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Literatura

La vida mordaz y combativa de la escritora Margaret Atwood

Irónica, sincera y divertida, la autora canadiense repasa sus recuerdos y su prolífica carrera literaria en ‘Libro de mis vidas’

La vida mordaz y combativa de la escritora Margaret Atwood

Margaret Atwood.

Sincera hasta el punto de reconocer que la ortografía nunca fue su fuerte —«Otros lo harán por mí», les dijo a sus padres cuando decidió que quería dedicarse a la escritura—, Margaret Atwood se confiesa ante sus lectores en el monumental y revelador Libro de mis vidas. Como unas memorias (Salamandra) sin miedo a las represalias. También sin temor a alargarse, cuenta la escritora canadiense que en la década de los 90, en uno de sus viajes en tren por Irlanda, escuchó a unas pasajeras afirmar sobre uno de sus libros: «Me ha parecido un poco largo». Lo dice en la página 518 de un tomo de 687, no sin cierta retranca. «De algún modo, mis libros se alargaban», se justifica. 

Afable y sin rodeos, directa y divertida, Atwood traza un generoso recorrido desde sus años de infancia en los bosques remotos del norte de Quebec hasta la muerte en 2019 de su segundo marido, el escritor y activista medioambiental Thomas Graeme Gibson, a quien dedica buena parte de sus memorias. Aquello ocurrió poco antes de embarcarse en una gira mundial para presentar Los testamentos —segunda parte de su afamado El cuento de la criada—, que ella nunca canceló. «A algunos les sorprendió que siguiera adelante con la promoción. Pero ponte en mi lugar, tú que me lees: ¿qué es preferible, estar ocupada o sentada frente a un sillón desocupado? Escogí estar ocupada. El sillón desocupado me esperaba en casa», afirma en estas memorias que terminan con la publicación de sus poemas en 2024.

Entre medias, Atwood comparte su pulsión poética y los entresijos de su literaria, desgranando algunas pistas y cómo los sucesos de su propia vida permearon su obra. Por ejemplo, el acoso escolar que sufrió de niña y reflejó en Ojo de gato. O algunos datos sobre su obra más célebre, El cuento de la criada, que popularizó Elisabeth Moss en la pequeña pantalla, donde todas las Tías tienen nombres de productos dirigidos a mujeres. O explica cómo la República de Gilead está inspirada en lugares que conoció mientras estudiaba en Harvard en los años 60. 

«Los atuendos de las Criadas salen del cine Brattle, rebautizado como Azucenas Silvestres. La tienda Pergaminos Espirituales para las plegarias automatizadas se hallaba en la librería Harvard Coop. El servicio secreto (los Ojos) tenía su cuartel general en la Biblioteca Widener, algo de lo más apropiado: ambas organizaciones recopilaban y almacenaban información. El Muro de Harvard era donde exhibían los cuerpos de los ejecutados».

Autora de libros como Oryx y Crake, El asesino ciego (Premio Booker en el año 2000), y Alias Grace, adaptada también a una serie disponible en Netflix, además de una extensa producción poética, fue El cuento de la criada, a la que siguió su secuela, Los testamentos, el libro que la popularizó a nivel mundial. Ambientada en un mundo distópico, en ella cuenta la historia de una sociedad dominada por un régimen teocrático totalitario que fuerza a las mujeres fértiles —las Criadas— a procrear para las clases dominantes.

 «Tras su publicación, la gente me preguntaba a menudo si el libro se había ‘inspirado’ en mi experiencia con el trato que se daba a las mujeres en Irán y Afganistán. ‘Solo en parte’, respondía yo: al llamado Occidente no le faltan sus propias fuentes de inspiración para tales cosas, aunque han adoptado una forma distinta». De hecho, el robo de bebés durante la dictadura de Pinochet tendría también una influencia directa en la historia que Hulu llevó a la pantalla, así como el auge de la derecha religiosa, como fuerza política, en Estados Unidos, y su curiosidad al replantearse qué formas adoptaría el país americano si acabara convertido en una dictadura totalitaria.

Destripadora de periodistas

Novelista, poeta, crítica literaria… A Atwood no le han faltado los reconocimientos a lo largo de su trayectoria. Premio Booker en dos ocasiones, en 2008 recibió el Príncipe de Asturias. La misma franqueza que atraviesa estas memorias le valió para recibir su título más personal: «destripadora de periodistas». Una leyenda que comenzó en 1969 con la publicación de La mujer comestible.  

«Los entrevistadores, todos hombres, se mostraron o aprensivos u hostiles. Una rápida muletilla para iniciar los programas de radio era: ‘No he leído su libro ni lo voy a leer’ […]. El corresponsal de la edición canadiense de la revista Time me preguntó si yo gustaba a los hombres [respuesta: ‘¿Por qué no se lo pregunta a ellos?’] y cómo me las arreglaba con las tareas domésticas [respuesta: ‘Mire debajo del sofá’]. […] Así empezó mi reputación. Solo en parte es merecida», bromea.

Tampoco Survival, un estudio sobre la literatura canadiense que llegó a vender más de cien mil ejemplares, evitó despertar, según sus palabras, cierta ira entre los profesionales del sector. «Sobre todo entre los académicos que habían estado cultivando sus propias parcelitas de literatura canadiense, pero también entre los izquierdistas que consideraban que no me había extendido lo suficiente sobre la clase obrera. [Inútil decir que pocos miembros de la clase obrera tenían tiempo o ganas de escribir libros]. Los derechistas, por su parte, no me dieron demasiada importancia».

Dotada de un gran sentido del humor, del que hace partícipes a los lectores, Awood se muestra divertida ante algunas de las opiniones que ha generado su obra. En el año 2000, cuando publicó El asesino ciego, una crítica en The New York Times la definió como «terrible». «Entonces ganó el Premio Booker. ‘¡Vaya!’, pensé. ‘Ya no tendré que lidiar con periodistas que me pregunten por qué no he ganado el premio, sino solo con los que me dirán por qué no tendrían que habérmelo dado’». 

Toda chica necesita un cuchillo

Lecciones no le faltan a estas memorias en las que la escritora reconoce que siempre lleva un cuchillo encima —literal y metafóricamente—, desde que en su adolescencia sus padres le regalaran uno, además de una caja de cerillas sumergible de metal. «Toda chica necesita un cuchillo de cinturón. Y también toda anciana. Yo aún conservo el mío».

Con ese mismo filo, se muestra contundente y clara con sus ideas. Ni siquiera alguien como Atwood ha logrado esquivar el huracán de la polémica ideológica. Acusada de ser una mala feminista por firmar un manifiesto donde pedía una investigación completa y transparente tras la expulsión de Steven Galloway, el director del programa de escritura creativa de la Universidad de Columbia Británica, acusado de agresión sexual, señala: «Primero la condena, y luego el juicio, como dice la Reina de Corazones en Alicia en el País de las Maravillas. La presunción de inocencia y la celebración de juicios justos, con luz y taquígrafos, son dos claves de bóveda de los derechos humanos fundamentales». 

Aquello no pasó desapercibido en su momento, y la escritora no da rodeos ni evita rememorarlo. «En las redes sociales, los sectarios se lanzaron a tirar tomates y verduras podridas a todos los firmantes de la misiva, yo incluida», señala. «Ahora, en el segundo mandato de Trump, nos hemos topado con una secta de signo contrario, no de izquierdas, sino de derechas, y muchos izquierdistas que antes desdeñaban los derechos humanos ahora empiezan a verlo tan claro como san Pablo en su camino a Damasco». 

Aquella experiencia quedó reflejada en Los testamentos, que próximamente será adaptada también a serie, tras el final de El cuento de la criada. «Tía Lydia, principal funcionaria femenina del régimen de Gilead, opera de tapadillo, como yo misma había estado haciendo, a fin de ir recopilando fragmentos de lo que en verdad ha sucedido». 

Con todo, Libro de mis vidas. Como unas memorias se lee como una más de sus novelas. Sirve también como un interesante estudio literario de su obra que nos deja interesantes curiosidades. Por ejemplo, que fue a ella a quien llamaron cuando en 2013 Alice Munro ganó el Premio Nobel, porque no conseguían contactarla. 

Pero también arroja luz sobre su lado más personal, su afición por leer las líneas de las manos, sus trabajos como censista o vigilante de exámenes, su fugaz primer matrimonio («una de las cosas más raras que cualquiera de los dos vivimos»), sus problemas para aprender a conducir, su historia de amor con Graeme, su maternidad, el duelo por sus padres y su marido. Más de siete décadas de vida de una mujer entregada a la literatura que hoy, a sus 86 años, se define como «una anciana traviesa».

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