Caroline Lamarche: cada dolor produce su propia morfina
Con un estilo seco, devastador, con frases que cortan la respiración, pero también el aire al que se quiere dar voz como un testigo

Ilustración de Alejandra Svriz.
Con un estilo seco, devastador, con frases que cortan la respiración, pero también el aire al que se quiere dar voz como un testigo mudo perdido «en lo más frío del universo», la narración breve La memoria del aire, realmente impresionante, de la escritora belga Caroline Lamarche (nacida en Lieja, en 1955) no deja indiferente, casi se podría decir que indemne, a nadie que la lea. Es una lectura que deja huella y no permite salir intacto.
Tampoco salió indemne la mujer sin nombre que lleva a cabo, en medio de la pesadilla recurrente de algunas palabras y hechos del pasado («si gritas, te mato», podemos leer) su relato de una violación sufrida hace veinte años. ¿Por qué volver a ella tanto tiempo después, a aquello que su madre ya le había advertido que «no es más que una molestia pasajera, que a fin de cuentas pasa bastante rápido»? ¿Hacía falta contarlo? El interrogatorio final revela hasta qué punto el sistema puede revictimizar a quien denuncia, cuando un comisario, a punto de ser jubilado, le insta a contestar claramente a la pregunta «¿gozó usted? Es importante para la investigación». Pero esto es solo el final de este pequeño y estremecedor libro de apenas 100 páginas.
El final o bien el comienzo de una espeluznante y a la vez bellísima narración, a pesar de su dureza. El lenguaje empleado, la capacidad de condensar y rememorar, la poesía en medio de la angustia y el tremendo desamparo de un ser que se cree culpable anticipado de todo, es realmente soberbio, digno de esta gran escritora, en ocasiones no muy difundida, pero autora de un buen número de novelas, libros de poesía y textos teatrales. La grandeza del texto está en su belleza literaria, incluso dentro del horror.
La protagonista de La memoria del aire se desdobla desde el principio y habla con «una muerta», ella misma, arrojada en un sueño calcado de la realidad, a un profundo y solitario barranco, como una Ofelia mítica abandonada y sumergida en un lecho de hojas, que le hacen de sudario. ¿Saldría alguna vez del barranco? Ya nada sería igual a partir de entonces, con «heridas mal curadas o directamente no curadas», como se nos explica. Nada mitigaría la soledad de aquella visita al terror puro de hace años. Aquella eterna «Bella Durmiente» se embarcaría después en una pasión nefasta, en una unión conyugal de siete años, marcada sobre todo por la sumisión. Marcada por una relación cruel y destructiva, por «un cruel juego» absorbente y sadomasoquista con un hombre que alternaría violentos y constantes cambios de carácter con una tiránica y vanidosa necesidad de adoración. Un escritor frustrado que no lograba publicar y que encerraría a su mujer en su propio y egocéntrico círculo infernal, anulándola y arrastrándola con él. Siempre con la amenaza del suicidio («acabaré por matarme») crimen del que sólo ella sería responsable. La violencia no termina: se transforma y se instala en la vida cotidiana como un encierro.
Historias de sadismo doméstico y cotidiano que grandes escritoras como Ingeborg Bachmann o Clarice Lispector reflejaron también magistralmente en sus relatos. «Nada como el miedo para atarse a alguien», se nos dice. O como el amor ciego y obcecado por alguien que acusará a la víctima, una víctima que no logra olvidar, de ser ella la culpable de todo. Culpable por tener pánico a cuchillos, invisibles o no, que se acercan sin cesar a su garganta. Un dolor difícil de comunicar, incomprensible («dicen que el cuerpo cuando es sometido a un dolor muy grande, produce su propia morfina; yo creo que el alma también») que Caroline Lamarche expresaría en esta pequeña y magnífica obra que tiene todas las cualidades y la grandísima altura literaria de los clásicos. Aquí el miedo funciona como la cadena más eficaz, y el dolor se vuelve casi imposible de decir.
«Tampoco el perro podía contar con nadie. Sin embargo, recuerdo que al menos media docena de personas queríamos salvarlo», leemos, por otra parte, en El día del perro, otra excelente novela breve de esta autora belga. Una autora que es sin duda de los mejores descubrimientos literarios de estos últimos años a nivel europeo. Finalista del Premio Goncourt 2025 con su novela Le bel obscur, el galardón finalmente recayó en el escritor francés Laurent Mauvignier, pero la candidatura subraya el alcance europeo de su obra.
Poeta y narradora fuera de toda norma, desasosegante y descarnada, oscilando siempre entre el pesimismo de angustias beckettianas y la asfixia de unas pesadillas kafkianas que rozan muchas veces lo tenebroso, Lamarche es una escritora admirable, estilísticamente espectacular. Sus frases e imágenes fulgurantes deslumbran a cada paso y se encadenan sin dejar un respiro al lector, atravesando páginas y escenas al modo de un despiadado y feroz cuchillo. Autora escasamente divulgada fuera de sus fronteras, a pesar de su enorme calidad, a Lamarche se le conoció sobre todo a través de una espléndida e impactante novela corta, La memoria del aire, publicada por una pequeña pero potente editorial, Tránsito. Luego coincidirían dos libros en el mercado: El día del perro que la reveló al público en lengua francesa, en 1996, obteniendo el Premio Victor Rossel, y además un magnífico conjunto de relatos, Estamos en el borde, en los cuales su enorme talento como recreadora de personalidades complejas y de situaciones emocionales marcadas fieramente por obsesivas y extrañas fijaciones, volvería a lucir en todo su sombrío esplendor. Su estilo es su marca: imágenes cortantes, intensidad y una atmósfera asfixiante.
Abandono, soledad, vidas erradas que buscan su lugar, a veces revelado de la forma más insólita, no dejarán de aparecer en los seis relatos encadenados de la novela El día del perro. Los protagonizan seis personajes reunidos en el momento de un accidente que, entre lo onírico y lo real, nunca llegaremos a saber si al final se ha llegado a producir. El causante de este espanto repentino que conecta a varios hombres y mujeres es un perro solitario que corría aturdido, de forma suicida, zigzagueando, en mitad de una autopista. El accidente (real o soñado) actúa como un nudo que une existencias quebradas.
Cada personaje se convierte simbólicamente en ese enigmático y metafísico perro abandonado («nadie lo busca, ni lo buscará jamás», afirma una mujer). Un animal que corre enloquecido, de un lado a otro, en busca de una mínima esperanza, de una caricia, o simplemente de alguien o algo que le proporcione un átomo de vida: la página de un periódico al que se mandan cartas, un amante que nunca se ha presentado, un trabajo que de nuevo dé una razón «para quedar y divertirse con los amigos», o un amor que por fin traiga la paz. La paz incluso para «irse», para desaparecer cuando todo se vuelve insoportable y no se admite el propio cuerpo ante un desconocido: «Incluso si muero, se me acercará, resistirá su horror y verá mi nombre», dice uno de los personajes, una joven mujer que sufre bulimia, transmutada en ese pobre animal perdido. El perro funciona como espejo: todos buscan lo mismo, una forma mínima de ser vistos y salvados.
Muy implicada, poética y vitalmente, con el mundo animal, pasión que recorre una parte importante de su obra, Lamarche ganaría el Premio Goncourt del Relato Corto en 2019 con una obra estremecedora y perturbadora, Estamos en el borde, que convierte en pequeñas joyas cada uno de los nueve cuentos del volumen protagonizados por animales. Animales, cada uno por separado, provistos de una identidad y unas emociones propias. Cada uno de ellos es el portador de una historia única e irrepetible, invisible para un mundo que siempre los ignorará. Los animales en Lamarche no son símbolo decorativo: son sujetos con vida interior.
Ahí están la pata Frufrú –relato sobre un inmenso e incomunicable amor que merece figurar en cualquier antología-, un humilde hormiguero destruido, la rata Horacio compañera de actores suicidas, una ardilla roja que vela y conecta a muertos y vivos en un cementerio neoyorquino, un gato callejero, un caballo llamado Embuste, el fiel perro Toby, una mariposa que abre sus alas y muere al instante o un erizo que atraviesa una carretera. Cada criatura contiene una tragedia completa en miniatura.
Estamos –nos advierte Lamarche desde el mismo título- «al borde de dos mundos», en un lugar intermedio, cada vez más caótico e indistinguible. Lamarche elabora una especie de singular Bestiario del siglo XXI, en el que a diferencia de los medievales que establecían claras supremacías, aquí animales y humanos cada vez se dan más la mano en su soledad y desamparo. O, si se prefiere, en su búsqueda desesperada de protección, invadidos todos ellos por la sensación, o intuición, de ser existencias amenazadas. La sensibilidad va menguando y la tecnología avanza a pasos agigantados. En refugios de aves sumamente perfeccionados y sofisticados se ponen etiquetas precisas en las extremidades de las especies allí recogidas, pero en el exterior, en los campos, «es la hecatombe, entre pesticidas, cosechadoras y el hormigón cercando los trigales». Una extrema dureza y una gran inclemencia se va adueñando de todo. Tan solo los robots domésticos («más sencillos que un gato y un perro, también más limpios») serán admitidos como única y satisfactoria compañía en un mundo cada vez más desolado. El «borde» es la imagen central: una frontera donde todo lo vivo se vuelve vulnerable ante la deshumanización del mundo.
[¿Eres anunciante y quieres patrocinar este programa? Escríbenos a [email protected]]
