de Primera República incluido.
Tras un prolongado viaje de novios —durante un año los recién casados se dedicaron a recorrer España—, José Quiroga se presentó a las elecciones constituyentes de 1869 y obtuvo un acta de diputado, lo que llevó a que el matrimonio viviese de forma trashumante entre Madrid, La Coruña y la Granja de Meirás, que desde el principio sería el lugar favorito de Emilia para desarrollar su carrera literaria, el santuario intelectual donde la Pardo Bazán fue reuniendo su extraordinaria biblioteca.
En contraste con la estampa bucólica de la Granja de Meirás, la vida de la condesa de Pardo Bazán fue haciéndose cada vez más cosmopolita. Frecuentaba París, pero no como turista, sino como integrante de sus círculos literarios, donde era muy bien considerada y trabó amistad con Victor Hugo y con Zola. Sin romper jamás su matrimonio, hubo una separación amistosa, su marido José Quiroga se fue a vivir a Galicia y doña Emilia mantuvo una larga y apasionada relación con Pérez Galdós, que ella convertiría en triángulo en algún momento, como cuando se enamoró pasajeramente del célebre mecenas José Lázaro Galdiano.
Esta mundana forma de vivir era compaginada por doña Emilia con largas estancias en su retiro literario de la Granja de Meirás, pero de acuerdo con la extravagancia que ostentaba —ninguna española de su época se permitía las libertades que ella practicaba— decidió cambiar la fisonomía de su retiro, recobrar su naturaleza aristocrática, volver a hacerlo un pazo señorial. En realidad lo que hizo Emilia Pardo Bazán fue construirse un castillo a lo Walt Disney, aunque la hiedra que enseguida cubrió sus paredes lo dignificara.
Trayendo elementos de otros pazos dispersos por Galicia, la condesa de Pardo Bazán construyó lo que pasaría a llamarse «las Torres de Meirás», pues su elemento principal eran tres torres medievales con almenas, que le daban aspecto de castillo de película. La más alta de estas construcciones era la torre de la Quimera, donde la condesa tenía sus habitaciones privadas, su estudio y su biblioteca, que se asomaba a un majestuoso balcón llamado «de las Musas».
El interior estaba lleno de detalles de lujo y de referencias a la obra literaria de Emilia Pardo Bazán, con escaleras estilo imperio, o con joyas artísticas como el retablo barroco de San Francisco que preside la capilla, procedente del antiguo Pazo de Santa María de Sada. Allí tenía preparado doña Emilia un llamativo sarcófago, destinado a contener sus restos, con la idea de que las Torres de Meirás fueran su santuario funerario en la posteridad, aunque al final moriría en Madrid y está enterrada bajo una sencilla lápida de la Sacramental de San Lorenzo.
Aquel deslumbrante escenario se convertiría de forma casi obligada en un parnaso literario, al que acudían los escritores grandes amigos de la Pardo Bazán, Pérez Galdós, Leopoldo Alas Clarín, Juan Valera, don Marcelino Menéndez y Pelayo o Giner de los Ríos, el fundador de la Institución Libre de Enseñanza. «¡Cómo olvidar aquellos días serenos, en el verano mimoso de Galicia, de la Torre de Meirás y aquellas prolongadas charlas de largas sobremesas!», evocaría Unamuno tras la muerte de Emilia Pardo Bazán en 1921.
Muerte del hijo y el nieto
La Pardo Bazán tuvo un hijo varón y dos hijas. El primogénito, Jaime Quiroga Pardo Bazán, heredaría el título de conde y el Pazo de Meirás. Jaime sintió una vocación militar sin que hubiese antecedentes familiares, y fue oficial de Húsares de la Princesa, con los que participó en la Guerra de África. En lo que sí siguió la tradición familiar fue en la ideología política, pues siguió la de su madre. Una de las extravagancias de Emilia Pardo Bazán es que, a la vez que era una revolucionaria de las costumbres y una auténtica pionera del feminismo, militaba políticamente en el carlismo, la ideología más reaccionaria de España. Siguiendo sus huellas su hijo Jaime fue vicepresidente de las Juventudes Carlistas de Madrid.
Puesto que estamos haciendo un ejercicio de memoria histórica a propósito del Pazo de Meirás, no estará mal recordar el destino histórico que sufrió aquel propietario del Pazo, el penúltimo de una saga familiar de cinco siglos. Cuando se proclamó la Segunda República en 1931, Jaime Quiroga Pardo Bazán se unió al círculo de militares monárquicos que conspiraban contra el nuevo régimen. Participó en la Sanjurjada, la fracasada intentona golpista del general Sanjurjo de 1932, y fue a parar a la cárcel como sus compañeros de golpe, aunque solo estuvo detenido poco más de un mes.
Peor suerte le tocó cuando estalló la Guerra Civil en 1936. El 10 de agosto se presentaron en su casa milicianos de la FAI (Federación Anarquista Ibérica), es decir, la organización armada anarquista responsable de gran parte de los asesinatos y desmanes de los primeros tiempos de la Guerra Civil. No solo lo detuvieron a él, sino también a su único hijo de 19 años, también llamado Jaime. En principio, los llevaron al Comité Provincial de Investigación Pública, lo que todo el mundo conocía como «la Checa de Bellas Artes», porque se había instalado en el célebre Círculo cultural madrileño.
Las checas, que tomaban su nombre de la Cheka, la primera policía política de los bolcheviques rusos, eran centros de detención e interrogatorio montados por distintas organizaciones de izquierda, llegando a haber unos 200 en Madrid. También funcionaban como tribunales revolucionarios que decidieron miles de sentencias de muerte sin ningún tipo de garantías jurídicas. En Bellas Artes los dos Quiroga Pardo Bazán estuvieron solamente un día, pues el 11 de agosto los sacaron para «darles el paseo», es decir, para asesinarlos y abandonar luego sus cadáveres en algún lugar apartado.
Existe un escalofriante testimonio escrito de lo sucedido al conde de Pardo Bazán y su hijo, el del periodista gallego Francisco Camba. Camba cuenta que fue también detenido por unos pistoleros de la FAI que lo llevaron a San Antonio de la Florida, donde había varios cadáveres tirados en la pradera. Uno de los milicianos le dijo:
—¿Sabes quiénes son los dos besugos que ahí tienes?
—¿Los conocía yo?
—Puede. Paisanos lo sois. ¿Conocías a Jaime Quiroga? Pues Jaime Quiroga y su hijo […] El chaval cayó primero, pero no debió dársele bien porque al ver a su padre, tieso allí al lao, tuvo arranque pa medio erguirse y cubrirlo con la gabardina que él llevaba por los hombros. Natural que no había acabao, cuando otra descarga le da lo suyo, y por eso le tiés mismo encima.
La Guerra Civil trajo un séquito de tragedias crueles ejecutadas por ambos bandos, pero también supuso una catástrofe material de tremendas consecuencias. A finales de la contienda mantener un capricho como las Torres de Meirás resultaba inabordable para la familia Pardo Bazán. Manuela Esteban Collantes, viuda del asesinado Jaime, y su cuñada Blanca Quiroga Pardo Bazán, hija superviviente de Emilia, intentaron deshacerse de la propiedad donándosela a la Compañía de Jesús, para que instalara en el Pazo un noviciado, pero los jesuitas no la aceptaron porque veían que el regalo les iba a salir muy caro.
Fue en esas circunstancias críticas cuando llegó la idea salvadora: regalarle el Pazo de Meirás a Franco. El gobernador civil de La Coruña y el acaudalado banquero Pedro Barrie de la Maza encabezaron la llamada «Junta Provincial pro Pazo del Caudillo», que comenzó a reunir los fondos necesarios para comprarles, por algo más de 400.000 pesetas, las Torres de Meirás a las Pardo Bazán.
Las circunstancias del momento histórico hacen que la iniciativa fuese perfectamente coherente. Franco era, para la media España que había ganado la guerra, un auténtico héroe, el caudillo salvador artífice de la victoria, y por toda España se repetían los homenajes en forma de regalos más o menos fastuosos. Por otra parte, lo que las autoridades coruñesas pretendían era que, ofreciéndole tan magnífica mansión, Franco acudiese a residir a Galicia algunas temporadas, como ocurriría. La proximidad física de quien detentaba un poder personal como el de Franco era siempre ocasión de conseguir prebendas y tratos de favor.
Por último, si Franco se convertía en propietario del Pazo de Meirás e iba a pasar las vacaciones allí, se aseguraba el costoso mantenimiento de la extravagante mansión de la condesa de Pardo Bazán. Y así fue, hasta la muerte del dictador. Luego vendría el ajuste de cuentas, pero esa ya es otra historia.
