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Cultura

Nuevo coloquio de los perros

«El hombre que juega a ser perro nos habla de dos nostalgias a la vez, la de la animalidad y la de la obediencia»

Nuevo coloquio de los perros

Un joven que se identifica como ‘therian’ en México. | Gerardo Vieyra (Zuma Press)

En una noche improbable, cuando las farolas vomitan luces enfermas sobre las calles desiertas, volvieron a conversar Cipión y Berganza, los mismos que en El coloquio de los perros de Miguel de Cervantes analizaban la condición humana. En esta ocasión no se hallaban a la puerta de un hospital de Valladolid, sino frente a una pantalla que mostraba hombres y mujeres que ladraban, caminaban a cuatro patas y se reconocían en la figura del perro.

—Hermano Berganza —dijo Cipión—, parece que los hombres, cansados de su propia farsa, han decidido imitarnos, si bien de forma grotesca, según mi modesto entender. Lo cual plantea, de entrada, un problema taxonómico: ¿es esto un progreso de la especie humana o una regresión selectiva? Cuando los hombres nos imitan, ¿nos honran o nos humillan al hacerlo?

—Nos humillan —respondió Berganza sin dudar—, porque nos imitan mal, y toda imitación mediocre es un insulto para el imitado. Nos están caricaturizando, Cipión, pero no nos escandalicemos: los humanos han tendido siempre al esperpento. 

Berganza, que en otro tiempo había servido a carniceros, soldados y poetas, inclinó el hocico con gravedad. En la pantalla aparecían personas con máscaras de cuero, collares brillantes y rodilleras pulidas. Algunos hablaban de juego; otros, de sexo; otros, de una forma de liberarse del peso de la identidad humana. Se reconocían como animales en su interior; algunos como lobos, otros como zorros, otros como perros, también había felinos, un canguro y un ornitorrinco. Se llamaban therian y hablaban de una pertenencia íntima que desbordaba lo humano.

Si han de imitarnos —dijo Berganza—, al menos que aprendan algo útil: la claridad del gesto, la fidelidad al pacto. Aunque observo con cierta melancolía que los únicos aspectos de nuestra naturaleza que han decidido emular son los más obvios y superficiales. 

Cipión ladeó la cabeza con la expresión de quien acaba de oír una frase acertada y añadió:  

—Sí, parecen cómicos mediocres en una comedia mediocre.  

Berganza asintió con la cabeza y añadió:

—¡Cuánta razón tienes! Recuerda que en la antigüedad los griegos inventaron pueblos con cabeza de perro y los ubicaron en los confines del mundo; los llamaron cynocephali y los dibujaron en mapas como advertencia y maravilla. Ahora ese confín está aquí mismo. En la sociedad del espectáculo, acaban de surgir los nuevos cynocephali, con la diferencia de que los antiguos cabeza de perro eran monstruos de frontera que señalaban el límite de lo conocido, y estos de ahora señalan como mucho los límites del simulacro.

Cipión recordó cómo, en su anterior coloquio, habían desnudado la hipocresía de amos y mercaderes. Nada había cambiado del todo: el ser humano seguía inquieto, descontento con su traje y su linaje. La diferencia era que ahora podías exhibir tu locura ante multitudes invisibles.

—Parémonos a pensar —dijo Cipión—, ¿todo esto es burla o es confusión?

—Quizá ambas cosas a la vez —respondió Berganza—. El hombre se disfraza de perro para descansar de su máscara de hombre. Cree que al andar a cuatro patas se libra de su humanidad, y tú y yo sabemos que no, que lo único que consigue es hacer que su humanidad parezca mucho más lastimera y sin las ventajas compensatorias: ni olfato fino, ni velocidad, ni esa capacidad nuestra de dormir en cualquier sitio sin remordimientos. El hombre que imita al perro se lleva lo peor de los dos mundos, creo.

Cipión observó que muchos de aquellos imitadores hablaban de comunidad. Formaban «manadas», organizaban encuentros, cuidaban unos de otros. En su mundo fragmentado, buscaban pertenencia.

—En eso nos honran —concedió—, porque si algo sabemos los perros es que nadie sobrevive solo mucho tiempo. Aunque me pregunto si la manada no es, en su caso, otro nombre para el club de personas que no saben cómo pedir afecto de otra manera. Lo cual, dicho sea con toda la compasión de que soy capaz, es a la vez entrañable y desesperante.

—Cierto, y convendría recordarles que no es el ladrido lo que hace al perro, sino la lealtad; no es la correa lo que crea el vínculo, sino la confianza. Si imitan el gesto y olvidan la sustancia, quedarán en caricatura, y a los perros nos sublevan las caricaturas, si bien nos consuela que no tengan muy claro qué están haciendo, lo cual les da, si no dignidad, al menos cierta gracia involuntaria: la gracia de los niños.

La noche avanzaba y el resplandor de la pantalla parecía una luna artificial. Cipión suspiró.

—En nuestro primer coloquio examinamos la vida de los hombres desde fuera. Ahora ellos nos invitan a mirarlos desde dentro de su deseo de ser otros. ¿No es esta la mayor de sus confesiones, que no les basta con ser lo que son? Aristóteles dijo que el hombre es un animal político. Lo que vemos nos dice que también puede ser un buen animal de circo. 

Berganza guardó silencio un instante, como si escuchara sus propios pensamientos.

—Tal vez, Cipión, el hombre que juega a ser perro nos está diciendo algo mucho peor: habla de dos nostalgias a la vez, la de la animalidad y la de la obediencia. Por más que he jugado a ser Nostradamus, nunca hubiese imaginado que en el seno de la humanidad iban a surgir tribus que nos imitaran concienzudamente. Es el triunfo póstumo de Pavlov: el hombre, que tanto se afanó en estudiar nuestros reflejos condicionados, ha terminado por desarrollar los suyos propios y exhibirlos con orgullo y frenesí ante los ojos adormilados del mundo.

—Te olvidas de Diógenes el cínico.

Diógenes podía vivir como un perro, pero no nos imitaba, no se ponía cola, no ladraba. Era más abstracto, no había perdido la dignidad. Seguía siendo un griego, si bien algo cánido.

—Tienes razón, y lo que estamos viendo nos obliga a hacernos una pregunta ontológica: si el alma puede ser de perro atrapada en cuerpo humano, ¿puede haber alma de humano atrapada en cuerpo de perro? Porque en ese caso, Berganza, tú y yo llevamos siglos con un problema existencial de hondo calado y del que siempre hemos preferido apartar los ojos.

Y así, mientras en la ciudad algunos se ajustaban collares de cuero y otros escribían en foros sobre su identidad animal, dos perros cervantinos volvían a hacer lo que mejor sabían: conversar sobre los humanos, esos seres que, hasta cuando los imitaban, no dejaban de hablar de sí mismos, de su estupidez y de su patetismo.

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