Vigencia de Proust en tiempos complicados
Mercedes López Ballesteros, traductora de la nueva edición de ‘En busca del tiempo perdido’, reivindica su valor

Exposición 'Proust y las artes', con el retrato de Proust en el centro de la imagen.
Mercedes López Ballesteros prefiere que no salgan fotos suyas en la entrevista por su trabajo como traductora de la nueva edición de En busca del tiempo perdido en la que anda embarcada la editorial Alfaguara (va por el segundo de los siete volúmenes, A la sombra de las muchachas en flor). Por lo que sea. Respetamos su decisión y no vamos a incomodarla preguntando. Mejor elegimos la explicación más poética: la traducción aspira a la transparencia. El protagonista es Proust. Y su obra, claro.
Valga la redundancia. Marcel Proust es un ser esencialmente literario: «Y yo compadecía un poco a todos los comensales, porque sentía que para ellos las mesas redondas no eran planetas y que no habían practicado en las cosas un seccionamiento que nos libra de su apariencia acostumbrada y nos permite percibir analogías. Pensaban que estaban cenando con tal o cual persona, que la comida costaría más o menos tanto y que volverían a empezar al día siguiente. Y parecían absolutamente insensibles al desfile de un cortejo de jóvenes ayudantes que, como probablemente en ese momento no tenían nada urgente que hacer, llevaban procesionalmente panes en unas cestas», dice el narrador de En busca del tiempo perdido durante un almuerzo en Balbec.
Qué pena le daríamos hoy a Marcel Proust. Quizá por eso insistimos en aferrarnos a su prodigio inagotable. «Es indudable que en los últimos tiempos se ha despertado el interés por Proust y su obra», sostiene López Ballesteros. «No solo en los medios, sino también entre los lectores (es significativo que en 2025 Alfaguara tuviera que hacer tres reimpresiones de Por el camino de Swann). Puede que esto se deba a que en 2022 fue el centenario de su muerte. También, en efecto, a la exposición organizada en el Thyssen. Creo asimismo que es posible que el hecho de que se esté publicando una nueva traducción, con lo que eso tiene de ‘novedad’, haya suscitado la curiosidad de los lectores y la atención de los medios».
Pero hay algo más, como el mar de fondo que contemplaba el narrador de A la sombra de las muchachas en flor desde la ventana de su habitación en el balneario de Balbec… «Intuyo, por algunos indicios que no hace al caso sacar aquí a colación, que ese interés obedece a algo más profundo. Vivimos tiempos complicados, y que se van a volver más difíciles. Y es probable que estén empezando a aparecer ‘focos de disidencia’. Puede que haya personas cansadas ya de vivir exhaustas y a la carrera, de no mirar (o solo lo que aparece en una pantalla), de no pensar, de no saber, de no hacerse preguntas, de no cuestionarse nada, de que el tiempo se les vaya en obligaciones (el ocio es una de ellas) insoslayables y estériles. Personas que digan basta, y que tal vez busquen en los clásicos (y Proust lo es), no ya respuestas, pero quizá sí voces que los despierten, que los zarandeen, que les abran horizontes, que de algún modo, en algún aspecto, les cambien la vida».
¿Proust como líder revolucionario? No tiene pinta. En los retratos, al menos. Sí en la manera de Proust, que tiene mucho, o todo, que ver con el lenguaje en sí, modulado en un idioma muy concreto y propicio. La tarea de transportarlo a otro se plantea como un reto mayúsculo, quizá la cumbre de cualquier especialista. Para semejante escalada, Mercedes López-Ballesteros recibió el impulso de un sherpa excepcional, probablemente el más proustiano de nuestros escritores. «Yo me puse a traducir a Proust por amor al arte, sin ninguna intención de que aquello se publicara. Empecé por el último volumen, y fue Javier Marías quien, tras leer lo que llevaba traducido, me dijo que me pusiera con el primero, ofreciéndose a publicar En busca del tiempo perdido en su totalidad en su pequeña editorial Reino de Redonda. A la muerte de Javier, Alfaguara tomó valientemente el testigo. Añadiré que Proust es un autor por el que siento veneración; traducirle es para mí un honor, un privilegio».
Niño prodigio
Y una pasión que su biografía cocinó a fuego lento. «La primera vez que leí a Proust fue en el colegio (fui al Liceo Francés), con 16 años. Nos mandaron leer el segundo volumen: A la sombra de las muchachas en flor. No me dejó ninguna huella, pero no recuerdo que me pareciera un libro difícil o aburrido. Más adelante me compré en París todos los volúmenes de En busca del tiempo perdido en la edición de Folio. No me los leí hasta ya cumplidos los 30 (como decía Javier Marías, ‘los libros siempre esperan’). Caí rendida de admiración y soy proustiana desde entonces. Me he leído la Recherche, que es cómo abrevian los franceses el título, toda seguida tres veces. También llevo desde entonces leyendo sobre Proust y su obra todo cuanto cae en mi mano, y ahora con más razón: hay muchísimas cosas que podrían parecer oscuras y que quedan aclaradas a raíz de las lecturas».
El misterio, sin embargo, sigue intacto. «Que Proust es un gigante de las letras y que su talento es descomunal queda fuera de toda duda. Ahora bien, tratar de averiguar cuáles fueron las posibles causas de su genialidad creo que es tarea vana, y que probablemente esta se debió a múltiples factores». Ya puestos, López Ballesteros se aventura por la senda biográfica: «Podría decirse, por ejemplo, que heredó la inteligencia (y el sentido del humor) de su madre, Jeanne Weil. En cualquier caso, Proust fue lo que antes se daba en llamar ‘un niño prodigio’, muy lector y tremendamente sensible».
Y un poco pesado. «Ya desde muy pequeño traía fritos a sus compañeros de colegio y a los amigos con los que jugaba en los Campos Elíseos porque no paraba de recitarles los versos que le gustaba. Parece ser también que, de niño, ya tenía mucha (y alambicada) labia. Por lo visto, una amiga de su madre, que coincidió con él en el tranvía, le habría dicho: ‘Vamos a ver, Marcel, ¿se va usted a pasar hablando así todo el trayecto?’» Afortunadamente, esa labia se fue cargando de sustancia: «Ni sus biógrafos se explican cómo llegó a tener tantísimos conocimientos sobre tan ingente cantidad de temas». Otra cosa es el estilo: «Ya lo llevaba incorporado desde siempre, por así decir. Como señala el escritor Paul Morand, que lo conoció y lo trató, escribía exactamente igual a como hablaba, y compara su frase hablada con una carretera de montaña (y lo imita, como puede verse en un vídeo colgado en YouTube)».
Más de un lector se marea con tanta curva. «Es verdad que En busca del tiempo perdido tiene fama de ser ‘un ladrillo’», reconoce su traductora, que se rebela: «Nada más lejos de la realidad. De Proust se puede decir de todo salvo que es aburrido. Los siete volúmenes son extraordinarios, en ocasiones entretenidísimos, por los millones de cosas de las que habla, y siempre de sumo interés. Y no hay que olvidar que, en concreto en los cuatro primeros, hay partes tremendamente divertidas». Asegura que A la sombra de las muchachas en flor tiene «momentos desternillantes» y que Por la senda de Guermantes, que saldrá en noviembre de este año, es considerado «el volumen más divertido de todos (aunque también uno de los más trágicos; pero Proust es un maestro en alternar los distintos registros, cuando no en mezclarlos). Leer a Proust es como subirse a un carrusel vertiginoso, en el que uno no sabe qué se va a encontrar en cada vuelta, y si le tocará reír o llorar».
Aprender a ver
¿Por qué esa fama, entonces? «Parece ser que lo que echa para atrás al lector es la frase larga, esa frase llena de subordinadas, hipérbaton e incisos. Primero he de decir que no todas las frases son así ni muchísimo menos: hay páginas y páginas de diálogos, páginas y páginas de frases cortas separadas por punto y coma. Y luego, que a esa frase hay que perderle el miedo. Decía André Gide que a una lectora que le confesó que ‘se atascaba’ en las frases largas le recomendó que las leyera en voz alta, y así vería que dejarían de plantearle ese problema».
El premio, según López Ballesteros, es superlativo. Cita a Antoine Compagnon, gran experto en Proust: «Cuando nos metemos de lleno en una novela como la de Proust y la leemos de verdad, cuando vamos hasta el final, salimos cambiados». Ella incluso concreta: «En mi opinión, es innegable que saldremos más inteligentes y menos inmisericordes». Para explicar lo primero cita a Juan Gabriel Vásquez: «Proust nos enseña a ver y, sobre todo, a querer ver», y desarrolla: «La capacidad de observación de Proust es asombrosa, y su mirada siempre nos lo muestra todo desde una perspectiva novedosa e insólita. Habremos aprendido muchísimo sobre nosotros mismos y sobre los demás, y también sobre el mundo que nos rodea. Y ya no nos vamos a contentar con quedarnos en la superficie de las cosas».
Más interesante es la afirmación sobre la cualidad moral. Aquí cita a uno de los amigos del genio, Jacques Porel: «No hay autor que haya sido más feroz con sus personajes y que a la vez haya sido más compasivo». Proust, sostiene López Ballesteros, «muestra, sin en ningún momento subrayarla, la maldad inherente al ser humano, que se manifiesta por egoísmo, por dejadez, por cobardía, por mediocridad, por vanidad…, o incluso de forma totalmente gratuita (no habla, por lo general, del Mal con mayúsculas). Pero también sabe ver y decir con generosidad sus grandezas, aquello que los absuelve (no en todos los casos, es cierto). Aprenderemos a ser más indulgentes, más comprensivos, también con nosotros mismos».
Concluye Lóepz Ballesteros recomendando al lector que «se tire a la piscina sin mayores preámbulos. La lectura que haga de En busca del tiempo perdido será única e intransferible». Y con el colofón de un par de citas del mismísimo Proust, nada menos: «Cada lector, cuando lee, es el propio lector de sí mismo». Y: «La obra de un escritor no es sino una especie de instrumento óptico que ofrece al lector para permitirle discernir lo que, sin el libro, puede que no hubiera visto en sí mismo». Aunque la traductora no puede evitar una última nota al pie de regalo: «Siempre se estará luego a tiempo de ampliar conocimientos. Una lectura que yo considero imprescindible, una vez terminados los siete volúmenes, es la biografía de Jean-Yves Tadié, el más grande experto en Proust, aunque me temo que no está traducida al castellano». ¿Aviso a navegantes?
Y se despide con, «a modo de epílogo», unos versos de la Oda a Marcel Proust de Paul Morand (en la traducción de Marie-Christine del Castillo):
«Proust, ¿pero de qué fiestas nocturnas
vuelve usted con esos ojos cansados y tan lúcidos?
¿Y qué espantos, a nosotros vetados, ha conocido
para volver tan indulgente y tan bueno,
y sabiendo las obras de las almas
y lo que ocurre dentro de las casas,
y que el amor duele tanto?»
