The Objective
Mi yo salvaje

Viva, entre el frío y tu calor

«Saúl la espera en la esquina, encogido dentro del abrigo»

Viva, entre el frío y tu calor

Una pareja se besa en un día nevado. | Freepik

«Estoy viva», se dice Amanda cuando el café para llevar le quema los dedos. También cuando el dolor de cabeza no le deja abrir los ojos una mañana cualquiera, o cuando le cancelan un plan apetitoso y siente fastidio. Que son cosas de la vida, del estar viva, le dice a sus amigas para aliviar lamentos telefónicos ocasionales. No lo dice con entusiasmo; no lo adorna con exclamaciones ni falsea una sonrisa que resulta extraña por forzosa. Lo dice con calma, como quien aprende a no discutir con lo que es.

En el hacer diario, las horas se escurren del reloj, como si con el paso de los años el tiempo se hubiera vuelto algo más gaseoso. El trabajo, los quehaceres y las tareas encadenadas unas a otras dejan la puerta abierta, por donde el tiempo, como los gatos, se escapa sin retornar. Amanda se mueve dentro de todo eso con una atención dispersa, casi en automático, hasta que un evento sencillo, cotidiano, sin mucho peso, la hace pestañear.

Pestañea, respira hondo. «Estoy viva», se recuerda al percibirse viviendo, y lo celebra así, sin fuegos artificiales.

Hoy hace mucho frío. Un frío que afila el aire y sube los hombros con el gesto de una duda contenida por una buena bufanda. Sin embargo, hay sol; inesperado, compasivo, misericordioso. Un sol que roza la cara de Amanda al cruzar la acera, mientras camina con el café bien sujeto. No calienta del todo, pero insiste. Es un tacto tibio que avanza despacio por la piel, como si anduviera aprendiéndose el camino.

Cierra un momento los ojos. El sol le toca la frente, las mejillas, la punta de la nariz. Y entonces llega el recuerdo. Los primeros rayos suaves del sol en primavera, el cuerpo desnudo, el mismo gesto lento y envolvente que le cosquillea por toda la piel. La memoria no es imagen, es sensación y le acaricia desde el centro. La vulva de Amanda recuerda antes que ella cómo la cálida caricia de un sol templado le despliega los labios al viento como los cuernos de un caracol. El frío también se le cuela entre las piernas, como ahora lo hace el recuerdo, cuando nada desnuda en aguas atlánticas y los pliegues se abren y cierran con cada brazada. Un juego de contrastes en los que Amanda se siente plenamente viva. 

Saúl la espera en la esquina, encogido dentro del abrigo. Ella le alcanza el café; sus dedos se rozan y ambos notan un calor que les sube hasta más allá del codo. Se miran y sonríen con complicidad. Ese contacto breve, sin palabras, ya es suficiente. Se besan, primero rápido, con los labios helados, y encuentran en la boca del otro su sabor. Entonces se vuelven a mirar. Sí, eres tú. Se besan más despacio y encuentran el sol acariciándoles el rostro mientras el calor del otro se le cuela por debajo del pantalón. Se buscan bajo los abrigos. Las manos, de inicio heladas, se deslizan por la espalda, la cintura, el pecho, el culo, los brazos. Se acarician hasta lo que no tiene nombre, y en cada tramo encuentran la certeza del otro hecho carne. Cada beso, cada roce, cada agarre es un latido. Bombean desde un mismo pulso, un mismo instante, un mismo corazón. «Estoy viva», le susurra Amanda al oído y se abandona al momento que parece no seguir la escala del tiempo; un beso que son mil y así, mil palabras, mil presencias, mil placeres en un puñado de pocos minutos donde la vida se hace carne y cobra sentido. «Estoy viva, Saúl», le repite, sonriendo mientras se deja besar el cuello, cerrando los párpados cegados por el sol. 

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