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'Hamnet', el duelo por la muerte del hijo de William Shakespeare

La película de Chloe Zhao, basada en la novela de Maggie O’Farrell, consigue tocar la fibra sensible del espectador

‘Hamnet’, el duelo por la muerte del hijo de William Shakespeare

Escena de 'Hamnet'. | Universal Pictures España

En la escena que abre Hamnet vemos a una mujer vestida de rojo, echada en un bosque en posición fetal, y junto a ella, entre las raíces de un árbol, un gran agujero completamente negro. En la escena final reaparece el bosque, ahora pintado en el telón de fondo de un escenario, en cuyo centro se abre una puerta negra. El actor, que en ese último plano ya se ha transformado simbólicamente en algo más que un mero actor, cruza ese umbral hacia the undiscovered country from whose bourn no traveler returns (el país desconocido de cuyos límites ningún viajero regresa).

Seguro que a muchos de ustedes les ha resonado de inmediato la cita en inglés, en cuyo caso ya han adivinado que estamos hablando de la que, con toda probabilidad, es la cumbre del teatro mundial: Hamlet, de William Shakespeare. La escena con la que culmina Hamnet de Chloe Zhao —coescrita por la directora con Maggie O’Farrell, autora de la novela que adapta— es el estreno de esta tragedia en el teatro londinense The Globe.

La novela, publicada en 2020, se convirtió en un fenómeno editorial. En España la editó Libros del Asteroide, que ha vendido en torno a 200.000 ejemplares, una barbaridad tratándose de ficción literaria de calidad. Llega ahora la versión cinematográfica, producida por Amblin, la productora de Steven Spielberg. Es una adaptación fiel, pero que se toma las libertades necesarias para trasladar a la pantalla la fuerza poética del libro.

El título, Hamnet, hace referencia al único hijo varón de Shakespeare. Tuvo tres, Susanna y los gemelos Judtih y Hamnet, que falleció a los 11 años y sobre el que tenemos muy poca información. Sabemos, por un documento de la época, que fue enterrado en Stratford-upon-Avon el 11 de agosto de 1596. Sabemos también que su padre no estaba presente cuando falleció, porque se encontraba en Londres abriéndose camino como autor teatral. Y sabemos que en aquel entonces había en Inglaterra una epidemia de peste negra, a la que novela y película atribuyen su fallecimiento, aunque no hay certeza absoluta de que esta fuera la causa.

Haciendo literatura, es decir elucubrando a través de la ficción, Maggie O’Farrell conecta en su novela el duelo por la pérdida del hijo con la escritura de Hamlet a modo de catarsis. El dolor se transforma en arte y de este modo se sublima. Esta es la idea nuclear de Hamnet, que parte de la hipótesis planteada en un artículo publicado en 2004 en el New York Review of Books: The death of Hamnet and the making of Hamlet (La muerte de Hamnet y la creación de Hamlet). Lo firmaba Stephen Greenblatt, profesor de Harvard, especialista en el periodo isabelino, ganador de premios como el Pulitzer y el National Book Award, y autor de la biografía El espejo de un hombre. Vida y obra de William Shakespeare.

Shakespeare, personaje de ficción

El planteamiento de O’Farrell es estimulante, pero es importante aclarar que se trata de una ficción que esquiva el hecho de que pasan cuatro años entre la muerte de Hamnet y la creación de Hamlet, durante los cuales Shakespeare escribió diversas tragedias, y también comedias como Mucho ruido y pocas nueces y Como gustéis. Por otro lado, aunque en Hamlet hay un padre y un hijo, el que fallece y se convierte en espectro es el padre, y no se puede reducir la inmensa riqueza de esta obra a un mero impulso catártico.

Novela y película convierten a Shakespeare en un personaje de ficción al servicio de una trama. No es la primera vez que el cine lo hace. Supongo que recordarán aquel taquillazo titulado Shakespeare in Love, una simpática comedia romántica que entrecruzaba las peripecias amorosas del autor de Romeo y Julieta con los ensayos de esa obra, y se beneficiaba de la participación en el guion del recién fallecido Tom Stoppard, uno de los titanes del teatro europeo contemporáneo. Era bastante más ambiciosa la aproximación que proponía El último acto, dirigida por Kenneth Branagh y con guion de Ben Elton. En ella, Branagh se daba el gustazo de interpretar a Shakespeare al final de su vida, cuando decidió dejar Londres y regresar a Stratford con su esposa Anne Hathaway.

En realidad, en Hamnet Shakespeare tiene un papel secundario (con más peso en la película que en la novela). El centro lo ocupa Anne Hathaway, aquí llamada Agnes (el nombre con el que es mencionada en el testamento de su padre). La maniobra literaria de O’Farrell y de la adaptación cinematográfica consiste en dar el protagonismo a un personaje femenino al que la historia ha relegado al segundo plano. No es algo nuevo, abundan en estos últimos años tanto las ficciones como las biografías que ponen empeño en rescatar del olvido a esposas, amantes, musas o artistas poco conocidas. La propia O’Farrell ha repetido la fórmula en su novela más reciente, El retrato de casada (también publicada por Asteroide), sobre Lucrezia de Médici.

La Agnes de Hamnet no necesariamente concuerda con las difusas informaciones que sobre Anne Hathaway han llegado. Se la tenía por una mujer de origen campesino y escasa cultura, con la que Shakespeare se casó al quedar ella embarazada y a la que abandonó durante años para triunfar en los escenarios de Londres. En su testamento le dejó su «segunda mejor cama», lo cual se interpretó como una suerte de afrenta póstuma, aunque acaso tenga otra explicación en el contexto isabelino.

Exquisitas fotografía y banda sonora

En Hamnet, Agnes es muy diferente: una mujer con un vínculo especial con la Naturaleza. En las primeras escenas se muestra su complicidad con un halcón, y cuando más adelante está a punto de dar a luz, se adentra en el bosque para parir allí. Es experta en hierbas sanadoras y capaz entrever el futuro tomando la mano de cualquier persona, por lo que algunos la ven como una suerte de bruja. Pese a sus poderes, no logrará salvar a su hijo, que parece sacrificarse por su hermana gemela, asumiendo su destino y engañando a la Parca. Consumada la tragedia, William utilizará los conjuros con los que él se maneja: las palabras y las ficciones, que no pueden resucitar al fallecido, pero sí sanar el dolor a través de la creación literaria.

A Agnes le da vida con entrega, brío y sensibilidad Jessie Bucley, muy bien secundada por Paul Mescal como Shakespeare. Y atención a Jacobi Jupe, el niño que interpreta a Hamnet con una desenvoltura sorprendente. Su hermano mayor, Noah Jupe, aparece en la escena final, en una inteligente decisión de casting, ya que el parecido entre ambos adquiere un significado muy especial.

La película está rodada con un estilo poético con ecos de Terrence Malick. La cineasta Chloé Zhao, nacida en Pekín, pero formada en Estados Unidos, ganó el Oscar a mejor directora por Nomadland. Tanto en este largometraje como en el anterior, The Rider, ya había demostrado su talento visual para filmar de un modo casi táctil los paisajes y para explorar las emociones más íntimas. En Hamnet se suma la exquisita fotografía del polaco Lukasz Zal y la bellísima banda sonora de Max Richter, un compositor con sobrada capacidad para conmover.

Hamnet tiene un arranque poderoso, un ecuador con algunos problemas de ritmo y alguna decisión discutible, como la innecesaria y facilona escena en la que un compungido Shakespeare recitando el celebérrimo monólogo de Hamlet a orillas del Támesis. Sin embargo, en la media hora final alza de nuevo el vuelo. Busca y consigue tocar la fibra sensible del espectador: sobre el escenario del teatro Globe se estrena Hamlet y sucede algo parecido a un milagro.

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