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Cine

Iván Zulueta y Eloy de la Iglesia: nuevos retratos de dos malditos del cine español

Dos documentales y un libro abordan las figuras del autor de ‘Arrebato’ y del director de ‘Navajeros’

Iván Zulueta y Eloy de la Iglesia: nuevos retratos  de dos malditos del cine español

Iván Zulueta y Eloy de la Iglesia: nuevos retratos de dos malditos del cine español. | TO

Ambos eran vascos y gays. Pero lo que conecta definitivamente a Iván Zulueta (1943-2009) y Eloy de la Iglesia (1944-2006) es su adicción a la heroína, que hizo descarrilar sus carreras y los convirtió en los malditos oficiales del cine español. Los diferencia que Zulueta rodó muy poco y alcanzó aura de mito underground por Arrebato, mientras que De la Iglesia practicó un cine populista y sensacionalista, y logró algunos de los mayores taquillazos de la Transición. Hay otra conexión entre ellos: ambos -cada uno a su manera- hicieron un cine transgresor, que rompía moldes y tabúes (de hecho, algunas películas de De la Iglesia hoy no se podrían filmar).

Acaban de estrenarse sendos documentales sobre estos cineastas malditos: en salas Eloy de la Iglesia, adicto al cine de Gaizka Urresti y en Movistar+ El último arrebato de Marta Medina y Enrique López Lavigne, sobre Zulueta, del que también ha llegado a librerías su Diario de Nueva York, publicado por Pepitas de Calabaza y la Filmoteca Española. El libro es interesante porque funciona como una suerte de retrato del artista adolescente o de Zulueta antes de Zulueta. El diario neoyorquino arranca en diciembre de 1963 -con el viaje transatlántico en un carguero- y cubre a primera mitad de 1964. Relata en primera persona la estancia en la ciudad de los rascacielos de un veinteañero de clase alta de San Sebastián, que va a estudiar diseño y pintura.

Años después, Zulueta se ganaría la fama de ser el único personaje de la movida madrileña que conocía de verdad el cine y el arte underground estadounidense. Se suponía que estos conocimientos se habían empezado a fraguar en este primer viaje, cuando la ciudad estaba bajo el influjo de la beatlemanía y el arte pop en plena efervescencia. Pero las entradas del diario dibujan a un joven Zulueta que cada domingo va a misa, todavía no ha descubierto su sexualidad y sale con chicas muy formales. En Nueva York buscó contactos con españoles de clase alta residentes en la ciudad, a través del cónsul Ángel Sanz Briz (el famoso ángel de Budapest, que como diplomático en esa ciudad durante la Segunda Guerra Mundial había salvado a muchos judíos de la muerte).

Zulueta visita galerías -pero apenas habla de arte pop-, va con frecuencia al cine -pero no ve cintas underground– y puntúa las películas que ve, lo cual da pistas sobre la formación de sus gustos estéticos. El libro incluye un apéndice visual con dibujos y pinturas que realizó en esa época (recuérdese que además de cineasta, fue un brillante cartelista de cine) y también el cuaderno con el listado de las películas vistas en 1964 con su correspondiente valoración. En la última entrada del diario anota: «Creo que odio este diario, y que no refleja para nada mi situación aquí. Se abra por donde se abra, todo son reproches; qué birria. Lo acabaré quemando». Por suerte no lo hizo y hoy es un interesante documento que permite asomarse a sus años formativos.

Años después, instalado en Madrid -en su apartamento del rascacielos de la Plaza de España- rodó cortos experimentales y en 1970 el largometraje Un, dos, tres… al escondite inglés, producido por José Luis Borau, coescrito con Jaime Chávarri y en el que aparecía José María Íñigo. Es uno de los escasos ejemplos de cine pop español, a la manera de las películas de los Beatles. Y en 1979 filmó su segundo y último largo: Arrebato, uno de los hitos del cine de los años de la movida madrileña, incomprendido en su momento y convertido con el tiempo en película de culto. Una película sobre el poder vampírico del cine y sobre los paraísos perdidos de la infancia, con guiños a Peter Pan y los viejos álbumes de cromos en los que se abisma el personaje de Will More. Y también sobre la adicción; entonces Zulueta ya estaba enganchado a la heroína y no era el único entre los miembros del rodaje, de modo que el consumo que se ve en pantalla era real. Después vino el silencio y la reclusión en Villa Alhoa, la casa familiar de San Sebastián, con vistas a la Concha.

Aniquilados por la heroína

El carácter insólito de Arrebato dentro del cine español y la transformación de Zulueta en un fantasma elevaron al cineasta a mito del malditismo (en una generación que tuvo unos cuantos aspirantes a malditos aniquilados por la heroína). Lo cual puso sobre su pista a un documentalista dispuesto a desentrañar sus misterios: en Ivan Z. Andrés Duque localizaba al anacoreta en su guarida y lo sacaba de su silencio. Ya después del fallecimiento del cineasta, Arrebatados de Pedro Gonzáles Bermúdez reunió abundantes testimonios sobre su figura, y La décadence de Augusto Martínez Torres reconstruía al personaje a través de sus dos moradas: la casa familiar de San Sebastián y el apartamento del piso trece del Edifico España.

¿Quedaba algo por decir sobre Zulueta? El nuevo documental, El último arrebato, trata de desligar al cineasta del mito que lo envuelve y poner en valor su legado. Lo consigue a medias, porque se pierde en el empeño de ser creativo y romper con la sucesión de bustos parlantes, lo cual lleva varias escenas ficcionadas, tirando de la idea de la cámara-vampiro de Arrebato. El resultado es tontorrón y el principal damnificado es el pobre Jaime Chávarri -amigo de Zulueta y en cuya casa de campo familiar se filmó parte de Arrebato-, que provoca sonrojo “actuando” en algunas escenas del todo prescindibles. Dejando de lado las insufribles veleidades creativas, lo más valioso del documental son… los bustos parlantes. Evocan ese rodaje legendario Chávarri; Eusebio Poncela, en una de sus últimas apariciones antes de morir; Cecila Roth; Carlos Astiarraga, pareja de Zulueta en la época y que ejerció de ayudante y controlador de las adicciones del cineasta…

En cambio, Eloy de la Iglesia, adicto al cine opta por un formato de documental clásico, nos ahorra tonterías y va directo al grano: testimonios, fragmentos de películas, trazando un ordenado recorrido por la trayectoria vital y profesional de ese cineasta comunista y homosexual cuya carrera se desarrolló entre el tardofranquismo y la transición. Buscó siempre temas de impacto, no escatimó en sordideces y sus películas han quedado como un testimonio del clima de la agitada España de la época.

Su obra puede dividirse en dos etapas básicas. En la primera, la del tardofranquismo, destacan varios policiacos muy influidos por la estética del giallo italiano: un par de películas con Carmen Sevilla –El techo de cristal y Nadie oyó gritary sobre todo La semana del asesino, protagonizada por Vicente Parra en el papel de un psicópata. Esta película, que en 1972 presentaba escenas de una crudeza inusitada y una relación gay muy explícita, tuvo una doble versión (algo habitual en la época): con desnudos y violencia extrema en la destinada al extranjero, donde se estrenó con el título The Canibal Man, y con abundantes cortes en la española . Es desde hace décadas una película de culto con devotos admiradores en el resto del mundo y poco a poco se ha sabido entender su relevancia también aquí.

Cine quinqui

El documental se salta, sin siquiera mencionarla, una rareza interesante: Una gota de sangre para morir amando de 1973, que es un exploit, un refrito descarado de La naranja mecánica de Kubrick. Se trata de una coproducción franco española, rodada en inglés en un Madrid de aires futuristas con un reparto internacional que encabezaba Sue Lyon, procedente de Lolita, otro clásico de Kubrick.

Con la transición, el cine de Eloy de la Iglesia se inclinó más hacia el retrato sociológico de la España de la época, abordando temas como la homosexualidad, el adulterio, la nueva clase política, la represión religiosa, la delincuencia juvenil, tratados siempre de un modo polémico y efectista, sin ahorrar en detalles escabrosos. Hablamos de películas como La otra alcoba, Los placeres ocultos, El sacerdote (que culminaba con una automutilación genital para vencer las tentaciones), El diputado y la más demencial de todas: La criatura, en la que Ana Belén, que ha perdido al bebé que esperaba y se lleva fatal con su marido presentador de televisión, se obsesiona con un perro pastor alemán en el que proyecta todo su amor…

Después, De la Iglesia se sumó con brío a la moda del cine quinqui con Navajeros, Miedo a salir de noche, Colegas, El pico y El pico 2, estas dos últimas subiendo el listón de lo controvertido al estar ambientadas en el País Vasco y meter por medio a guardias civiles, abertzales y terrorismo. Es en esta época cuando conoció a José Luis Manzano, uno de los chavales de barriada que actuaban en esas películas -¿recuerdan al Pirri?- y acabaron todos muertos por sobredosis o sida. Con Manzano mantuvo una relación sentimental, lo convirtió en una suerte de muso arrabalero y lo enganchó a la heroína que por aquel entonces empezó a consumir. Manzano murió de sobredosis, tras el rodaje de La estanquera de Vallecas, la película que cierra esta etapa. De la Iglesia sobrevivió, pero tardó más de 15 años en desintoxicarse y volver a ponerse tras las cámaras por última vez en 2003 con Los novios búlgaros. Hay quien lo ha llamado el Pasolini español, porque compartía con el italiano el radicalismo político y la atracción por los ragazzi di vita, que los llevaron a ambos a la perdición.

Más allá del aura de malditismo que los envuelve, Zulueta y De la Iglesia hicieron -cada uno a su manera- un cine audaz y transgresor. La relevancia de sus películas va más allá de su indiscutible valor histórico y sociológico. Porque, con todas sus tosquedades, siguen vivas, provocando al espectador.

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