Cansinos Assens y la desolación de la nieve
La editorial Arca culmina con el dietario del 1945/46 la publicación de los ‘Diarios de posguerra en Madrid’ del escritor

El escritor sevillano Rafael Cansinos Assens.
La vida es como un viaje —sin vuelta atrás— hacia la muerte. Y la literatura, el relato (subjetivo) de este trayecto. Quizás esto explique que determinados escritores, tan mortales como cualquiera, a medida que el tiempo los alcanza y los somete a su inapelable dictadura, se desprendan de las quimeras de la juventud y afronten el tercer acto de la existencia con una sinceridad tan brutal que, si a muchos todavía mueve al asombro, es porque quienes aún no han llegado a ese estrecho disparadero continúan presos de las convenciones sociales, esa carga tan pesada y tan absurda.
La peripecia de la vida se dirige siempre hacia un único destino: la soledad de la vejez y la decepción moral. De ambas cosas escribió —como nadie— Rafael Cansinos Assens (1882-1964), modernista temprano, transterrado a Madrid desde el Sur, polígrafo, traductor, políglota, poeta y, sin duda, el mejor cronista de la España literaria del pasado siglo.
La editorial Arca, dirigida por su hijo, Rafael Manuel Cansinos, acaba de culminar la tarea de publicar —en tres entregas— la totalidad de los Diarios de posguerra en Madrid que su progenitor escribió durante el primer lustro de la negra década de los años cuarenta. Este último tomo, correspondiente al bienio 1945/1946, deja como solitario inédito el cuaderno de confesiones de los años que Cansinos vivió la Guerra Civil en la capital, escrito en alemán, francés, castellano y en el viejo decir de los moriscos. Una obra —de momento inaccesible— que, con seguridad, trastocará parte de los mitos de los partidarios de la Segunda República.
El último de estos cuadernos de la posguerra, que termina con la trágica muerte (por cáncer) de Josefina Megías Casado, su amante desde 1926, una mujer de Don Benito (Badajoz) a la que convierte en su particular Dulcinea, condensa en sus páginas la amargura del momento histórico, el declinar de la edad, la precariedad anímica, amorosa y laboral y el atento pasar de un sinfín de vidas ajenas hasta trenzar un poderoso tapiz ambiental sobre la España del gran viraje del franquismo desde el fascismo declarado al nacional-catolicismo.
Cansinos, siempre atado a las mujeres —vive con sus hermanas, sueña con amantes (potenciales) y se alivia de las pulsiones de la carne con las generosas samaritanas callejeras— hacía una vida gris, monótona y rutinaria. Dormía hasta bien entrada la mañana y trabajaba —en sus traducciones y en estos diarios— por las tardes; las noches las dedicaba a ir al cine o a pasarse por los cafés. No tenía una vida plácida. Su libro narra la larguísima posguerra como una suerte de tortura: constantes carencias materiales, una dictadura que no afloja —nerviosa tras la derrota de Hitler y Mussolini—, desesperanza social y la certeza, tan amarga, del ostracismo artístico.
Crepúsculo de una vida
Si La novela de un literato, la obra mayor de Cansinos, equiparable a estos dietarios, es un relato de sus ansiedades literarias y vanguardistas en un Madrid provinciano y sonámbulo, las confesiones de estos cuadernos, escritos sin que conste una voluntad expresa de publicación, son el testimonio del crepúsculo de una vida que, aunque se prolongaría en el tiempo durante dos décadas más, en lo fundamental ya está cumplida. Cansinos, inmerso en su colosal amargura, destila un finísimo e inteligente sentido del humor y conserva su capacidad —indiscutible— para el apunte del natural de personajes, máscaras y ambientes.
Miedoso en la intimidad y distante en público, el escritor, a través de una sucesión de lienzos fragmentarios, dibuja el Madrid de los sabañones, el hambre y el estraperlo, cargado de ternura y de miserias, donde nada sabe a nada y el paisanaje parece haber perdido la cordura y las esperanzas de sobrevivir a un océano de mediocridad. Los cortes de luz dejan a la ciudad en sombras. Los noticiarios del No-Do elogian los logros de la España franquista con hipérboles ridículas, casi cómicas. Dentro de las casas se pasa una constante necesidad y en todos sitios se siente un frío gélido y ancestral. «¡Qué dolor de esta España imperial!».
Es en este Madrid, estepa rusa en mitad de la meseta, donde Cansinos sale a caminar bajo la desolación y la nieve (sucia) en busca de una ciudad y unas gentes que han desaparecido o están mucho más viejas —como él— y saben de antemano que las cosas no van a mejorar: «Verdaderamente la vida es triste y cada día vemos morir a alguien en la pantalla y salimos de los cines como de un velatorio (…) No tenemos tiempo más que para rascarnos los sabañones y comer pipas».
El escritor es cauto al escribir sobre política —las anotaciones sobre estos asuntos están disimuladas ante el riesgo evidente de que sus cuartillas pudieran caer en manos malignas— pero se explaya (aunque sin perder cierto sentido del decoro, un rasgo muy de época) en sus anhelos carnales. No habla en exceso de literatura: hay una crítica al postismo de Carlos Edmundo de Ory, una cita sobre Cela, una estampa de Julio Camba y muchos encuentros con literatos menores. Se concentra sobre todo en la vida vulgar de todas las almas que, como la suya, han quedado varadas en la España del exilio interior, hostigada por la dictadura y la milicia social que, ya sea por pánico, conveniencia o fervor, la sostiene.
Páginas hermosas y emocionantes
«Todo al final termina sabiendo a sardina», escribe el judío sevillano, cuya figura, reflejada en los escaparates de comercios donde no hay nada que vender ni nada que comprar, no termina de verse como lo que ya es: «un señor de edad» que, sin embargo, «no pierde el sentido de alarma ante las mujeres y se sigue considerado un amante posible», testigo de la muerte de personas y fiestas —el carnaval—, y que, como consuelo o autodefensa, construye una emocionante ficción de su esperanza a través de una honda nostalgia de Sevilla, donde naciera. Éstas son algunas de las páginas más hermosas y emocionantes de las confesiones de Cansinos, que, aunque dominaba muchas lenguas e idiomas, no pierde en ningún instante el acento meridional ni el léxico hispalense al recrear su infancia. «Mi corazón vuelve a cobijarse bajo los ojos de la hermana, los únicos ya en el mundo que pueden verme niño, como sus labios son los únicos que pueden llamarme todavía niño, como cuando lo era».
La evocación de estos lejanos, fabulosos y perdidos años solares —«un paisaje de casas blancas, palmeras, azoteas con flores, castillos y torres morunas, el paisaje que yo veía desde mi azotea de la calle Castellar»— recuerda a los días azules y el sol de la infancia del último Machado (Antonio) en Collioure, consumido en vida antes de tomar la nave del último viaje. La muerte de Josefina, causada por una sobredosis de morfina para aliviar el dolor que la consumía, pone punto y final a este dietario.
La noticia coge a Cansinos trabajando, como un galeote reumático, en la traducción de Las mil y una noches. Su último asidero vital cede. El mundo se derrumba tras ver «la falta de humanidad de los médicos». El escritor se siente a la intemperie, en el páramo, y tiene deseos de «arrojarse desde la terraza para evitar las penas que me aguardan; la pura pena que ha de ser ya mi vida». Continuará viviendo —encontrará otra mujer y tendrá un hijo— pero nunca volverá a escribir sus diarios, comenzados medio siglo antes, con apenas catorce años, cuando todo parecía posible. Sus cuadernos de bitácora quedan atrapados en un perpetuo color blanco. Igual que la nieve.
