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Cine

'La tarta del presidente', el Irak de Sadam Husein a través de los ojos de una niña

La película de Hasan Hadi retrata la miseria de la vida cotidiana y la brutal represión durante la dictadura

‘La tarta del presidente’, el Irak de Sadam Husein a través de los ojos de una niña

Escena de 'La tarta del presidente'. | Atalante Cinema

Si les digo que voy a hablarles de una película sobre Irak, lo primero que con toda probabilidad les vendrá a la cabeza serán tropas extranjeras pasándolas canutas en la invasión de ese país. Hay unas cuantas de esas; el año pasado se estrenó una muy recomendable: Warfare de Alex Garland. Pero no, La tarta del presidente de Hasan Hadi trata de cómo vivían los iraquíes bajo el régimen de Sadam Husein. Aquí a los ejércitos extranjeros solo los oímos, en forma de aviones estadounidenses surcando estruendosamente los cielos del país, en los prolegómenos de la guerra del Golfo de 1990.

La acción se sitúa después de la invasión de Kuwait, con las sanciones internacionales en vigor y provocando carestía de alimentos y medicamentos. Y con la Operación Tormenta del Desierto a punto de desencadenarse. Pero esta no es una película bélica, sino el retrato cotidiano de un país hecho unos zorros, visto a través de los ojos de una niña.

Pese a la crisis galopante y la pobreza en la que vive buena parte de la población, se acerca el cumpleaños del presidente y todos los ciudadanos están obligados a celebrarlo. El largometraje arranca en una zona de marismas, un lugar de apariencia idílica, en el que los niños acuden al colegio en barcas. Es como en una Venecia pobre. Pero no tarda en quedar claro que de idílico el lugar no tiene nada. El maestro se ufana ante la clase de haber denunciado a la familia de uno de los alumnos por criticar al régimen. Y procede a hacer un sorteo en el que a los agraciados les toca como premio asumir una tarea para la celebración del cumpleaños del líder. Uno deberá limpiar las instalaciones, otro traer fruta, otro hacer una tarta… Y esto último le toca a la protagonista, que vive con su abuela de forma muy modesta.

Cuando se desplazan a la capital para comprar un uniforme escolar para las celebraciones y los ingredientes de la dichosa tarta, la abuela trata de dar a su nieta en adopción a unos conocidos, porque ya no puede seguir haciéndose cargo de ella porque está ya muy mayor y achacosa. La niña se huele la encerrona y se escapa. Va en busca de un amigo de la escuela que se dedica a robar carteras con su padre en un parque de atracciones y al que le ha tocado traer la fruta para la celebración del cumpleaños presidencial. A partir de ahí, la película sigue a estos dos niños que, sin dinero y tirando de ingenio y artimañas, tratan de conseguir unas piezas de fruta y la harina, azúcar, huevos y levadura para hacer la tarta.

Lo cual da pie a un periplo en el que irán conociendo a lo peorcito de la sociedad iraquí: un tendero salaz que trata de intercambiar sexo por alimentos con una clienta embarazada, un relojero que les estafa con billetes falsos, el afable dueño de una pollería que resulta ser un pederasta y pretende llevarse a la niña a un sórdido cine en el que proyectan películas eróticas… Y de fondo, policías abúlicos que esperan su soborno, soldados heridos en el frente, un hospital colapsado, controles militares en las carreteras y retratos de Sadam por todas partes. El único personaje adulto bondadoso es un cartero que recoge a la abuela y su nieta en autoestop, las lleva en su coche a la capital y después se preocupará por la suerte de la niña en fuga.

Neorrealismo

La tarta del presidente tiene algo del neorrealismo de Vittorio De Sica y otro poco del cine de la poesía de la realidad de Abbas Kiarostami. Es una cinta pequeña, rodada con actores no profesionales bien dirigidos. Y está planteada con una estrategia inteligente: en lugar de presentar de forma directa y brutal la represión del régimen de Sadam, la muestra de forma tangencial, sin cargar las tintas de la crudeza ni de la emotividad facilona, a través de las sucesivas desventuras de la niña. Vemos cómo es testigo del paso de una manifestación de fervorosos partidarios del régimen berreando consignas, cómo es retenida en una comisaría junto a varios jóvenes con los ojos vendados que intuimos que son detenidos políticos…

Que este modesto pero eficaz largometraje llegue a nuestras pantallas —«¿Existe el cine iraquí?», se preguntará más de uno— se debe a dos motivos: ganó la Cámara de Oro a la mejor ópera prima en el pasado festival de Cannes y, aunque es una producción iraquí, cuenta con coproducción internacional. Uno de los productores ejecutivos es Chris Columbus, el director de Solo en casa

Más allá del retrato concreto de la realidad de Irak bajo la dictadura de Sadam, La tarta del presidente consigue mostrar desde lo cotidiano cómo funciona un régimen totalitario: el adoctrinamiento de los niños en la escuela, la fanatización o atemorización de la población, el culto al líder… La película se cierra con una filmación real que muestra a un ufano Sadam Husein celebrando su cumpleaños con una tarta del tamaño de un rascacielos. Poco que ver con aquel tipo desaliñado y asustado al que las tropas estadounidenses sacaron de su escondrijo subterráneo.

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