Simpatía por Alberto Greco
El Museo Reina Sofía dedica una completa y competente retrospectiva de la obra del artista argentino

Alberto Greco. | Wikimedia Commons
Alberto Greco (Buenos Aires, 1931-Barcelona, 1965) escribió que ninguna idea puede realizarse, ya que, si se realizase, ya no sería una idea.
Ahora el mismo Greco es ya una idea, una idea en la que algunos a veces nos gusta pensar, a la vez entusiasta y triste: entusiasta por su propósito de llevar «el arte a la vida» y la vida al arte, y porque, en cuanto a su propia vida, fue breve, en deriva vagabunda y casual, siempre al borde de la indigencia, y al final no rescatada, como los protagonistas de Burger y sus Escenas de la vida de bohemia, por una cierta instalación en la vida aseada, burguesa y monetaria que, al fin y al cabo, lo sepan o no, es la aspiración de todos o casi todos los bohemios…
La completa y competente retrospectiva que le dedica el Reina Sofía expone los documentos y la obra de Greco, que se confunde con su vida y que, después de haber pasado escandalosamente desde su Argentina natal por Italia, Francia y España, concluyó por propia mano en Barcelona, pregonándolo en cartas a sus amigos: «He venido a despedirme. Me voy a Barcelona a matarme. Quería decírtelo. Adiós».
Artista que frecuentaba tanto el legado de Duchamp como las tácticas de la pintura informalista, tanto el minimalismo como la mentalidad pop; lo primero que sabemos de Greco es que en 1960 y 1961 empezó a darse a conocer en Buenos Aires publicando en la prensa anuncios de sí mismo y colgando en la calle, y en las paredes de la galería, carteles de llamativo color amarillo sobre el que campaban en grandes letras negras mensajes con su nombre. «Greco, ¡qué grande sos!» (recuperación o burla del «Perón, Perón, ¡qué grande sos!» de la Marcha Peronista). «Greco, el pintor informalista más grande de América».
Exploró una práctica de carácter situacionista, el détournement o desvío: alteraba carteles de publicidad para convertirlos en vehículos de publicidad de sí mismo. Así, por ejemplo, en un anuncio de tabaco en el que se veía a una mujer fumando deleitosamente, insertaba su nombre en el eslogan, que ahora rezaba así: «También yo he descubierto ese gusto distinto, ese sabor perfecto, ese placer completo… cuando he descubierto Greco. Allí donde la elegancia, el encanto y el éxito se citan, Greco se halla presente. Greco, todo sabor y con filtro».
Publicidad y parodia
En un anuncio de lavadoras ilustrado con la imagen de una ama de casa feliz, tras su intervención se leía: «Greco, claro que me ha conquistado. Claro que mi colada está más blanca. Yo también me he cambiado a Greco. Cambie usted también a Greco y aproveche todas sus ventajas. Con Greco, ¡qué gran cantidad de espuma limpiadora! Siempre activa, incluso en agua fría y dura. Ahora, apenas tengo que frotar…».
Es francamente divertido, aunque puede detectarse en estas bromas tanto la celebración del ego potenciado mediante la propaganda como una escisión del artista consigo mismo, o un desdoblamiento en bufonada y parodia que debería haber disparado alguna alarma, tanto en el mismo artista como en sus amigos. Claro que esta sombra la percibimos a posteriori.
En la estela de la hipótesis de Duchamp, que sostuvo que es obra de arte aquello que el verdadero artista señala como tal, Greco artistizaba o grecolizaba anuncios, personas, lugares y hasta el pueblo entero de Piedralaves (Ávila), al pie de la sierra de Gredos, entonces (en 1963) todavía sumido en una especie de vida medieval, mediante el sencillo expediente de rodear cada obra, que podía ser un burro, un vecino, una casa, o el pueblo entero, con un círculo de tiza y su firma: «Aquí», escribía a un amigo, «firmé todo un pueblo, con todas sus gentes».
Piedralaves, entonces, tenía 1.500 habitantes y estaba tan sumido en el pasado como el mismo medioevo. Las fotografías de esos vecinos, algo atónitos pero complacientes y en algunos casos divertidos con las ocurrencias del forastero argentino, son la obra mayor y el mayor logro de Greco. Aunque solo sea por la colisión entre la actitud artística contemporánea con un lugar tan poco parisiense, tan anclado en el pasado.
Piedralaves, obra artística
También pintaba en modo informalista, y escribía —en textos líricos, y rotos— y organizaba happenings más o menos tumultuosos y más o menos delirantes, en París, en Roma y en Madrid.
En las fotografías con las que documentó su conversión de Piedralaves en obra artística, se le ve mirando a cámara en mangas de camisa y tocado con un sombrero de paja, al lado de algún vecino al que ha hecho sostener un cartel que dice: «Esto es un Greco». O una anciana ante unas sábanas blancas, tendidas bajo un balcón, con un cartel que dice: «Obra de arte señalada por Alberto Greco». También le vemos acuclillado, acabando de trazar en el roto pavimento de la calle un círculo de tiza en torno a una campesina montada en un burro: lo que está dentro del círculo, por lo menos durante el tiempo necesario para tomar la foto, «es un Greco».
El 12 de octubre de 1965, instalado en Barcelona en casa de unos amigos —siempre andaba tomando prestado todo, el desdichado—, ingirió un frasco de barbitúricos y se puso a escribir hasta perder el conocimiento. Sus amigos lo encontraron agonizando. Falleció en el hospital al cabo de dos días. En la pared dejó escrito: «Esta es mi mejor obra». Y en la palma de la mano, la palabra FIN.
Cuánto entusiasmo, y dentro seguramente una profunda depresión, mal de amores, sensación de fracaso o de futilidad de todo. Fue un artista verdadero y un vendaval de ideas. Ahora, ya con este suntuoso funeral que es la retrospectiva en el Reina Sofía, que seguro que le hubiera encantado, ya Greco es una idea, una idea como otra.
Es recomendable el catálogo, donde viene contado todo esto y donde, además de sus obras, vienen reproducidos sus textos, casi ininteligibles en su propia caligrafía.
Recomendable el catálogo, en fin, no para cualquiera, sino solo para aquellos a quienes estas aventuras, estos casos, les despierten cierta curiosidad, cierta simpatía.
