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Cultura

Juan Carlos I y España: ajuste de cuentas

Los libros de Charles Powell, Tom Burns y del propio rey hacen balance del reinado, de sus éxitos y errores

Juan Carlos I y España: ajuste de cuentas

Juan Carlos I junto a su hijo, Felipe VI. | GTres

Los tiempos de polarización y radicalismo en que vivimos generan en la opinión pública dos actitudes características, fuertemente entrelazadas: la más obvia, la tendencia al extremismo y hasta la desmesura en las valoraciones, que lleva a ese típico todo o nada, con su correlato de desprecio a toda transacción o pacto (o estás conmigo o contra mí). La segunda, que las opiniones, sólidamente asentadas y con un resuelto apriorismo, refractarias al empirismo de los datos, se convierten en expresión colectiva y señas de identidad: la inserción en la tribu (grupo político) conlleva asumir sus postulados íntegramente y hasta sus últimas consecuencias. En todas partes cuecen habas, pero es indudable que en España tenemos una larga tradición de maximalismo excluyente.

Viene a cuento este proemio por el tema a tratar, la valoración de una figura que, ya de por sí, no se sabe bien ni cómo nombrar («rey emérito», la más difundida, es cuestionada hasta por el propio protagonista en sus memorias). Por extensión, desembocamos de manera inevitable en la tasación global de su reinado y, por ende, en la evaluación de un período crucial de la última historia española. Una fase tan próxima y determinante de la actual situación como poliédrica y controvertida, generadora de heterogéneas opiniones y contrapuestas actitudes políticas. Como todo el mundo tiene un firme juicio al respecto, sería iluso por mi parte pretender modificarlo un ápice con este breve artículo. Me propongo solo dar cuenta crítica del contenido de tres recientes publicaciones sobre Juan Carlos I y su reinado. Que cada cual extraiga el corolario oportuno.

Es de justicia y rigor empezar por lo que dice —no escribe, porque para esto último está Laurence Debray— el propio rey anterior en sus Memorias. Tan controvertidas, que ya el propio título desata tempestades: Reconciliación (edición española en Planeta, traducción de Elisabeth Burgos y Karin Taylhardat). Aunque son sobradamente conocidos, no puedo dejar de mencionar tres rasgos formales del volumen: primero, que son memorias dictadas, no escritas, aunque el propio monarca ha corregido la transcripción; segundo, que han sido redactadas originalmente en francés y luego traducidas; y tercero, lo más absurdo de todo, que el libro apareció antes en el mercado editorial del país vecino que en el español.

Dicho esto, vayamos con el contenido que, como era previsible, ha suscitado tormentas (mucho más hipócritas que cabales o fundamentadas). Porque, ¿qué esperaban? ¿Un pliego de cargos? Por supuesto que las memorias son autoexculpatorias, como lo son el 99% de las memorias que en el mundo han sido. ¿De qué se sorprenden? Lo sorprendente es esa pretendida sorpresa, porque si hay un rasgo definitorio de este libro es precisamente su previsibilidad. No hay en él nada sorprendente desde ningún ángulo, hasta el punto de que ni siquiera los más contumaces husmeadores han podido hallar ninguna revelación esclarecedora, ningún secreto relevante, ninguna indiscreción que poder exhibir como trofeo.

Don Juan Carlos reconoce errores y hasta comportamientos inadecuados, sobre todo en su vida privada. Admite que no es ni ha sido nunca un santo, sino un hombre con defectos y debilidades. Ahora bien, confesado esto, considera que su labor como jefe de Estado y como monarca se sobrepone con mucha —incomparable— diferencia a todas las faltas y fallos en que haya podido incurrir. Enfatiza su papel rector y decisivo en el dificilísimo paso de la dictadura a la democracia, en la transformación de un país atrasado en otro próspero y moderno, en la conversión de una España aislada en un país integrado en la Unión Europea. Tanto ha hecho por su país, argumenta, que se siente ahora postergado y, por ello, injustamente tratado. De ahí el título y el sentido último de sus memorias: si su reinado empezó con el gran objetivo de la reconciliación nacional, ha llegado también la hora de una nueva reconciliación.

Legado de una generación

Tom Burns Marañón es un conocido autor y un reconocido analista de la realidad española, como periodista e historiador. Con una larga carrera de publicaciones a sus espaldas, Burns ofrece, por lo general, una mirada cálida y al tiempo distanciada en la descripción del ruedo ibérico, producto de su formación hispano-británica. Acaba de publicar en Almuzara El legado de Juan Carlos I, con un subtítulo diáfano que adelanta el balance: De héroe de la transición a rey en el exilio. Es un libro que responde a los esquemas típicos de una contribución más interpretativa que erudita —un ensayo genuino, de tono muy personal—, escrito con gran libertad formal y un propósito inocultable: reivindicar el papel del anterior monarca.

No es extraño por ello que el libro se centre de manera abrumadora en la fase de la Transición, hasta convertir en algo inexacto o, al menos, parcial, el título antedicho. Burns no examina tanto el conjunto del reinado (los más de 38 años que median entre la muerte de Franco en noviembre de 1975 y la abdicación en junio de 2014) cuanto el período inicial, es decir, los momentos históricos del paso del régimen franquista a un Estado de derecho y la consolidación de este, con el texto constitucional de 1978 y la superación de la crisis del 23-F. Enjuicia a don Juan Carlos como heredero de tres legados: el de Franco, el de su padre, don Juan, y el de su generación, la gente joven (de Adolfo Suárez a Felipe González) que acometió la hercúlea tarea de la transición. Veredicto último: pese a sus desaciertos postreros, «la historia calificará a don Juan Carlos como uno de los grandes reyes de España».

Charles Powell comparte con Tom Burns su preparación historiográfica (en su caso, doctor en Oxford) y su formación hispano-británica, pero, a diferencia de él, ha seguido una sólida trayectoria docente e investigadora, de tipo más tradicional, que le ha llevado, antes de su actual desempeño como director del Real Instituto Elcano, a ser autor de referencia sobre la Transición y, más en concreto, sobre Juan Carlos I. Recordemos El piloto del cambio, libro de 1991, una obra seminal en su momento, seguida por un puñado de títulos entre los que destaca El amigo americano. España y Estados Unidos, de la dictadura a la democracia (2011). Ahora presenta una gruesa investigación de más de 600 páginas, Juan Carlos I y la proyección exterior de España (Galaxia Gutenberg, traducción del mismo autor y Eva Rodríguez Halffter), que constituye la mejor aportación, con diferencia, de estos últimos años al conocimiento de la política exterior española del período y, más en concreto, al protagonismo que tuvo en ella Juan Carlos I.

El libro de Powell, basado en fuentes inéditas (archivos extranjeros, sobre todo estadounidenses y británicos) y con una impresionante base empírica (documentos y entrevistas), se centra, como indica el título, en las relaciones internacionales de nuestro país durante el reinado de don Juan Carlos. En sentido estricto, no tendría por tanto que constituirse en examen global del monarca, pero dado el papel cardinal de este y la importancia que tuvo la dimensión exterior en la viabilidad misma de la transición y su estimación entusiasta, el resultado es un balance integral de su labor como jefe de Estado en uno de los períodos más difíciles de la reciente historia española.

Clave para la democracia

En esas coordenadas, las sólidas argumentaciones de Powell y su manejo del caudal de datos y evidencias acumuladas conducen a un dictamen tan contundente como indiscutible: la Transición, tal como fue, solo pudo ser posible por la resuelta actitud de la Corona, su apuesta por el cambio pacífico y la defensa de un sistema de libertades frente a sus múltiples enemigos, a un lado y otro del espectro político. Podría haber sido de otra manera, más al gusto de algunos de sus críticos, pero eso nos adentraría en el terreno de la ficción. En consecuencia, Juan Carlos I pudo cometer todos los errores que se quiera y, sobre todo en los últimos tiempos, incurrir en comportamientos poco ejemplares. Pero ello no debe condicionar, según Powell, el balance final, su «extraordinaria contribución a la democratización y el progreso económico de España».

Volvamos para terminar a las consideraciones iniciales. Los tiempos que corren son poco propicios para la ponderación y las estimaciones templadas. La figura de don Juan Carlos, que durante gran parte de su reinado fue, no ya intocable, sino objeto de lisonjas que hoy causan rubor, despierta ahora arranques viscerales que se sustancian en epítetos difamantes por un lado o en borrón y cuenta nueva por otro, como si nada hubiera ocurrido en la última fase de su reinado. Frente a actitudes radicales, cabe la opción que mantienen en sus libros Tom Burns y Charles Powell: el reconocimiento de la excepcional labor de la Corona y la celebración de su éxito, que significó en última instancia y a todos los efectos el éxito de todos los españoles. Y, junto a ello, la dilapidación de ese prestigio en negocios y relaciones personales que empañan la transparencia y ejemplaridad que los ciudadanos exigen hoy día a la más alta representación de su país. El perfil para la historia de Juan Carlos I será brifonte, como Jano. Queda por saber cuál de las dos caras será la primera que surja cuando se mencione su nombre.

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