Victor Serge: encadenado a la verdad
Es conocido por ser el autor de ‘El caso Tuláyev’, sobre los procesos de Moscú en la época del Gran Terror

Ilustración de Alejandra Svriz.
Durante años, el escritor en lengua francesa y célebre anarquista de los años 20, 30 y 40 del siglo pasado, Victor Serge, debió sobre todo su mítica fama, en parte, a una fúnebre excepción: sería la única ocasión, en 1936, en que, bajo la presión de intelectuales como André Gide, pero también de otros como Romain Rolland, André Malraux y Barbusse, Stalin, por primera vez, cedió y liberó a alguien del Gulag. Y lo hizo ante una opinión pública internacional que se había tomado su caso, «el caso Serge», como símbolo de la lucha por destapar las obscenas mentiras con que el régimen soviético, y en especial, el Komintern, del que Serge había sido uno de sus agentes, intentaba acallar las críticas crecientes de la izquierda mundial, incluso de aquella que había permanecido más fiel, desde sus comienzos, a la Revolución de 1917.
Durante años, Victor Serge, nacido en Bruselas en 1890 en el seno de una familia de exiliados rusos que habían huido tras el asesinato de Alejandro II, y tras que su padre, un oficial de la Guardia Imperial, fuera señalado como sospechoso de haber participado en la conspiración, fue conocido más que nada por ser el autor de «la otra» novela más célebre, El caso Tuláyev, de 1940, aparte de El cero y el infinito del también intelectual disidente del comunismo, el húngaro Arthur Koestler, en narrar literariamente los siniestros y encarnizados procesos de Moscú en la época del Gran Terror.
Unas denuncias y señalamientos directos a la opresión soviética que algunos honestos excomunistas habían comenzado a clamar hacía cierto tiempo, como es el caso del citado húngaro Arthur Koestler, y de Victor Serge, que había ostentado cargos importantes en la Rusia revolucionaria y en la Internacional Comunista. En su obra Medianoche en el siglo, escrita en el exilio, entre 1936 y 1938, en pleno desarrollo de los juicios farsa en Moscú, le hacía decir al profesor de historia Mijail Kostrov, injustamente enviado a una prisión soviética donde los arrestados esperaban su condena ignorando de qué se les acusa: «La revolución revela una cara falsa que ya no es la tuya. Se refuta a sí misma, se niega, nos quiebra, nos mata. Nos sentíamos infaliblemente victoriosos. Todo cuanto amábamos no es ya sino apariencia execrable».
Las novelas de Koestler y Serge serían las primeras en reflejar de forma magistral y estremecedora la época de las grandes liquidaciones estalinistas, en concreto las purgas y ejecuciones masivas que tuvieron lugar dentro del Partido Comunista de la URSS principalmente, entre los años 1936, 1937 y 1938. La novela de Serge llevaría en su edición estadounidense un prólogo entusiasta de la escritora Susan Sontag, especialista durante años en haber hecho circular lo mejor, y también lo más injustamente olvidado, de estas magníficas literaturas y figuras provenientes del este de Europa. Como dice esta autora acerca del gran y prolífico escritor que fue Victor Serge, el incansable activismo y el compromiso tenaz e inquebrantable que mantendría en vida Serge por propagar la verdad y la terrible represión y matanzas desencadenadas por los déspotas soviéticos, en muchas ocasiones empañó la potente calidad de su obra literaria. Para muchos, para ella misma, por ejemplo, el libro de Serge sería mejor incluso que el de Koestler, que paradójicamente gozaría con el tiempo de más fama y circularía por todo el mundo como el gran clásico de la época del Gran Terror estalinista.
Todos ellos, lo mismo que el judío galitziano Manès Sperber, formarían parte de los primeros revolucionarios e intelectuales en albergar dudas y en comenzar a denunciar los numerosos crímenes del régimen soviético. Fueron de los primeros en convertirse en acérrimos y valerosos anticomunistas, aun a riesgo de su propia vida y de las frecuentes liquidaciones de disidentes llevadas a cabo por la KGB, allá donde se encontraran. Muchos en aquella época, y también posteriormente, no estaban dispuestos a escuchar sus verdades. Entre ellos, Sartre y muchos intelectuales occidentales que las silenciarían de forma calculada e interesada, por puro dogmatismo ideológico.
Arrestado por primera vez por la policía de Stalin en 1933, Serge sería liberado más tarde y estaría en la guerra de España, tema reflejado en un buen número de escenas de El caso Tuláyev, hasta instalarse en Francia, en 1936, donde publicó varios de sus libros más conocidos: De Lenin a Stalin, El destino de una Revolución y, sobre todo, Medianoche en el siglo, en la que aparecería por primera vez la descripción que se conoce del Gulag en una novela. Igualmente, Serge sería el primero, como nos recordaría Susan Sontag, en acuñar el término «Estado totalitario». De Francia huiría en 1940, hacia México, cuando el país fue invadido por los nazis. Allí seguiría publicando incansablemente algunos de sus libros también más conocidos, Memorias de mundos desaparecidos, Los años sin perdón y El caso Tuláyev, y allí, cansado y enfermo tras tantas huidas, exilios y calamidades, moriría pobre, menesteroso y aislado, en plena calle de la Ciudad de México, en 1947. Octavio Paz le dedicaría algunos de los mejores elogios hechos a su persona: «Serge fue para mí un ejemplo de la fusión de dos cualidades opuestas: la intransigencia moral e intelectual con la tolerancia y la compasión».
También lo diría, de forma parecida, Sontag en el prólogo que le dedicaría: «En una época en la que la mayor parte de la gente aceptaba que el curso de sus vidas estaba determinado por la Historia», dejándose llevar sumisamente por ella, Serge se enfrentó de forma valiente a ese fatal determinismo histórico. Si la novela de Arthur Koestler, El cero y el infinito, estaba más volcada en la psicología y en la abominable destrucción interior llevada a cabo en el ser humano, que era el objeto último y aniquilador de los procesos farsa en la época del Gran Terror, El caso Tuláyev de Victor Serge, ambientado en esos mismos años, pero con una briosa composición coral y épica, llena de movimiento, de acción y de una intensa emoción que enmarcaba los avatares de una narración llena de intriga y persecuciones, podía ser leída perfectamente como una magnífica novela de espionaje y aventuras con el trasfondo histórico de la negra noche de los Estados, de cualquier Estado, totalitario.
«Un abismo negro», como lo llamó Bujarin poco antes de ser ejecutado. O, si se prefiere, una feroz y «legendaria» aventura llevada a cabo por un puñado de revolucionarios, que quedarían ahogados en su propia sangre, una sangre que ya nadie podía detener, como dirá uno de los protagonistas de esta novela, inculpado tras el asesinato del dirigente Tuláyev. Un hecho que, como en el asesinato del jerarca nazi e ideólogo de la Solución Final, Reinhard Heydrich en la Praga de 1942, ocasionará una implacable caza por parte de las autoridades. Como dirá el protagonista de esta novela: «El peso del mundo está sobre nosotros: estamos aplastados por él… Para el mundo exterior, sediento de estabilidad, éramos los intolerables profetas malditos de los cataclismos sociales; para los bien acomodados de nuestra propia revolución representábamos la aventura y el riesgo… Nadie ha adivinado, ni aquí ni allá, que la peor aventura, la aventura sin esperanza, está en la búsqueda de la inmovilidad, en una época en que los continentes se separan y van a la deriva».
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