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Cultura

De Monet a Kandinsky: proyecciones en pared y un tobogán fosforescente

El Nomad Museo de Madrid presenta una exposición inmersiva con algunos flecos

De Monet a Kandinsky: proyecciones en pared y un tobogán fosforescente

Nomad Museo.

En el número 78 de la Gran Vía de Madrid, una discreta puerta abre el paso a una experiencia que va más allá de musicales y bares que fingen ser castizos con precios al norte de los Pirineos. El Nomad Museo promete un espacio inmersivo donde el arte y la tecnología se suman en trampantojos de luz y efectos especiales que elevan a los asistentes a una experiencia onírica.

Sobre gustos, como sobre los sueños, no hay nada escrito. De ahí que Freud señalara en ellos un revelado subconsciente de los miedos y deseos humanos. Conceptos que, según la persona, pueden variar sobre una misma cosa. 

Según explica la responsable de comunicación del museo, Almudena Velasco, desde hace tiempo observan un cambio significativo en el comportamiento del público: a la gente —especialmente a las personas jóvenes— le resulta complicado mantener la  atención fija en un tema durante mucho tiempo. Nativos tecnológicos, enamorados de las pantallas y del lenguaje audiovisual, que el museo ha  decidido mimar optando por presentar movimientos artísticos fragmentados por  capítulos, buscando un ritmo más dinámico. Una fórmula que, en palabras de Velasco, funciona como «una buena manera de acercarse al arte para los neófitos». 

Tras abonar una entrada de entre 18 y 21 euros, el espectador se sumerge en las oscuras tripas del museo a través de unas escaleras. Es fácil chocarse con quienes ya han digerido la experiencia, habiendo como hay un único camino de entrada y salida. Una vez abajo, el negro de las paredes se tiñe de una esquizoide marejada de colores proveniente de un pasillo de espejos, tipo parque de atracciones, con el suelo hecho de baldosas discotequeras que despiden lucecitas tutifruti. Michael Jackson se lo habría pasado teta zigzagueando y ejecutando agresivos movimientos pélvicos al ritmo de Billie Jean (1983) sobre ellas. 

Superado el homenaje al prisma de The Dark Side of the Moon, de Pink Floyd, en el artificial y luminoso parterre, desembarcamos en la sala principal. La única estancia como tal, de hecho, y núcleo de la propuesta. La organización del espacio es errática, accidentada en las esquinas: lo que se llama un polígono irregular.  

De un lado al otro de la sala, ocho columnas vestidas de espejos —cuatro en el margen derecho y cuatro en el izquierdo— dividen el espacio. En el centro, una cuarentena de pufs cuadrados se apiña como un banco de peces. Los asistentes, encorvados, apoyando las manos sobre dorsales o lumbares en un gesto incómodo, quedan absortos por las proyecciones que invaden cada una de las múltiples paredes de la sala. No proyecciones distintas, entiéndase. En esta muestra del Nomad Museo, titulada De Monet a Kandinsky, uno podría pasar los 40 minutos de duración de la experiencia enfocando en la misma dirección. 

Velasco describe el proceso como un trabajo coral: primero se gesta la idea, se desarrollan mapas mentales y las propuestas visuales pasan por equipos de investigadores e historiadores del arte antes de llegar al departamento creativo. A partir de ahí entran en juego el equipo sonoro, los especialistas en efectos visuales y, finalmente, el equipo técnico, que garantiza la correcta reproducción del conjunto. Todo un «organismo vivo», subraya, donde las ideas son compartidas, pero las responsabilidades están claramente delimitadas. 

Monet, Gauguin, Van Gogh, Munch, Gris, Delaunay, Klee, hasta llegar al geometrista ruso, son los protagonistas de las animaciones digitales que pueden disfrutarse en las paredes del Nomad Museo de Madrid. Una producción digital con sonido envolvente, muy propia de ese último espacio de las pinacotecas destinado al audiovisual, es el plato principal de la experiencia. 

El vídeo en sí está muy majo. Las obras de los artistas transitan en un juego de imágenes acompañado por una música que late al son de las alteraciones, todo sostenido por dos voces —una femenina y otra masculina— que hacen de hemeroteca de los artistas y de las obras representadas. Una versión ligeramente pasada por IA de un documental de la cadena de televisión francesa Arte

Lo cierto es que la proyección sobre pladur es ideal para hacer fotos y vídeos. La propuesta instagrameable perfecta, como ponen en práctica varios asistentes que no esperan a salir de la sala para lanzar su periplo cultural a las redes. Lo mismo que para hacer una excursión con el colegio, pudiendo retener al ganado colegial en una cerca fácilmente vigilada. Según apunta Velasco, durante estas visitas se produce una escena poco habitual: adolescentes que no miran el móvil constantemente. Cosa bastante lógica, si lo que se les ofrece es parecido a un reel muy largo en una pared. Para ella, este tipo de formato no compite con los museos tradicionales, sino que actúa como antesala; una cantera de futuros visitantes de pinacotecas. Y entonces llega el tobogán. 

Antes de pasar por otro pasillo colmado de luces rojas de Navidad, a la manera de los afters berlineses, uno puede subir unas escaleras y dejarse caer por un tobogán fosforescente, en lo que supone la culminación de una actividad un tanto pueril. De chiquipark. Y no lo digo desde una hostilidad profana. Entiendo que, para un público granujiento y hormonado, la propuesta del Nomad Museo sea un acercamiento suave a las gratificaciones de las artes. 

«No obligamos a tirarse por el tobogán a nadie», asegura Velasco. Sin embargo, matiza que para los niños es un elemento divertido y que el revuelo solo sería comprensible si se hubiera instalado algo así en la Capilla Sixtina. Nomad, recuerda, se concibe como un museo acogedor para todo tipo de público. Además, añade, el propio tobogán es una obra de arte firmada por el artista murciano Jorge Ortuño, detalle que quizá alivie a los más puristas. 

Lo mismo, la idea de fondo es seguir a Joan Miró en su alegato sobre la naturaleza del arte, cuando afirmaba que «debe ser infantil, pero no ingenuo». Aunque, como ocurre con los sueños, el miedo y el deseo, lo infantil y lo ingenuo también son categorías relativas. Allá cada cual las etiquete según le venga. 

Al final, superada la tienda de regalos, todo se queda un poco desaborío. En especial si lo que se esperaba era una interacción más fluida, participativa y esencialmente inmersiva, más allá de una conceptual sala de cine con asientos incómodos. Sea como sea, las exposiciones inmersivas ya han conquistado su lugar en el ecosistema cultural contemporáneo y, como reconoce la propia Velasco, «evolucionan, buscan nuevas formas y compiten, pero más con TikTok que con galerías de arte». Una carrera en la que, guste más o menos el resultado, el Nomad Museo parece haber tomado partido.

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