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Literatura

Ramón Gómez de la Serna o la vanguardia autobiográfica

A lo largo de su obra el escritor creó y mantuvo vivo su vanguardismo más personal, original y humano: el autobiografismo

Ramón Gómez de la Serna o la vanguardia autobiográfica

Ramón Gómez de la Serna.

A Ioana Zlotescu

El pasado mes de octubre se celebró en Madrid un congreso de homenaje a Ramón Gómez de la Serna, convocado por la Asociación Internacional Ramón, bajo el marchamo de Ramón y las vanguardias, justo el mismo título del ejemplar libro que Francisco Umbral, ramoniano confeso, le dedicara en 1978 a su escritor admirado. Seguí con atención e interés las conferencias, impartidas por renombrados ramonianos, como Juan Manuel Bonet y Eduardo Alaminos, benefactores ambos, entre otros, de la memoria de Ramón y de la justa difusión de su obra. Los estudiosos reunidos en estas jornadas se ocuparon, una vez más, de la relación del escritor madrileño con las vanguardias artísticas del primer tercio del siglo XX, que él mismo trató en su ensayo Ismos, pero, salvo error de percepción del que suscribe, ignoraron el ismo, más original y permanente de la obra de Ramón: el autobiografismo.

En realidad, Ramón fue por libre en esto del vanguardismo (como en casi todas las facetas de su vida), no se identificó con ninguno en particular, ni ultraísmo, ni dadaísmo, ni surrealismo, porque renegó pronto de ser considerado vanguardista. Prefirió y reclamó para sí la consideración de «porvenirista»: «Yo no soy vanguardista… Yo soy porvenirista» apostilló en una entrevista con motivo del estreno de Los medios seres  (Montero Alonso, «Entrevista a Ramón», Nuevo Mundo, 1929). Por las mismas fechas, en otra entrevista, Díaz Canedo escribía que Ramón «… renegaba de la vanguardia […], que había aceptado como una forma más de desafío al conservadurismo» (El Sol, 1929). De este modo, fue creando, y acuñó, su propio vanguardismo: el «ramonismo», un ismo henchido de humorismo y de un peculiar autobiografismo, porque en su obra iba dejando retazos evidentes de su propia humanidad (v. OO.CC., VII, «Advertencia preliminar», Ramonismo, 1923). En plena efervescencia de las vanguardias europeas, Ramón puntualizaba ya su independencia con respecto a aquellas: «Este libro muestra mi espíritu con resueltas plumadas. He intentado en él dar fuerte expresión a las cosas para oponer mi ismo a todos los ismos».

La autobiografía no fue para Ramón un ejercicio fin de carrera, como lo es habitualmente para los escritores secos de imaginación o de fuerza creativa, dispuestos a rentabilizar una obra ya amortizada, que se empeñan en una escritura última, la mayor de las veces, con una factura adocenada. Entonces, se suelen refugiar en una memoria desvaída, parcial e idealizada, para dar a los lectores un resumen factual, neutro y sin riesgo de su vida. Ramón, en cambio, además de mirar retrospectivamente al pasado de manera original e innovadora, busca y consigue desdoblarse escribiéndose a sí mismo cartas en un presente continuo y en forma de autoficción avant la lettre, en las que, bajo diferentes formas, dialoga consigo mismo en busca de la mismidad de su ser, confrontado a su no-ser. Esta suerte de inquisición implacable de sí mismo la realizaría desde sus inicios literarios hasta la madurez.

El autobiografismo de Ramón no tiene nada que ver con el más usual, que ilumina lo bueno y oculta lo malo. Ramón se toma el pulso vital constantemente, cambia el ritmo de lo vivido a través de la escritura, pero no quiere ni sabe apenas esconderse. Es transparente, veraz y sincero, muchas veces a tumba abierta. Esto le hace un escritor único en nuestra literatura: un autobiógrafo permanente y experimental, con una dedicación sin descanso ni vacaciones.

La vida de Ramón estuvo compuesta, sobre todas las cosas, de literatura y, en consecuencia, vivió literariamente. Su vida se ligó íntimamente a la escritura. Y viceversa la obra se alimentó de la vida, de manera que constatamos una suerte de autobiografía sin fin ni tregua: de la juventud a la vejez insistió en autobiografiarse. Además, casi toda su obra: ensayos, biografías, novelas y relatos pueden ser leídos casi siempre en clave autobiográfica. Para Ramón no hubo nada más importante en su vida que la escritura, a través de ella se busca y se construye. Es una obra que le ayuda al conocimiento de sí y a la tolerancia de la vida, en una suerte de salvación por la escritura.

«La fórmula elegida para adentrarse en ese territorio secreto y por descubrir es la del desdoblamiento»

Esto ocurriría desde su primer libro, Entrando en fuego (1905), cuya publicación financiaría su padre y por el que entraba en la liza ardiente de la tribu literaria, cuando tenía solo 17 años. En el prólogo de este libro, donde recopiló una serie de relatos breves, de corte tradicional y ungidos por un moralismo adolescente, Ramón se busca y analiza críticamente de manera precoz con el fin de desvelar su mismidad ignota: «¿Quién soy? Un joven de diez y siete años que recopila trabajos […] descubriendo reconditeces de su alma… ¿Qué quiero? … ¿Cuál es mi objeto?». Esta inquisición introspectiva tendrá continuación especialmente en los dos libros siguientes: Morbideces. Vivisección espiritual  (1908) y El libro mudo. Secretos (1911).

La fórmula elegida para adentrarse en ese territorio secreto y por descubrir es la del desdoblamiento, que le permite un distanciamiento del yo externo y oficial para observar el yo oculto y nebuloso mediante la escritura. En Morbideces se sirve del recurso del manuscrito encontrado de un autor anónimo, que Ramón se encarga de publicar: «De este libro que lleva mi firma, soy solo el editor. La explicación de esta antinomia es toda una historia» («Prólogo»). Después en este mismo prólogo, Ramón irá dejando señales evidentes, a manera de piedrecitas, para que el lector reconozca que, de manera inequívoca, detrás de este autor innominado se encuentra Ramón, pero con abundantes sombras que le hacen todavía un extraño de sí mismo.

El libro que sigue a este, El libro mudo. (Secretos), es más complejo y oscuro, de lectura más difícil, a veces impenetrable, que se ajusta a lo que Ioana Zlotescu reconoce, con lapidaria exactitud, una de las mayores dificultades de la lectura de la obra ramoniana: «Ramón es un escritor genial, pero cansino». Es decir, que fatiga y no da muchas facilidades al lector. Sin embargo, el lector que resiste y porfía es compensado debidamente en su esfuerzo por una escritura llena de chispazos e ideas geniales. De manera general es así, pero, si cabe, lo es de manera especial en este libro, donde el lector debe avanzar a través de fragmentos agotadores, como por un desierto, a la caza de algún oasis en el que solazarse.

Este libro tiene un prólogo firmado por Tristán, un alter ego del autor, que  figurará también como autor de otro de sus libros juveniles, Tapices. En el prólogo de El libro mudo pinta una semblanza biográfica de Ramón Gómez de la Serna en la que predominan más las dudas que las certezas y las preguntas superan las respuestas. El libro lo cierran un texto de Silverio Lanza y otro de Juan Ramón Jiménez. Este texto, que formaría un díptico con el anterior, explora a la manera de una vivisección, cual experimento de laboratorio, lo más desconocido del yo más íntimo, que se muestra e interpela a sí mismo en un continuo desdoblamiento, produciendo una vaporización del yo conocido y externo para insinuar las líneas que descubren la mismidad del autor.

«Ramón supo fusionar en su obra, y tal vez en su vida, esos dos polos que nos parecen antitéticos: la muerte y el humor»

Este acelerado recorrido por sus libros autobiográficos primerizos debe cerrarse con Mi autobiografía, un prematuro esbozo autobiográfico, que Ramón escribió cuando tenía solo 35 años e incluyó en La sagrada cripta de Pombo (1924). Allí afirma con claridad, por si no hubiese quedado claro: «En toda mi obra hay autobiografía…». Ramón no era un teórico o un ensayista al uso, en realidad, según Umbral, lo suyo era hacer «géneros fingidos», porque probó con todos los géneros, pero tuvo una relación sui generis con ellos. Como decía, no fue teórico, pero, sin ser teórico, tuvo grandes intuiciones teóricas. Con esta primera y breve autobiografía pone los cimientos autobiográficos que permitan leer toda su obra, anterior y posterior, como un gran «espacio autobiográfico». Para esto le era preciso hacer una autobiografía que sirviera de pilar de todo el edificio autobiográfico, y de fundamento explicativo a los textos de la mismidad arriba citados, a los ensayos, novelas e, incluso, las biografías de escritores o artistas, que le resultan cercanos o admirados, donde volcaría elementos autobiográficos más o menos evidentes o crípticos.

En la etapa de madurez ese texto será Automoribundia (1948), que no es una autobiografía al uso, ni en el contenido ni en la forma, porque incorpora elementos innovadores y confesiones poco usuales, prescindiendo de máscaras y desdoblamientos juveniles. Si tuviese que aconsejar la lectura de un libro para adentrarse en la abundosa y variada obra de Ramón, sin duda este sería el que recomendaría. El original título del libro denota ya una concepción diferente del propio ciclo vital y señala la importancia que la muerte tiene en la consideración de la vida. Como ya había dejado dicho en un libro anterior, Los muertos y las muertas (1935): «¿Qué sería de nosotros sin la muerte? Todo tiene explicación gracias a la muerte… ¡Qué bellos ojos tiene la muerte! Yo la saludo militarmente con sorna y disciplina siempre que la siento pasar…».

Ramón supo fusionar en su obra, y tal vez en su vida, como pocos, esos dos polos que nos parecen antitéticos a simple vista, pero pueden ser armonizados de manera significativa, si se combinan con inteligencia: la muerte y el humor. No en vano Ramón se define en Automoribundia como «un humorista macabrero». Este texto mayor del autobiografismo de Ramón, junto a los que I. Zlotescu llama «Escritos del desconsuelo», compuesto por Cartas a las golondrinas, Cartas a mí mismo, Nuevas páginas de mi vida y Diario póstumo, permiten también completar e interpretar en clave biográfica el ciclo de las «Novelas de la nebulosa» y el resto de la obra de madurez, dentro de la que destaca su mayor apuesta novelesca dentro del autobiografismo moderno: El hombre perdido (1947).

¿Por qué se ha estudiado tan poco el autobiografismo de Ramón, si lo comparamos con la obra considerada de vanguardia, especialmente las greguerías, que han concitado la atención mayoritaria de estudiosos y lectores? Y, sobre todo, ¿cómo es posible que no se haya reconocido apenas el carácter vanguardista de las sucesivas autobiografías de Ramón? Son misterios de la crítica literaria, que se mueve muchas veces por la inercia de lo consabido, poniendo el foco, de manera insistente y fija, en las facetas ya trilladas de la obra de un autor, dejando en la sombra otras más importantes. En este sentido, el caso de Ramón es ilustrativo. A pesar de ser considerado de manera general como un escritor vanguardista, no se ha reparado en el vanguardismo de su autobiografismo. En resumen, Ramón mostró nuevos caminos a la autobiografía española, que siguen destacando hoy por su carácter innovador. Más de 60 años después de la muerte de Ramón, esta senda autobiográfica, iniciada por él, ha sido muy poco transitada después por los autores españoles.

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