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El trágico y sangriento final de James Cook, el mayor explorador de la historia británica

Un libro de Hampton Sides relata el fatídico viaje final de uno de los navegantes más importantes de la Era de la Exploración

El trágico y sangriento final de James Cook, el mayor explorador de la historia británica

James Cook. | Historical Mediallons

Apuñalado, atravesado por lanzas, apedreado y golpeado. Así murió el capitán James Cook un día de San Valentín, el 14 de febrero de 1779, a miles de kilómetros de su hogar en Inglaterra. «Lono, si alguna vez había sido Lono, había muerto, lo habían matado a orillas del mar de una manera que, misteriosamente, recordaba a la forma de morir de Fernando de Magallanes 258 años antes», cuenta el escritor, historiador y periodista estadounidense Hampton Sides en El ancho ancho mar (Capitán Swing), un apasionante recorrido por la última gran epopeya del que es considerado hoy como el mayor explorador de la historia británica.

Dos años y medio antes de aquel fatídico desenlace en la bahía de Kealakekua, en Hawái, Cook había zarpado de Londres, donde la vida aparentemente le sonreía tras concluir sus dos heroicas exploraciones alrededor del mundo.  A sus 46 años, había decidido retirarse del mar y el Almirantazgo británico le había ofrecido un cargo honorífico como responsable del hospital de Greenwich, una residencia a orillas del Támesis para otros pensionistas de la Marina. 

Sin apenas obligaciones, aquel oficio le proporcionaba al navegante un buen salario, además de alojamiento, comida y bebida, y otras comodidades. El lugar ideal donde poder escribir los relatos de sus viajes y pasar tiempo junto a su esposa, Elizabeth, y sus seis hijos. Demasiado sencillo, tal vez, para un marinero como él que, proveniente de una familia humilde, hijo del capataz de una granja, se había labrado un gran nombre gracias a su desempeño en la marina mercante y, más tarde, como voluntario en la Marina Real, donde había tenido que empezar de nuevo como marinero raso, muy por debajo de su categoría. 

A lo largo de su vida, Cook destacó como topógrafo, hidrógrafo y cartógrafo, y su papel fue determinante, por ejemplo, en el triunfo contra los franceses en el asedio de Quebec de 1759. Durante sus dos primeras expediciones pasó un total de seis años en el mar, con uno de descanso entre medias. Algunos de sus hitos incluyen cartografiar la costa oriental de Australia y las dos islas de Nueva Zelanda, así como llegar más al sur que ninguna otra tripulación hasta entonces, convirtiéndose en el primer capitán en cruzar el círculo polar antártico, además de demostrar la utilidad del cronómetro K1. 

En 1776, cuando sopesó seriamente retirarse, acababa de circunnavegar el mundo por segunda vez. «Un lugar magnífico. Y tengo estupendos ingresos, pero que yo pueda habituarme a la jubilación y a la vida fácil, está por ver», escribió entonces en una carta sobre su futuro trabajo en el hospital de Greenwich. 

Apenas unos meses después, el 23 de junio de aquel mismo año, el capitán se enroló de nuevo en la que sería su tercera y última exploración. Con el pretexto de devolver a Mai, un nativo tahitiano convertido en una popular figura de la alta sociedad londinense, a sus islas natales, aquel nuevo viaje le permitiría «explorar la llamada espalda de América del Norte, cartografiar los gélidos extremos del noroeste del continente, sondear los festones de su litoral y encontrar al norte de Canadá un paso para llegar hasta el Atlántico», cuenta Sides. 

Un observador sin prejuicios

El periodista e historiador describe a Cook en El ancho ancho mar como un hombre inteligente, a pesar de su falta de estudios, un marinero difícil de engañar y de complacer que podía presumir de haber pasado años en el mar sin que ninguno de sus hombres enfermara gravemente o muriera por escorbuto, la más temible de las enfermedades de los largos viajes oceánicos. Y alguien de fiar, al que sus tripulantes valoraban. 

A pesar de estar considerado hoy, para muchos pueblos nativos, como un símbolo del colonialismo y la opresión, Sides lo define también como «un observador con muy pocos prejuicios sobre las culturas que iba encontrando», por quienes mostró siempre un genuino interés. «Sus descripciones de los indígenas resultan muy tolerantes y con frecuencia dan muestras de una gran comprensión. Nunca intentó convertir a ningún pueblo nativo al cristianismo y rara vez moralizó sobres las presuntas carencias de sus costumbres y creencias». 

Según consta, sus encuentros con los polinesios y los aborígenes de Australia fueron casi siempre pacíficos. «Procuraba ser imparcial, conocer las costumbres locales y, además, tenía en cuenta el efecto dominó que se actos podían tener entre los nativos». Algo que chocó con su actitud durante su última expedición. Durante aquel trayecto, azotó con latigazos a los nativos del archipiélago de Tonga como represalia por los hurtos y mandó arrasar las casas y cultivos de todo un poblado en Moorea solo por el robo de una cabra. Aquel fue uno de «los más inexplicables episodios» de la larga carrera de Cook. Un suceso que muchos historiadores explicarían después como una especie de locura transitoria.

Un hombre o un dios

Real o no, lo cierto es que cuando Cook regresó a Hawái a finales de 1778, sus barcos fueron recibidos por miles de hawaianos y el capitán fue confundido entre sus habitantes con el mismísimo dios Lono. El agradable recibimiento dio paso a una época amable y feliz para toda la tripulación. Los hawaianos se mostraron generosos y corteses con aquellos extranjeros y los despidieron con aparente sincera hospitalidad. 

Pero de todos es sabido que cualquier anfitrión llega a cansarse si sus huéspedes no terminan de marcharse nunca. Cuando los dos barcos capitaneados por Cook tuvieron que regresar tras un fuerte temporal que partió la estructura del Resolution algo había cambiado. O quizás habían perdido la fe en él. «Los nativos no entendían por qué Lono había regresado tan pronto. Su estación había concluido, estaba desincronizado. Y no solo eso: el barco del verdadero Lono no habría sufrido ningún daño, ¿verdad?». 

Por primera vez en sus viajes, Cook había dejado de tener en cuenta el efecto dominó, y la tragedia se desencadenó inesperadamente cuando uno de los tenientes británicos disparó hacia una canoa, matando por accidente a un hawaiano. Aquello desató una oleada de venganza, pillando al capitán en tierra. En vez de correr, se mostró paralizado. «Un guerrero dio un paso y lo despertó de su sueño. El hombre se abalanzó sobre él enarbolando su pahoa [una especie de daga]. Cook reaccionó al instante: lo apuntó con la pistola de dos cañones y le disparó a bocajarro. Pero el primer cañón estaba cargado con perdigones».

Tras reaccionar, se alejó hacia la pinaza. Fue allí, al borde del agua cuando un guerrero «asestó un golpe devastador que Cook no vio venir. Según dice la tradición oral de Hawái, cuando Cook se puso a gruñir de dolor, la muchedumbre empezó a gritar de inmediato: ¡No es un dios. Vamos a matarlo. No es más que un hombre!». Y aquel hombre que pudo haberse jubilado y vivir plácidamente a orillas del río Támesis durante una larga vida exhaló un último suspiro al lado del Pacífico. Junto a él, murieron también cuatro infantes de marina y veinte guerreros hawaianos. 

Años después, cuando Mark Twain visitó Hawái a mediados del siglo XIX, «los lugareños le contaron una truculenta historia sobre unos niños nativos que, al día siguiente de la muerte de Cook, encontraron una de las vísceras del capitán». Como relató el creador de Huckleberry Finn y Tom Sawyer: «Tenían colgado el corazón en una choza -escribió Twain-, donde tres niños se lo encontraron y se lo comieron pensando que era el corazón de un perro».

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