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Literatura

Karla Sofía Gascón: «Soy menos racista que Gandhi y menos de Vox que Echenique»

La actriz presenta su nuevo libro en Madrid entre reflexiones sobre la tolerancia y la cultura de la cancelación

Karla Sofía Gascón: «Soy menos racista que Gandhi y menos de Vox que Echenique»

La actriz Karla Sofía Gascón durante la presentación de su nuevo libro en la sede de Almuzara. | A. Pérez Meca (Europa Press)

Este jueves, la sede de la editorial Almuzara, en pleno barrio madrileño de las Letras, ha sido el escenario escogido por la actriz Karla Sofía Gascón para presentar su último proyecto literario, Lo que queda de mí. Gascón, quien recientemente ha sido víctima de una campaña de desprestigio y cancelación en redes sociales a causa de una serie de publicaciones realizadas hace años en la antigua Twitter, se ha mostrado deseosa de compartir con la prensa la historia que cuenta entre sus páginas. Esta obra, que llega de la mano de Almuzara, es una reedición de su novela Karsia. Una historia extraordinaria, publicada anteriormente en México y ahora revisada y actualizada por la actriz tras todos estos años, adaptándola a su presente y a la evolución de su propia mirada sobre los acontecimientos que relata.

Ángeles López, editora del libro, ha presentado el evento alabando de manera sincera la pluma de la actriz. «Karla escribe magistralmente bien», ha exclamado, mientras recalcaba el poco trabajo que le ha supuesto editar las palabras de Gascón. En su intervención, la autora ha insistido en que Lo que queda de mí no es una simple biografía, sino un testimonio de su evolución y aprendizaje que mezcla realidad y ficción para ofrecer al lector un puzle que descifrar. También ha destacado que esta edición le ha permitido reconciliarse con su propio relato y revisitar su historia con la mirada de toda la experiencia acumulada.

Gascón habló con la misma naturalidad con la que ha afrontado toda esta crisis. Sin caer en dramatismos, dijo que repetiría cada error si eso le permitía aprender de ellos. «El odio no se puede acabar con más odio», reflexionó. Su postura es, en el fondo, una cuestión filosófica: si la sociedad nos exige cambiar, pero no permite la expiación, ¿qué tipo de redención es posible?

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No eludió la polémica, pero cuestionó la lógica de la condena perpetua. «Nadie me tiene que perdonar nada, salvo aquellos que de verdad se sintieron aludidos», afirmó. Para subrayarlo, lanzó una pregunta desafiante: «Me gustaría saber qué dijeron después de los atentados del 11-S o del 11-M». Su punto era claro: la indignación moral es selectiva y está condicionada por el contexto, por el momento en que ocurre y por quién la protagoniza. «Lo único que he hecho en mi vida ha sido comentar noticias», añadió. También enfatizó que siente un profundo respeto por la comunidad musulmana, pero rechaza con firmeza el fanatismo, el terrorismo y cualquier atrocidad cometida en nombre de la religión.

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A continuación, Gascón se refirió a la hipocresía de la industria que primero la celebró y luego la rechazó. «Soy menos racista que Gandhi y menos de Vox que Echenique», ironizó, dejando entrever su hartazgo por los intentos de reducir su historia a una etiqueta conveniente. La paradoja de la tolerancia se hizo evidente: quienes se presentan como defensores del progreso han sido los primeros en abandonarla cuando ya no encajaba en el discurso correcto.

El caso de Gascón es un reflejo de un fenómeno más amplio. En los últimos años, la industria del entretenimiento ha sido testigo de numerosas figuras públicas que han sido sometidas a un escrutinio extremo por errores del pasado, muchas veces sacados de contexto o juzgados con los valores morales del presente. Sin negar la responsabilidad individual, queda en el aire la pregunta de si la cultura de la cancelación está realmente interesada en la evolución de las personas o si se trata de un simple mecanismo de señalamiento de la propia virtud disfrazado de justicia social.

Gascón también habló sobre cómo ha lidiado con el juicio social y la distancia que ha tomado en este tiempo. Explicó que prefirió apartarse de la escena pública para evitar seguir alimentando la polémica. «Me di cuenta de que daba igual lo que dijera», reconoció, mostrando la sensación de impotencia que esta clase de campañas pueden generar en quienes las sufren. Para ella, la controversia ha sido también una lección sobre el funcionamiento de la opinión pública y el peso del señalamiento colectivo.

Antes de despedirse, dejó una idea flotando en el aire: «Si me aparté fue porque quise. No porque me hayan obligado. No quiero vivir con miedo de lo que digan de mí. Las palabras pueden hacer daño, pero también pueden salvar». Al final, lo que queda no es solo el escándalo ni la condena, sino la posibilidad de aprender. Pero para eso, primero tendríamos que aceptar que las personas pueden cambiar. La pregunta que sigue sin respuesta es si, como sociedad, estamos dispuestos a permitirlo.

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