Sobre el Imperio de la ley: reflexiones
La obra constituye un alegato a la modernidad del Estado y un aviso de su vulnerabilidad

Ilustración de Alejandra Svriz.
No es fácil hablar sobre un concepto tan abstracto como es el Imperio de la ley, y lo es menos aún disertar, como hace Javier Cremades, ante un distinguido auditorio lleno de próceres del Derecho, magistrados de tribunales constitucionales o cortes supremas, como el alemán o el norteamericano, fiscales generales y juristas de reconocido prestigio internacional, quienes suelen acudir junto con profesores universitarios y abogados en ejercicio a los diferentes congresos de la Asociación Mundial de Juristas (WJA, por sus siglas en inglés) en Madrid, Barranquilla (Colombia), Nueva York o en la República Dominicana. Esta es la misión y el propósito del jurista Javier Cremades, presidente de la WJA y autor de un reciente libro cuya lectura sin ningún género de dudas recomiendo.
No es un tratado de derecho escrito por este Dr. Iuris, profesor de derecho constitucional doctorado por la Universidad de Regensburg (Alemania), pero, entienda el lector que tampoco se trata de un ensayo jurídico al uso: nos encontramos ante un libro de experiencias vividas en primera persona, cuajado de reflexiones jurídicas, fruto de la rica experiencia de este abogado incansable que recorre año tras año los foros y organismos internacionales, predicando sus firmes convicciones democráticas frente a las autocracias.
«De la ley a la ley» fue la clave de bóveda de otro ínclito constitucionalista, a saber, Torcuato Fernández Miranda, al que le debemos la arquitectura institucional incipiente de nuestra transición democrática, aunque hoy parezca que ya pocos se acuerden de ello. Por eso, resulta tan importante la frase con la que arranca el libro Javier Cremades «el imperio de la ley es la única alternativa al imperio de la fuerza». Esta obra constituye un alegato a la modernidad del Estado de derecho, si bien, el autor también nos avisa de su vulnerabilidad, instándonos a que lo cuidemos y respetemos.
Efectivamente, el Estado de derecho supone un ecosistema sofisticado, basado en el régimen constitucional y en la doctrina de la separación de poderes. Los vientos que hoy corren de polarización e intolerancia en ambos lados del espectro político a nivel mundial, de falta de respeto a las decisiones judiciales, de falseamiento de las normas constitucionales, de fraude a la ley y desviación de poder, son lacras que destruyen los pilares del Estado de derecho. Son graves enfermedades que alentadas por la demagogia hoy en día ponen en cuestión la eficacia y viabilidad del Estado de derecho frente a sistemas más basados en el poder y la fuerza como es la autocracia.
El profesor García de Enterría nos enseñó que el interés legítimo del ciudadano alcanza su grado superior y plenitud con el respeto a los derechos subjetivos de los administrados frente a la Administración. E Íñigo Cavero Lataillade ilustre profesor de derecho político, condenado por su intervención en el contubernio de Múnich, después ministro de Adolfo Suárez, nos enseñó a recelar del constitucionalismo formal, pues existen autocracias con forma aparente de regímenes constitucionales que no son sino trasunto de autocracias reales, sin jueces independientes e inamovibles, ni auténtica separación de poderes.
Dos ideas nucleares impregnan esta magnífica obra de Cremades, a saber: la axiología antropocéntrica en que debe asentarse todo sistema constitucional y el respeto a la dignidad individual de la persona humana.
Nos previene el autor de los riesgos que entraña la práctica actual bastante extendida de llevar a cabo la desconstitucionalización y desjuridificación del sistema institucional basado en el imperio de la ley, así como, los riesgos que implica la ruptura del principio de reserva de ley y el abuso injustificado de la potestad reglamentaria.
El autor en esta extensa obra de 435 páginas, coronadas por un magnífico epílogo del presidente del tribunal constitucional alemán Stephan Harbarth, no se limita a hablar de leyes y de derecho comparado, sino que va más allá y hace una importante reflexión sociológica de los usos y costumbres que deben informar las reglas de juego de un Estado democrático de Derecho. Sin una adecuada educación cívica en valores democráticos —nos dice el autor— el imperio de la ley se debilita y tiende a su destrucción: «Sin la implicación de los ciudadanos en la vida pública una democracia es insostenible», dice Cremades, añadiendo: «sin el apoyo del pueblo, el Estado de derecho es una quimera». Estas elocuentes frases nos invitan a reflexionar más allá de la letra de la ley, y ponen de manifiesto las debilidades del Estado de derecho.
