'El testamento de Ann Lee': ¿vuelve el cine religioso?
Película histórica y también musical narra la peripecia de la líder de los ‘shakers’, grupo escindido de los cuáqueros

Escena de 'El testamento de Ann Lee'. | Searchlight Pinctures
En la reciente gala de los premios Goya, que son cansinamente previsibles en su sesgo político, sucedió algo inaudito: ganó una película sobre una chica que quiere ser monja de clausura. Nuestro «superhéroe de la democracia», que anda ahora con medidores de odio en las redes, tal vez debería ponerse a medir también los índices de religiosidad, no vaya a ser que el país se le llene no solo de presuntos fascistas, sino también de creyentes.
Los domingos, la ganadora, de entrada, despierta simpatía. Porque si hacer una película sobre una niña que quiere ser monja de clausura hace 70 años, es decir, en pleno franquismo, era fluir con la corriente dominante en una España católica, apostólica y romana, hacerla en 2026 es algo muy parecido a un acto subversivo. Aunque lo cierto es que el largometraje de Alauda Ruiz de Azúa es más eficaz en el retrato de las reacciones de perplejidad que provoca la devoción de la adolescente en el entorno familiar que en la plasmación de los misterios de la fe que llevan a una chica de hoy a sentir la llamada de Dios.
Y justo ahora llega a los cines El testamento de Ann Lee de Mona Fasvold, sobre la líder de los shakers, que en el siglo XVIII viajaron de Inglaterra a América huyendo de la persecución religiosa. ¿Estamos ante una oleada de cine de temática religiosa? ¿La fe vuelve a ser un tema molón? No hablo de películas como Cónclave, que no es más que un thriller ambientado en el Vaticano, sino de las que exploran en serio la religiosidad, como en su día lo hicieron la espléndida Silencio de Scorsese o El reverendo de Paul Schrader.
Resulta que sí. Los domingos se queda en la superficie; El testamento de Ann Lee sí intenta explorar el asunto de la fe a fondo. Y lo hace de un modo sorprendente, que a algunos les parecerá desconcertante. Porque es una película histórica de factura impecable, pero también un musical, en el que en determinadas escenas los personajes rompen a cantar y bailar. Y no, no tiene nada que ver con Jesucristo Superstar; la apuesta no va por ahí.
Los shakers fueron uno de los movimientos religiosos de raíz cristiana surgidos en Europa entre los siglos XVI y XVIII —adventistas, cuáqueros, anabaptistas, puritanos…— que, huyendo del hostigamiento y la persecución, pusieron rumbo a América, donde en el XIX se les sumaron otros, como los mormones. Los shakers nacieron en Manchester en el siglo XVIII, y su nombre literalmente quiere decir «sacudidos», «agitados». Se los conocía también como los shaking quakers («los cuáqueros agitados»), porque eran una escisión de este movimiento protestante y tenían la particularidad de que cuando entraban en trance espiritual colectivo, sus cuerpos se convulsionaban y generaban una suerte de danza colectiva en círculos.
Música y éxtasis
Lo que probablemente despertó el interés de la cineasta noruega Mona Fastvold —pareja de Brady Corbet, el director de The Brutalist, que coescribe con ella el guion— por los shakers es el inaudito detalle de que, en pleno siglo XVIII, un movimiento religioso estuviera liderado por una mujer: Ann Lee. Sus seguidores aseguraban haberla visto «hablar en lenguas» y predicaba el igualitarismo entre los sexos y la inminente segunda venida de Cristo. Las autoridades la acusaron de blasfemia y pasó un par de semanas en la cárcel. Fue entonces cuando la madre Ann y su grupo de fieles decidieron zarpar hacia América. Desembarcaron en Nueva York y acabaron levantando una comunidad junto al río Hudson, en un lugar llamado Niskayuna, desde donde expandieron su fe.
En una decisión osada, que de entrada puede parecer estrambótica, pero funciona sorprendentemente bien, la película introduce escenas musicales como un modo de plasmar visualmente el éxtasis espiritual, la vivencia de lo divino de este grupo religioso. Mostrar en el cine ciertos aspectos de la fe —las visiones místicas, la expiación, los milagros— no es tarea fácil. Lo han logrado de forma convincente muy pocos: Dreyer en Ordet, Bergman en la trilogía del silencio de Dios, Tarkovsky en Sacrificio y Lars von Trier en Rompiendo las olas, la más radical y extrema.
El musical es el género del artificio por antonomasia, ya que se aleja del realismo: en la vida diaria la gente no se pone de repente a cantar y bailar. Este distanciamiento de lo real a través de las secuencias musicales le sirve a Mona Fastvold para transmitir la vivencia espiritual. Además, utilizarlo en este caso tiene sentido, porque la espiritualidad de los shakers se expresaba en sus singulares danzas. La música del largometraje —compuesta por Daniel Blumberg— está inspirada en los himnos de esta comunidad.
Autodestrucción
A Ann Lee la interpreta con convicción y absoluta entrega Amanda Seyfried y la película consigue narrar con eficacia la peripecia de este grupo religioso, que a ojos actuales puede resultar fascinante, pero también desconcertante. En algunos aspectos pudieron ser avanzados a su tiempo, pero sus propias creencias acabaron provocando su autodestrucción. Ann Lee tenía una relación muy conflictiva con la sexualidad, marcada, entre otras cosas, por la relación con su marido y los cuatro abortos sucesivos que sufrió en todos y cada uno de sus embarazos. Esto la llevó a abominar de las relaciones sexuales, que consideraba fuente de pecado. Impuso a sus seguidores la abstinencia sexual como vía de pureza espiritual. Hasta el punto de que, tal como muestra el largometraje, si dos de sus miembros insistían en casarse, eran expulsados sin contemplaciones.
Tanta radicalidad espiritual planteaba un problema evidente; sin relaciones sexuales no hay procreación (como es obvio, en el siglo XVIII no había fecundación in vitro, ni nada por el estilo). Al final de la película aparecen las cifras de miembros de los shakers: alcanzaron su apogeo en el siglo XIX, con 6.000 fieles, pero declinaron dramáticamente hasta su desaparición. Lo que la cinta no cuenta es que en sus inicios trataron de paliar el problema de la falta de nacimientos vinculándose con orfanatos, para captar nuevos miembros, pero eso no impidió su extinción.
Hoy de los shakers solo se acuerdan los diseñadores. Eran hábiles artesanos y dejaron un legado de diáfanas construcciones comunales y mobiliario funcional. En el ala americana del Metropolitan de Nueva York hay una sala dedicada a sus austeros muebles de líneas puras, que siguen siendo fuente de inspiración para diseñadores minimalistas.
