'Algarabía': un encuentro cultural entre el mundo árabe y España
THE OBJECTIVE entrevista a Ignacio García, codirector del espectáculo, que se estrena en Pamplona el 27 de marzo

Ignacio García. | Museo Universidad de Navarra
El Museo Universidad de Navarra, junto a las fundaciones emiratíes Khawla Arts & Culture Foundation y Admaf, organizadora del Abu Dhabi Festival, presentan Algarabía: espectáculo de música, danza y poesía para el diálogo entre culturas. El estreno, que además conmemora los 150 años del nacimiento de Manuel de Falla, se llevará a cabo este 27 de marzo en el MUN de Pamplona. THE OBJECTIVE se reúne con Ignacio García, quien conjuntamente con Jihad Mikhael dirigen el espectáculo.«Hemos buscado el equilibrio entre la óptica española y la árabe en la dramaturgia, tanto en la parte visual como en los textos seleccionados, además de en la música y la danza», nos cuenta.
PREGUNTA.- Presentan una obra que aúna muchos géneros. ¿Cómo parte la idea de Algarabía?
RESPUESTA.- La palabra «algarabía», es de origen árabe y tiene al menos dos acepciones: «fiesta, jolgorio o bullicio», pero también es una planta campestre; en la obra tiene un peso dramatúrgico importante. Hay una tercera acepción que viene de los siglos XV y XVI, en los que en España se decía: «Hablar en algarabía», para referirse al habla de los árabes. Así que creemos que el nombre de la obra representa mucho el espíritu del proyecto.
P.- Han trabajado conjuntamente con el Museo Nacional de Navarra, la Khawla Art & Culture Foundation y Abu Dhabi Music & Art Foundation…
R.- Desde un principio supimos que el desafío estaba en la mediación y la diplomacia y no solo institucionalmente. A mí me ha tocado mediar entre Manuel de Falla, la música de Ihab Darwish y partitura de nueva creación de Josema García Hormigo, para establecer ecos con la música árabe y flamenca. Está también Manu Masaedo e intérpretes que vienen del mundo árabe, que representan toda una tradición oral. Es un proyecto muy desafiante en ese aspecto, entre las dos culturas, pero a la vez muy enriquecedor. Cuando uno lo siente, se da cuenta de que al final los españoles somos muy árabes.
P.- La dramaturgia y dirección la ha llevado a cabo con Jihad Mikhael…
R.- Jihad es un director y actor muy experimentado, con amplia experiencia en cine y teatro. Ha sido un aprendizaje muy grande, En este tipo de proyecto, lo importante es saber dialogar sobre las ideas, no imponer las propias ni establecer una territorialidad. H hay que elegir las mejores, no por cuota. Porque ante un mismo evento se pueden ver cosas diferentes. El argumento de la obra es una historia de amor: Farah (la actriz Cynthya Karam) llega a la Alhambra para estudiar la botánica de sus jardines. Estando allá, se enamora de un gitano (el bailaor Jesús Carmona), con el que se crea un magnetismo inmediato, en parte porque cada uno representa lo que el otro no conoce: lo exótico, la otra visión del mundo, otra lengua, otra cultura. Desde ese argumento se desarrollan todas las capas filosóficas culturales de los dos mundos. También es un tema central en la obra la manera en cómo nos relacionamos con las personas, con el patrimonio, con lo que nos rodea desde ese respeto necesario para entender las distintas visiones del mundo. Es una pieza muy completa. Por eso nos preguntábamos qué género era: ¿ópera flamenca, espectáculo musical o ballet cantado a lo wagneriano? Porque se pone en valor lo escenográfico, lo visual, lo poético, la palabra. Otro desafío fue trabajar con profesionales y estudiantes. Algunos han llegado de Siria, Egipto y Marruecos.
P.- Parte del equipo ha llegado de Oriente Próximo en plena crisis por la guerra, entre ellos el actor Rafic Ali Ahmad, y se pensó que varios de los artistas no podrían llegar. Usted ya tiene experiencia trabajando en territorios con conflictos bélicos.
R.- Estrenamos en un momento bastante delicado. Felizmente, los ocho artistas árabes participantes, que se encontraban en países de Oriente Medio, han podido llegar para el estreno. Lo que no sabemos es si podremos estrenar la obra en el Abu Dhabi Festival el 26 de abril, como está establecido en el calendario. El 16 de marzo se cumplieron cuatro años del bombardeo al teatro de Mariúpol en Ucrania. Desde entonces trabajo con artistas ucranianos, con la Embajada de España y con la Agencia Española de Cooperación. Llevamos desde el inicio de la guerra dando clases de teatro y cine en la Universidad Karpenko-Kary de Kiev. Con la Filarmónica Nacional de Ucrania estoy dirigiendo un concierto para mayo. Ahora mismo se está presentando en el Teatro Nacional de Kiev la zarzuela La rosa del Azafrán. Se hace a teatro lleno y cantado en ucraniano.
«Los totalitarismos, vengan del signo que vengan, quieren limitar la voz de la cultura»
P.- Ucrania está actualmente bajo régimen de ley marcial, ¿cómo se logra seguir presentando artes escénicas?
R.- Por la ley marcial, el espacio aéreo está cerrado. Hay que llegar desde Budapest o Cracovia en tren. Es un trayecto de 20 horas. En el país hay bombardeos casi diarios. Tenemos una aplicación que suena una alarma para avisar si están bombardeando con misiles. Cuando se activa, tenemos que refugiarnos. Pasa durante las funciones, ensayos… Además, hay cortes eléctricos. Es un contexto muy hostil y la gente ucraniana está agotada. El arte en esta situación cobra una relevancia muy especial, vital en el sentido más amplio de palabra.
P.- Lo he escuchado decir que un teatro bombardeado es símbolo de nuestros tiempos…
R.- Las bombas son el extremo, la cara más violenta de una tendencia que también se manifiesta en lo cotidiano. Viene de distintos entornos en los que se ataca la cultura, se intenta limitar el ámbito artístico. Hace una década, los artistas gozábamos de mayores libertades. Los totalitarismos, vengan del signo que vengan, quieren limitar la voz de la cultura. Hay muchas facetas anteriores a bombardear, que pasan por la censura, la cancelación o por la intervención sobre las programaciones. Nos quieren decir qué música se puede escuchar o qué se puede leer y qué no. Los artistas y la gente de la cultura en general debemos defender la belleza, la bondad y la virtud, como valores sanadores, porque el peligro de la intolerancia y la radicalidad está latente en Occidente. Me asusta que el poder intervenga en la cultura instrumentalizándola, en lugar de dejar que los colectivos artísticos y la ciudadanía construyan su propio camino. Creo que cada generación y cada época tienen unos símbolos teatrales que se convierten en emblemas del tiempo. Lo que estamos haciendo aquí es también defender un ideal, buscar la belleza como refugio espiritual.
«Hay gente interesada en fomentar el odio, que quiere crear alarmas sociales como, por ejemplo, con el tema migratorio»
P.- ¿Cree que el teatro seguirá siendo un lugar de resistencia?
R.- La posguerra estuvo dominada por dos proyectos decisivos que fueron el Berliner Ensemble de Bertolt Brecht en Berlín y el Piccolo Teatro de Strehler en Milán. Ambos supusieron la interrogante sobre qué hacer con el continente luego de la guerra, después de tanta destrucción. Eran dos países derrotados, que habían sucumbido al fascismo, y aparecieron estos grandes intelectuales para reflexionar sobre qué hacer en adelante con la cultura. Ahora solo veo dos opciones: o dejamos que la intolerancia bombardee la cultura y los teatros, o convertimos la cultura en un refugio contra las bombas, la intolerancia, la violencia, la cancelación y la censura. Hay gente interesada en fomentar el odio, partidos políticos y grupos sociales que quieren crear alarmas sociales como, por ejemplo, con el tema migratorio. Eso existe y en España es especialmente sensible. Son violencias sistémicas. Hace un tiempo, quien abusaba de la violencia era un bully, no tenía buen prestigio social. Ahora han llegado al poder. Solo hay que escuchar las declaraciones de Trump o de Putin para darnos cuenta. Eso escala en todos los aspectos de la sociedad. Es un modelo de abuso y verticalidad.
P.- El arte es una herramienta muy poderosa de comunicación. Acaba de morir Jürgen Habermas. Su pensamiento ubicaba el diálogo racional como centro de la filosofía y la sociedad.
R.- Sí, Habermas es uno de los grandes pensadores que reflexionó sobre el diálogo como forma de consenso social. Michael Ignatieff, premio Princesa de Asturias de ciencias sociales, decía que el desafío en este tiempo era juntar a gente que pensara distinto para ver en qué podían estar de acuerdo. Las personas muchas veces se juntan para radicalizar aún más sus posturas, no para escuchar al otro. Yo trabajo con gente de distintos orígenes, géneros y estilos y eso creo que es una especie de vacuna frente al pensamiento homogéneo y polarizado.
«Nuestra música, danza, poesía y comida es una oda a esa mezcla con lo árabe, también de lo sefardí»
P.- Ha sido director y fundador artístico de Voces de la Lengua, un centro de creación artística en torno a la belleza del sonido de la lengua española. ¿Qué nos puede contar de los textos y la poesía que se presentan en Algarabía?
R.- En la cultura española siempre ha existido mucha permeabilidad, aunque muchas veces no se nos haya enseñado. Cuando se hablaba del Siglo de Oro, únicamente se nombraba a Lope de Vega, Tirso de Molina y Calderón de la Barca, tres hombres blancos, castellanos y curas. Hubo también mujeres poetas, moriscas, sefarditas, gente que escribía en valenciano y en gallego. Sor Juana Inés de la Cruz escribía mitad en español y mitad en náhuatl. Todo esto tiene mucho potencial y no hemos sabido transmitir ese orgullo por la mezcla. Algarabía en cambio, es una manera de celebrar esos encuentros. Hay textos de Nizar Qabbani, que es el gran poeta sirio del amor y que durante el siglo XX escribió siempre desde la libertad. También están Miguel Hernández, San Juan de la Cruz o poesía tradicional muwashshah como la Lamma Bada Yatathanna. Si pensamos en el poema del Mio Cid, la palabra «cid» es de origen árabe, quiere decir «señor». Nuestro mayor poema sobre la persecución de los árabes encierra en su nombre una palabra árabe. Nuestra música, danza, poesía y comida es una oda a esa mezcla, también de lo sefardí que tuvo un peso importante en esos siglos. Tenemos esa suerte…
P.- La obra también homenajea a Manuel de Falla…
R.- Este 2026 se cumplen 150 años de su nacimiento. Falla vino a revolucionar todo, desde la tradición flamenca. No olvidemos que los gitanos llegan a España del Rajastán de la India. En el flamenco está lo árabe, pero también lo indio, y Falla bebe de todo ello. En Granada y luego en París conoce a las vanguardias, que también nutren su música. Es el gran autor español del siglo XX. En Algarabía incluimos parte de La vida breve, Noches de los jardines de España o El sombrero de tres picos…
P.- ¿Cuáles son sus próximos proyectos?
R.- Deseo enormemente que podamos estrenar Algarabía en Abu Dabi en abril, pero solo queda esperar a que la situación mejore. Paralelamente, estoy trabajando en un concierto con Ravi Shankar en junio, que presentaremos en Granada. Vendrá un equipo de músicos y bailarines de la India. Es una reflexión sobre su cosmología. Shankar representa muy bien la interculturalidad de la que hablo, que tanto me interesa. Es un ejemplo de cómo dialogar entre culturas y mezclar lo sinfónico y lo tradicional. Tocaba con músicos como Simon & Garfunkel o los Beatles. Cuenta que, siendo joven, era bailarín y, acompañando a su hermano músico, Uday Shankar, en una gira a París, vio a Vicente Escudero bailar El amor brujo de Falla. Se quedó impresionado al ver la Danza del fuego fatuo, porque representaba igualmente uno de los mitos fundacionales de la cosmología hindú, el de Shiva creando el mundo. Al darse cuenta que no había fronteras culturales, decidió dedicarse a la música como lugar de encuentro cósmico. En la filosofía y cosmología hindú, cuando el mundo se creó, no existía ni música, ni ritmo, ni armonía, hasta que la diosa Saraswati tocó la única cuerda que había en el universo y, al hacerla sonar, el mundo se dotó de todas las cualidades musicales. Ese será el inicio del espectáculo…
