Las 'Galleteras' de Laura Sanz Corada: «La memoria se mastica»
Es un libro reivindicativo, y también es un libro muy hermoso sobre una herida cercana y en buena medida abierta todavía

El libro 'Galleteras. La otra memoria de la galleta maría' .
Creo que en este mundo, en principio, no puede haber una suerte mayor que la de ser la nieta de «el jefe de la vainilla». Es algo como sacado de Charlie y la fábrica de chocolate, pero en el caso de Laura Sanz Corada (Aguilar de Campoo, Palencia, 1993) fue real, aunque también lo fueron asuntos familiares menos dulces, otras herencias amargas que hace unos pocos años se decidió a investigar.
El tema, en principio, es simpático, tierno, familiar, parte de la memoria sentimental y alimenticia de todos, un sentimiento dorado, crujiente y dulce: estoy seguro de que desde el siglo XIX no ha habido ni un solo segundo en la Historia en el que no hubiera alguien saboreando en algún lugar una galleta maría. Se puede decir, por tanto, que el sol jamás se pone sobre esas galletas, que de hecho tienen también algo solar en su brillante aspecto, así como en su importancia sobre nuestra especie (y sobre las otras: yo mismo, en distintos momentos de mi vida, me he visto dando cachitos de galleta a cerdos, gallinas, patos, peces o caballos). Pero la memoria, como las propias galletas, es quebradiza, y no está nada mal que alguien nos recuerde o nos explique de nuevas lo que costó que llegasen hasta nuestras mesas, cómo trabajaban quienes las producían, en qué condiciones lo hacían, qué injusticias tuvieron que vivir. Sin conciencia no hay buena memoria.
Cuando publicó Lo demás es aire, Juan Gómez Bárcena dijo algo muy bonito y gracioso, que era que, tras haber escrito una novela sobre unos bromistas peruanos que le gastan una broma pesada a un gran poeta andaluz, y tras fantasear sobre un húngaro que regresaba de la Segunda Guerra Mundial con todo el síndrome del excombatiente a cuestas, o tras levantar un novelón sobre la conquista de México… ya se consideraba preparado para lo más difícil, que era escribir sobre su pequeño pueblo.
Es así. No es nada fácil regresar a casa, y desde luego no muchos escritores tienen el don de escribir sobre lo que mejor conocen. Hay que hacer varios tipos de esfuerzo para poder hacerlo bien, hay que distanciarse para poder aproximarse, hay que enfriarlo todo para poder acabar enseñando el corazón.
La madre de Sanz Corada, hija del jefe de la vainilla (dan ganas de ponerlo en mayúsculas: el Jefe de la Vainilla), comenzó a trabajar en la fábrica de galletas de Fontaneda cuando apenas tenía 14 años, lo cual se vivió como una alegría: trabajar en esa fábrica era algo así como el destino natural de alguien de allí, pero no entraban todas las que lo intentaban. Y después había que madrugar muchísimo, era un trabajo no muy satisfactorio y producía determinados dolores, pero que te aceptaran en la fábrica se vivía como una suerte por suponer un trabajo seguro y más o menos fácil, un sueldo propio, una vida previsible y tranquila entre amigas y compañeras con las que acertar a hacer de esos largos turnos algo divertido. En Aguilar de Campoo se percibía como una bendición que en el siglo XIX el señor Fontaneda, que no era de allí, hubiera considerado ese lugar como un sitio propicio para su pequeño local, que poco a poco fue creciendo hasta lo mastodóntico y ocupando a todo el pueblo. Aguilar de Campoo es, con perdón, como Transilvania o como Chernóbil: no creo que no haya una sola persona que no lo identifique inmediatamente con algo muy concreto.
Ahora bien, esas alegres y jovencísimas galleteras tenían que ver cómo sus compañeros cobraban más por, en general, trabajar menos, en tareas más bien de supervisión. Ellos, según testimonios recogidos aquí, fumaban y bebían más o menos a escondidas, y andaban relajados durante su jornada, mientras que ellas apenas podían despistarse del aluvión de galletas que ordenaban. Y en 1996, cuando hubo un primer gran recorte de plantilla, fueron ellas las principalmente damnificadas (y, entre ellas, muy especialmente, las afiliadas a sindicatos).
Galleteras. La otra memoria de la galleta maría no es un libro victimista, ni se retrata ninguna historia de esclavitud, explotación salvaje o condiciones infrahumanas. En absoluto. Pero sí es un libro reivindicativo, y también es un libro muy hermoso sobre una herida cercana y en buena medida abierta todavía. La autora se fue de su pueblo pronto, joven, para estudiar en Alemania o Uruguay, pero ahora ha regresado al alma y al trauma de Aguilar, que fue el del cierre paulatino y sucesivo de fábricas, el de las protestas, el miedo, los engaños y la indignación, el de la desposesión de algo que caracterizaba y enorgullecía al lugar. Y si se pone el acento sobre las mujeres, no es porque Laura Sanz Corada sea de las que piensan que los hombres nos hemos pasado la Historia en la taberna, sino porque en este caso concreto se comprobó que los primeros despidos, mayoritariamente de mujeres, no tuvieron ni de lejos la misma repercusión o no despertaron las mismas reacciones que la venta definitiva de Fontaneda a empresas de fuera, con los consiguientes traslados o cierres. Hay ahí un dolor que Sanz Corada observó desde niña, una sensación de menosprecio, de desplazamiento o de ultraje que se vive sin demasiado rencor, pero con una profunda tristeza.
Tratar de entender y honrar esa pena es lo que intenta Sanz Corada al reunirse con su madre y otras extrabajadoras, quienes recuerdan sus años en la fábrica con una mezcla de calor y de sombra, de risas y de soledad. Fue al fin y al cabo su juventud, y la vivieron manejando cereales y chocolate, atentas a las cadenas y a las cajas, entre cartones y celofán. La autora es ante todo poeta, y también antropóloga, y es de notar que casi todo el libro está dedicado a hacerse cargo de lo que supusieron aquellos hechos, no tanto sobre los hechos mismos, aunque sí hay unas preciosas páginas iniciales sobre algo así como la «historia universal de la galleta», desde las muy sosas pero duraderas de los marineros hasta las muy sofisticadas de las princesas.
Habrá historiadores que echen de menos más documentación directa, más fuentes, más reproducción de recortes de prensa y manifiestos, alguna fotografía (no hay ninguna). Pero es que creo que el libro no quiere ser eso: es evidente que todo está sostenido por un andamio documental enorme, que Sanz conoce el conflicto día a día, que maneja la bibliografía, que ha hecho trabajo de campo y dispone de horas de entrevistas. Pero para formar el libro que ella quería, que es el que leemos, había que entender la decepción, no tanto los sucesos, que en todo caso están en esa última parte. Pero a ella le importaban más las consecuencias, el duelo, la sensación de cierre en falso y final doloroso que aún pesa sobre las mujeres que lo sufrieron.
Creo que era William Faulkner quien dijo que en este mundo hay tres cosas que no pueden ser: estafar a la compañía de teléfonos, pretender que el camarero te vea antes de que él decida que te ha visto a ti y volver a casa. Estas Galleteras desmienten en buena medida esa última intuición, y en varios niveles, pues Laura Sanz Corada ha sabido regresar a Aguilar, ha querido regresar a su madre y ha acertado a regresar a ella misma, a su propia memoria compartida.
