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Literatura

«Un monstruo incomprensible», píldoras de inteligencia de salón ilustrado

Renacimiento publica, al cuidado de José Luis Trullo, una antología de aforismos de célebres moralistas franceses

«Un monstruo incomprensible», píldoras de inteligencia de salón ilustrado

Jean de La Bruyère. | Wikimedia Commons

Los escritores profesionales, y especialmente los periodistas, lo sabemos: es más complejo escribir en un formato de extensión breve que hacerlo sin brida en una página carente de límites. También lo pensaban los antiguos poetas medievales españoles que en el Libro de Alexandre (siglo XIII), gloria del arte de la clerecía, mester sin pecado, elogiaban la asombrosa maestría que suponía tener que escribir «en sílabas contadas», de acuerdo con la preceptiva métrica de la cuaderna vía, el famoso tetrástrofo monorrimo que fue la estrofa y el cauce natural del Quadrivium.

Decir no es lo mismo que hablar. Esto segundo lo hace, generalmente en exceso y sin pagar tasa, todo aquel que no esté mudo. Lo primero, en cambio, exige pensar y tener algo que comunicar. No vale cualquier cosa. Una ocurrencia no equivale a una idea ni es un pensamiento, del mismo modo que una cosa es vivir y otra —distinta— tener vida interior. Entre los afortunados que, además de respirar cada día, discurren sobre las cosas existen —desde tiempos inmemoriales— unos pocos sabios que, guiados por el optimismo y milicianos de la generosidad, pensaron que era un ejercicio útil (para ellos y para los otros) resumir la verdad de las cosas en colecciones de frases y enseñanzas, fácilmente memorizables y mucho más livianas y asequibles que cualquier tratado filosófico o estudio científico. Una forma de conocimiento empírico y sin sistema.

Así nacieron los (grandes) formatos breves: las máximas, las sentencias, los apotegmas, los refranes (su versión popular, vehículos de la gramática parda) y, en último extremo, los aforismos. La tradición de esta literatura sapiencial de arte menor es larga y venerable. Comienza con los antiguos autores clásicos y llega hasta nuestros días. Unos eran creadores de frases inteligentes; otros, antólogos de la sabiduría ajena, que extraían de obras mayores píldoras de inteligencia susceptibles de formar parte de unos libros de oraciones que, como los tratados de educación de los reyes y los príncipes, podían explicar a quienes nada sabían algunas enseñanzas.

Entre los maestros de la brevedad inteligente sobresalen los moralistas franceses, unos escritores del Antiguo Régimen y otros contemporáneos de la Ilustración (siglos XVII y XVIII), que usaron los breviarios para condensar sus ideas y, de paso, declamarlas —sin aburrir al personal— en la corte, en reuniones aristocráticas o en los salones y cafés culturales. La editorial Renacimiento acaba de publicar, en una edición al cuidado de José Luis Trullo, una antología de sus frases más felices, cuyo método de composición consiste en coger una idea y vestirla de forma elegante, a ser posible sin que pierda la capacidad de causar asombro entre los lectores y persuadir a un auditorio presto a escuchar.

Un monstruo incomprensible, que así se llama este retablo de sabiduría de circunstancias donde se suceden citas y máximas de autores como Madeleine de Souvré, La Rochefoucauld, La Bruyère, Vauvenargues, Malesherbes, Chamfort, Rivarol, Joubert o Chateaubriand, remite a un afortunado pensamiento de Pascal acerca de la contradicción como método de conocimiento. Los moralistas franceses, que nunca fueron una generación propiamente dicha, sino individualidades, compartían la curiosidad por los hábitos sociales de su época («mores», en latín, significa «costumbres»), asunto sobre el que más reflexionan. No predican exactamente la ejemplaridad. Su anhelo es mucho más modesto: orientar, convencer y conducir a la grey de su tiempo para que sepan cómo caminar en esta vida sin incurrir en excesivas calamidades.

Ideas vigentes

De ahí que ninguno de ellos ejerza como inquisidor. Fueron consumados ironistas y maestros de urbanidad y buenas costumbres. No todos tuvieron una visión pesimista del ser humano. Muchos de sus apuntes, recogidos en esta edición de autor que es, por tanto, subjetiva, muestran una envidiable esperanza en que el hombre tiene arreglo y postulan que esta vida no es —como lamenta el salmo— un vallis lacrimarum. Vauvenargues, Chamfort y Joubert, por ejemplo, defienden la belleza frente a la vulgaridad terrestre, sobre la que La Rochefoucauld, en cambio, no tenía excesivas dudas de que era el estado natural de la raza humana. Como explica José Luis Trullo en la contenida introducción del volumen —tan breve como los aforismos que reseña, cosa que se agradece— la vigencia de las ideas de los moralistas franceses reside en el hecho (indiscutible al tiempo que asombroso) de que, por muchos años que pasen desde que fueron escritas, aún conectan con la sensibilidad contemporánea —esto es: con nosotros— porque la conducta de la sociedad, en lo esencial, las pasiones carnales y las ansias de espiritualidad de la gente, no ha cambiado en exceso, al margen de las convenciones de cada momento.

Así, por ejemplo, Madeleine de Souvré nos previene contra los sectarios que son incapaces de cambiar de opinión cuando las cosas evolucionan: «Las mentes mediocres, pero viciadas, sobre todo las de los falsos sabios, son propensas a la obstinación. Solo las almas fuertes saben rectificar y abandonar una decisión errónea». La Rochefoucauld, admirado por Voltaire y por Nietzsche, describe las contradicciones que rigen la existencia de los hombres: «A menudo una pasión engendra su contraria: la avaricia conduce al despilfarro, y el despilfarro a la avaricia. Así, no es raro que nos mostremos fuertes por debilidad y osados por pura timidez».

Este aristócrata, maestro de conspiraciones palaciegas, es clarividente a la hora de describir el éxito: «Se necesita una virtud muy superior para soportar la buena suerte que la mala fortuna». Pascal, uno de los genios de su tiempo, defiende el realismo como filosofía vital —«No porque algo me resulte incomprensible deja de existir»—, fustiga a los que se muestran ciegos ante las evidencias —«Corremos despreocupados hacia el precipicio tras colocar algo ante nosotros para que nos impida verlo»— y divide a la humanidad en dos categorías: «Los justos que se creen pecadores y los pecadores que se creen justos».

Jean de La Bruyère, uno de los autores favoritos de Josep Pla, que usaba sus libros de citas como inspiración, práctica en sus escritos una suerte de humanismo no exento de ironía que, por ejemplo, le anima a prevenir a sus lectores sobre las nefastas consecuencias de los halagos sin justificación —«Acumulación de epítetos: mala alabanza. Son los hechos los que halagan, y la forma de contarlos»— o advertirles de los sinsabores de la política: «La corte no proporciona la felicidad, pero impide que uno pueda ser feliz en cualquier otro lado». El marqués de Vauvenargues, en cuya carrera se confunden las armas y las letras, encuentra en la excesiva complacencia social una señal del arte de la mentira y enjuicia la ingratitud no como el defecto de quien la comete, sino como la consecuencia de la generosidad excesiva. Malesherbes, jurista y consejero de Luis XVI, habituado a ver desfilar la vanidad de los hombres, lanza sus saetas de ingenio contra el narcisismo: «¡Qué camino tan singular recorremos para elevarnos! Nos arrastramos por el barro».

Chamfort, suicida que apoyó la Revolución Francesa pero que se opuso al Terror, nos hace sonreír: «Saber aburrirse es un arte». Y Chateaubriand, vizconde monárquico, cuyo gran ingenio le hizo cosechar innumerables enemigos en los salones literarios, expresa por vez primera lo que muchos siglos después se llamaría actitud rock and roll —«Si te dan una bofetada, devuelve cuatro, sea como sea la mejilla»— o retrata, con resignación, el inevitable y postrero desenlace del hombre: «La muerte, según los salvajes, es una mujer alta y hermosa a la que solo le falta el corazón».

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