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Literatura

Rusia lleva siglos moviéndose en círculos y está repitiendo la URSS, pero sin la pasión original

Anna Starobinets esboza una fascinante versión rusa de ‘Juego de tronos’ en ‘El Vado de los Zorros’, ambientada en 1945

Rusia lleva siglos moviéndose en círculos y está repitiendo la URSS, pero sin la pasión original

Anna Starobinets. | Isabel Wagemann

«La guerra nunca acaba». Dos personajes de El Vado de los Zorros (Impedimenta) pronuncian la misma frase en dos momentos bien distintos de la extensa novela. Distintos, pero unidos por una lógica trágica e implacable. Anna Starobinets (Moscú, 1978) terminó de escribirla meses antes de que su país, Rusia, invadiera Ucrania. Ahora promociona la traducción al español, justo cuando acaba de instalarse con su hija en San Cugat huyendo de… lo de siempre. 

El Vado de los Zorros se sitúa en 1945. La Segunda Guerra Mundial ha terminado. Teóricamente, al menos… Maxim Kronin, artista de circo y soldado de élite del ejército soviético, es desposeído de su memoria por un superior del servicio secreto con extraños poderes mentales. Tras escapar del Gulag al que ha sido desterrado, llega en busca de su pasado a un pueblo perdido en Manchuria, en la frontera entre China y Siberia, poblado de soldados soviéticos, desertores, chamanes, inmortales taoístas, científicos desquiciados, licántropos, nostálgicos del zarismo, fanáticos religiosos… y el eco de una legendaria raza de mujeres capaces de transformarse en zorro.

Max deberá desentrañar el misterio de su identidad camuflándose entre las filas del destacamento del ejército soviético que intenta imponer el nuevo orden comunista en un ecosistema desbordado por leyendas telúricas y misterios mucho más poderosos que el materialismo dialéctico. Su cerebro atormentado intenta seguir el difuso rastro de su mujer, que conduce a un macabro experimento en el que aparecen implicados el ejército japonés, un nazi de última hora y, sobre todo, ese extraño, mefistofélico jefe suyo, capaz de introducirse en sus sueños para perseguirlo allá donde vaya. Mientras, la mujer-zorro acecha…   

Tremendo. Starobinets consigue meter todo esto, y más, en un volumen de casi 800 páginas que se devoran gracias al excelente sentido del ritmo y, sobre todo, el dibujo de unos personajes fascinantes. Una novela redonda surgida, paradójicamente, de una idea para la televisión. «Alrededor de 2014, a mi marido y a mí nos contrataron para una serie. Los productores querían que hiciéramos el Juego de Tronos ruso. Elegimos Manchuria y 1945 por la mezcla en un entorno natural muy especial de culturas, naciones, mentalidades muy diferentes. Como en Juego de tronos, cada uno de esos estratos sociales quería lograr algo, sus objetivos diferían mucho. Además, la región tiene una impresionante tradición de criaturas mitológicas y leyendas».

El proyecto quedó arrumbado y su marido murió de cáncer, pero Starobinets se quedó enganchada de la historia. La convirtió en una novela cuya versión original, en ruso, como decíamos, cristalizó en un momento clave. «Esa frase repetida de que la guerra nunca termina me pareció profética», dice ahora. Crítica con el régimen de Putin, la invasión de 2022 fue la gota que colmó el vaso y decidió exiliarse en Georgia. Pero el veneno del tirano la persiguió de una forma imbatiblemente sutil. «La vida allí me resultaba muy fácil en muchos sentidos. Georgia es muy hermosa, muy cálida. Y barata, con impuestos bajos y una burocracia infinitamente menor que en España». Incluso podía hablar en ruso, un idioma que entienden casi todos los georgianos. Pero justo por ahí empezaron los problemas…  

«Georgia tiene un gran trauma con la Unión Soviética, de la que formó parte, y ese trauma se prolonga con la Rusia contemporánea, que de hecho controla el 20% de su territorio. Así que ruso en Georgia equivale a ocupación. Por mucho que les expliques que no compartes la actitud del gobierno ruso, generalmente eres percibido como alguien que ha venido a conquistarlos. En el barrio en el que vivía había muchos grafitis expresando ese sentimiento, por ejemplo». Y, para rematarlo, la actitud oficial de Georgia presionaba por el otro lado: «Aunque la gente es antirusa, el gobierno actual es muy prorruso, incluso corría el peligro de que plantearan una extradición». Eligió España, país del que se declara «muy fanática desde hace 20 años», cuando visitó Barcelona, aunque las cosas no son tan fáciles ahora: la búsqueda de piso y la burocracia amenazan con desesperarla. Da igual. Persevera: ante todo, no quiere que su hijo viva en un laberinto mucho peor. 

«En este maldito lugar todo vuelve, todo gira en círculos», dice un personaje de El vado de los zorros. Se refiere a Lisi Brody, el pueblo de ficción en el que se centra la novela, pero la sensación remite inevitablemente a toda una forma de vida: «Rusia lleva siglos moviéndose en círculos y ahora está repitiendo los años 30 del siglo pasado, con esta especie de resurrección de la Unión Soviética. Pero, además, ni siquiera tiene la pasión de la original, que al menos inspiraba a algunos: esto se parece más el regreso de los muertos del Norte de Juego de Tronos». 

Desvanecida la utopía, queda el cinismo y la locura del poder por el poder. El núcleo que irradia la mayor carga de intensidad a El vado de los zorros tiene que ver con un experimento que mezcla esoterismo y una ciencia muy oscura, sin espacio para la ética. La hipótesis concreta, que no desvelamos para no hacer spoiler, es ficción… pero no tanto. Starobinets se ha documentado a fondo: «Después de la Segunda Guerra Mundial, los servicios secretos soviéticos tenían un departamento especial para desarrollar poderes sobrenaturales. Sobre todo trabajaban la telepatía y buscaban fórmulas para alcanzar la inmortalidad». 

Vladímir Putin, por cierto, comenzó su carrera en la KGB. La gran pregunta parece obvia: ¿cree Starobinets que Rusia sigue explorando tan oscuros abismos? «No lo creo. Lo sé. En la inmortalidad llevan trabajando mucho tiempo. Hace 20 años incluso entrevisté a dos jóvenes científicos en un laboratorio creado específicamente para ofrecerle a los miembros del Gobierno algunas ideas sobre cómo prolongar sus vidas». 

Con personajes como Putin al frente y una extensión insondable tanto geográfica como, sobre todo, espiritualmente, el género fantástico se antoja más que propicio para la Rusia de hoy, que se revela la misma de siempre, solo otra muñeca de la matrioshka. La madre rusa nos fascina y nos aterra con sus transformaciones, ya sea en zorro de risa mefistofélica, ya sea en energía atómica dispuesta en misiles muy reales. Starobinets tiene escrita otra novela, pendiente de traducción al español. «Se trata de una distopía. Una catástrofe nuclear hace retroceder a la humanidad a los tiempos medievales, aunque con algunas mutaciones. La tecnología y la ciencia quedan olvidadas y todo comienza de nuevo. Otro círculo…».

Más allá no hay nada, de momento. «Siempre estoy pensando en algo nuevo, pero, francamente, desde que me mudé a Barcelona… Primero tengo que encontrar un apartamento. Cada paso me quita toda la energía. Se me da muy mal la burocracia y aquí tengo tanta con la que lidiar…». Nuestra alma no será tan insondable como la rusa, pero también tenemos nuestros círculos viciosos.

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