Uno con ochenta, por favor, Saúl
«Saúl asistía cada mañana con puntualidad a su cita con el café más rico de la zona»

Una camarera atiende a un cliente en una cafetería. | Freepik
Había decidido hacerse con la mirada de Amanda pero no sabía aún cómo. Venían de mundos diferentes. Él tenía dinero, estudios y patrimonio familiar. Ella sabía cocinar para cinco con menos de lo que Saúl se gastaba en aparcar. Amanda tenía la mirada entre orgullosa y doliente y no le gustaban ni los coches grandes ni las carteras infladas. Contó Saúl con la suerte, de que, a pesar de eso, desde que ella le oyó hablar no pudo dejar de oír el timbre de su voz.
–Uno con ochenta, por favor.
Saúl asistía cada mañana con puntualidad a su cita con el café más rico de la zona. Amanda no se lo servía con el entusiasmo exagerado que acostumbraban los bares de moda del barrio, y eso, además de gustarle, le parecía honesto. Tampoco le dibujaba flores en la espuma ni le preguntaba de más. La miraba atentamente cuando se giraba para prensar el café, enganchar el portafiltro a la máquina y espumar la leche. El espejo sobre la cafetera, que coronaba la pared principal, hacía que pudiera verle mientras el rostro. A la vez, Amanda atendía más comandas, rellenaba la cesta de azucarillos, se agachaba para acercarle algo de la nevera a su compañero de barra, colocaba tres churros con un par de pinzas sobre un plato pequeño. A Saúl le parece que bailara. La observa sin poder apartar la mirada.
A las nueve de la mañana, Amanda lleva puestos más de cincuenta cafés. El ritmo frenético de las primeras horas de la mañana le hacen ver las idas y venidas de los clientes como una coreografía desenfrenada. Le dejan la mirada rumiante y el humor amargo. No disminuye la calidad de su trabajo pero tampoco le nace sonreír en demasía.
–Gracias.
–Saúl.
–¿Cómo?
–Que me llamo Saúl – le dijo tendiéndole la mano.
No hablaban. Lo justo, solo que ahora, al decirle la cuenta, incluía su nombre y eso le hizo sacarle una sonrisa cada día en los últimos meses. Amanda se pillaba a sí misma pensando en él cuando se quitaba el uniforme y llegaba a casa. Recordaba la forma de sus dedos, el trazo como una red de afluentes de las venas de sus manos. A veces, mientras se tocaba y sin proponérselo, le aparecían sus manos acariciándole despacio el interior de sus muslos. «Uno con ochenta, Saúl», decía en voz alta y su excitación se disparaba un par de números más. Dejaba que la imagen de las manos de Saúl la recorrieran como una corriente templada.
Saúl, al final del día, sobre la pared blanca de su apartamento ordenado le aparecía la imagen de Amanda sin pedir permiso. La firmeza de su gesto rezumaba una inteligencia discreta que lo atravesaba desde el espejo, como una bala perdida que rebota en el acero y te impacta directa en … No sabía Saúl aún en dónde. Había mucho de en la entrepierna y otro tanto de en la curiosidad; le surgían preguntas. Se acordó de la letra de una canción, «qué hace una chica como tú en un sitio como este», la tarareó sin lograr añadir una frase más. Recordó sus manos rápidas y dulces. Amanda las movía como un director de orquesta, con gracia y decisión. Se apretó la entrepierna para aliviar un inicio de tensión. Consiguió el efecto contrario. Las manos de Amanda se le aparecían poniéndole uno, dos, tres, once, quince cafés; y luego su rostro desde el espejo; su voz al decir su nombre; un principio de sonrisa.
De lunes a viernes, sobre las nueve de la mañana, Saúl decidía hacerse con la mirada de Amanda, sin saber bien cómo.
–Uno con ochenta, por favor, Saúl.
