The Objective
La Europa de las letras

Sándor Márai: un genio de la moral

A pesar siempre de su radical individualidad, tendencias y exhibicionismos mundanos, sería un triunfador de su época

Sándor Márai: un genio de la moral

Ilustración de Alejandra Svriz.

«El elegante francés, con su discurrir rápido y su brillante inteligencia —se lee en la obra Último día en Budapest de Sándor Márai—; el jovial, generoso y excesivo italiano; el inglés impenetrable, lento de movimientos, cuyos nervios tardan tanto en conectar como las imágenes a cámara lenta de las películas; el alemán rezumando un celo palpable, con una curiosidad astuta; el ruso discurseando sin cesar sobre la redención y la búsqueda de Dios, con la mente en otro lugar; el polaco que, pobre hombre, está condenado de por vida al dolor y al lamento por la propensión de su país a ser eliminado regularmente: ninguno de ellos entendía al húngaro. Había algo ahí, magia y contagio, neurosis y miedo, dignidad y nobleza, una mezcla de las cuales había sido hechizada durante varias generaciones. El descendiente del forastero que había emigrado despertaría algún día con esa desesperación en sus ojos y entendería que había sido también hechizado: había bebido el agua penetrante de una tristeza secreta y se había convertido, por fin, en húngaro».

Una de sus últimas obras aparecidas en nuestro país —de título premonitorio, ya que narra los últimos días de Sándor Márai en Budapest, exiliado a Italia y luego a Estados Unidos, ocho años después de escribir este libro—, la novela Último día en Budapest vio la luz del día en Hungría en 1940 y reunió a dos grandes de la literatura húngara del siglo XX. En ella, Sándor Márai, el célebre autor de El último encuentro, entre otras muchas, rendía homenaje a su maestro, el mítico Gyula Krúdy, un dandi oscuro y personaje legendario de la bohemia literaria de Budapest, apodado en esta novela Simbad, como el héroe de la serie de novelas de Krúdy que tenía a Simbad de protagonista. En la novela, una mañana de mayo, Simbad sale de su casa en el Distrito III de Budapest, en la Antigua Buda, prometiendo a su esposa que traería de vuelta los 60 pengös (o coronas) necesarias para comprar un vestido para su niña antes del anochecer. Pero en cuanto se va, sus buenas intenciones se disipan.

Cediendo a la tentación de un paseo en carruaje tirado por caballos, Simbad se entrega a un deambular tranquilo, revisitando el Budapest de ayer, con los lugares que más ama: el baño turco, donde «Este y Oeste se fundían en las nieblas del calor», el Café de Chicago donde escribía, o los restaurantes populares donde cenaba. Entre historia y ficción, y en un delicioso paseo poético y melancólico por el Budapest de entreguerras, Sándor Márai ofrecía aquí, como siempre, una historia cautivadora y nostálgica. Una historia que estaba dotada de una seductora belleza crepuscular, donde sus propios recuerdos prebélicos se mezclaban, con un fascinante poder evocador, con la imaginación de otro de los mayores escritores húngaros: Gyula Krúdy, autor inolvidable de La carroza carmesí, que utilizó, en sus obras, técnicas narrativas paralelas a lo que sería posteriormente el monólogo interior de escritores como Virginia Woolf o James Joyce.

De Hungría, un espacio amplio, y en algunas fases de la Historia, cerrado sobre sí mismo, e indistinguible para muchos occidentales, cruce de caminos y fronteras múltiples centroeuropeas, procederían excelentes escritores rescatados del olvido más total y recuperados milagrosamente en la última década del siglo XX, tras la caída del Muro. Éste sería el caso del gran escritor que fue en su día, y también décadas después, Sándor Márai.

Márai nació justo a comienzos de siglo, en 1900, en el seno de una familia de la burguesía sajona de provincias, de Kassa (hoy Kosice, en Eslovaquia). Si hubiera visto la luz en aquellos mismos años pero un centenar de kilómetros más al oeste, en Moravia o Bohemia, o incluso más al nordeste, en la zona de Galitzia o la Bucovina, probablemente ahora sería un escritor de lengua alemana. Un autor que, inmediatamente, entraría a formar parte de aquella mítica generación de escritores, artistas y pensadores, lejanos entre sí y a menudo muy diferentes, nacidos a la sombra de la civilización austrohúngara. Más concretamente, en el crepúsculo, o tras la caída propiamente dicha del Imperio. Ese momento reservado para la memoria y el extravío existencial, más que para una narración de su plenitud.

A comienzos del siglo XX, en un país que aún seguía bajo estructuras semifeudales, la pertenencia a la burguesía sajona era fuente para todos sus miembros de una fuerte autoconciencia que se fundaba al mismo tiempo en una fidelidad a los orígenes propios y, también, en una ferviente lealtad hacia la patria de elección. Criado, por tanto, en una doble herencia recibida y en un perfecto bilingüismo, Sándor Márai, cuyo verdadero nombre de familia era Grosschmidt, creció en medio de una biblioteca paterna donde se alternaban los volúmenes de Goethe y Schiller con los de los poetas húngaros Petöfy y Arany. Imagen del escritor y viajero cosmopolita, que hablaba varios idiomas y que era conocido en cafés y salones de toda Europa, Márai, a pesar siempre de su radical individualidad, alejada de grupos, tendencias y exhibicionismos mundanos, sería un indiscutible triunfador de su época como también lo fueron los austríacos Alexander Lernet-Holenia, Stefan Zweig o Arthur Schnitzler.

Convertido muy precozmente en escritor, hasta finalizar la Gran Guerra, se sentiría constantemente mimado por el público, por la sociedad y las mujeres. Sin problemas económicos, elegante y culto, tenía en Budapest tres o cuatro casas, todos los días iba a nadar a la piscina y hacía largas caminatas. Tan solo creía en la burguesía culta; no le gustaba la sociedad campesina y rural (que en aquel entonces era la mayoritaria en Hungría, y que se contrapone continuamente en su obra, como dos mundos irreconciliables), odiaba cualquier forma de violencia, y despreciaba profundamente la avidez y la sed de posesión.

Inflexible, altivo, riguroso con sus creencias hasta la obsesión, su idea de la democracia y su propia idea también de las élites sociales le hacían manifestar sin ambages su escepticismo por ese sistema –aun así necesario– en algunos pasajes de su monumental y espléndido Diario, escrito durante cerca de medio siglo, sin interrupción, y compuesto por varios volúmenes: «Desaparecidos los héroes entran en escena los comediantes», diría. Heroico e insobornable, se cuenta que durante el régimen fascista en Hungría del almirante Horthy, el período recordado como más sanguinario, y ya en pleno nazismo, Márai paseaba a menudo tranquilamente con su mujer judía (con la que viviría 60 años, hasta su muerte) por el centro de Budapest. Cuando algún «cruz flechada», los feroces nazis locales, lo paraba, él lo apartaba con un gesto altivo de la mano, siguiendo su camino.

Sin embargo, en 1948, con la implantación del régimen dictatorial comunista en su país, Márai, en un instante, puso fin a la celebridad, al contacto con su público fiel, a las comodidades y a la seguridad. Orgulloso e incorruptible no quiso compromisos con nadie y, desafiando al régimen, huyó de Hungría, prohibiendo expresamente la publicación de sus obras en su país natal. Pero ese no fue su primer exilio. Antes, al finalizar la Primera Guerra Mundial, ya había dejado su país.

Como dirá en su magnífico libro de memorias Las confesiones de un burgués, de 1935: «Tan solo veía tinieblas alrededor mío. A nuestras espaldas la guerra y la revolución; ante nosotros el caos político y económico; el tiempo que recelaba del reforzamiento de los valores; la moda de los eslóganes… Observaba todo —objetos, paisajes, seres humanos— como si fuese un testigo ocular que ve cada cosa por primera y quizá última vez y que sabe que un día les tendrá que rendir cuentas a los que vienen detrás… Una cultura, o todo lo que en general se define como tal —puentes, farolas, pinturas, sistemas monetarios, versos— todo ello se estaba cayendo a pedazos ante mis ojos».

En 1919, pues, Márai dejaría Hungría por vez primera e inició su primer período de exilio voluntario, cuando apenas tenía veinte años. Al principio fue a Frankfurt y luego a Berlín, hasta llegar a París. Gracias a su educación bilingüe trabajaría durante este período en las más prestigiosas publicaciones de la Alemania de Weimar, con crónicas de viajes, entre las que se encontraba una memorable realizada a Egipto, Palestina y Siria. Sin embargo, a finales de los años veinte, Sándor Márai decidirá volver a su patria, principalmente debido a su lengua, el húngaro, que tras su período alemán, había decidido adoptar de nuevo. Aun así, esta nueva inmersión la realizará sobre todo desde el ángulo del desarraigo y la no pertenencia a una patria concreta y fanatizada. Mientras la sombra del nazismo se extendía por toda Europa y se iniciaba una nueva oleada migratoria hacia Occidente, Márai siguió por el contrario un recorrido inverso al de muchos de sus ilustres y más conocidos compatriotas que escogieron el exilio.

Márai consideró cerrada la época de sus vagabundeos juveniles, y se dispuso a afrontar, entre las cuatro paredes de su casa de Buda «un exilio silencioso en la extraterritorialidad de la página blanca», como dejó escrito. Alérgico a todo tipo de regímenes autoritarios, más tarde, en 1948, cuando la democracia parlamentaria sea abolida en su país, emprenderá un nuevo y último exilio, una diáspora ya definitiva, que esta vez lo llevará principalmente al sur de Europa, a Italia, y más tarde a Nueva York. En 1968, aun teniendo ya la nacionalidad americana, volverá de nuevo a Italia, hasta que en 1979 decida regresar, esta vez definitivamente, a los Estados Unidos, a San Diego, donde en 1989, justo antes de la desaparición del Telón de Acero, se suicidará, disparándose un tiro de pistola.

«Uno construye lo que le ocurre —dice Henrik, el personaje de su célebre novela El último encuentro, de 1942— uno lo construye, lo invoca, no deja escapar lo que le tiene que ocurrir. Es como si se mantuviera unido a su destino, como si se llamaran y se crearan mutuamente.» Lo mismo que el protagonista de esta obra magnífica, también Márai sabía que tiene una tarea que cumplir: «No tengo poder ni armas que contraponer a nuestra época y al mundo sino son las de la escritura. Se cortan a pedazos los países para luego volverlos a coser de otra manera distinta, se violan los acuerdos, se conducen hacia la esclavitud a generaciones enteras para edificar las pirámides de nuevas quimeras…».

En su novela, La herencia de Eszter, Sándor Márai le hace decir a uno de sus personajes más viles algo clave, que deja traslucir un último y avergonzado deslumbramiento ante esos irreductibles guardianes de la «moral» que hay en cada momento y cada lugar de la Historia: «Uno adquiere la moral durante toda la vida, de la misma manera que adquiere modales o cultura. Hay personas que son unos genios en su carácter, como hay genios en la música o en la poesía. Tú eres un genio de la moral».

Su tardía recuperación lo asimiló inmediatamente a toda la genialidad austrohúngara y centroeuropea, desde Joseph Roth a Stefan Zweig, Musil o Canetti. Sus Confesiones de un burgués, es decir, sus memorias noveladas de infancia, adolescencia y juventud; excelentes novelas suyas como El último encuentro, Divorcio en Buda, La amante de Bolzano, La mujer justa, Los rebeldes o Música en Florencia, así como magníficas crónicas históricas como ¡Tierra, tierra!, muy especialmente (todas ellas aparecidas en la editorial Salamandra) le otorgarían el lugar que merecía: el de un grandísimo escritor, «un genio de la moral» incorruptible que, a lo largo de su vida, paralelamente a su obra narrativa, que sería la que le daría la fama entre el gran público, iría escribiendo sin cesar unos magníficos volúmenes de memorias y diarios donde brillaría con todo su esplendor su decidido compromiso ético y existencial con la turbulenta etapa que le había tocado en suerte.

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