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Literatura

Valentí Puig, aforismos de plata y sabiduría de florete

El escritor mallorquín publica ‘Azar y costumbre’, una colección de sentencias donde documenta el asombro de envejecer

Valentí Puig, aforismos de plata y sabiduría de florete

El escritor Valentí Puig. | Wikimedia Commons

El mundo es igual que un fractal: una suma de geometrías cuyo pormenor es infinito. El universo se asemeja a un cuaderno de innumerables galaxias que, a su vez, están hechas de planetas y estrellas. Un poema se divide en estrofas y estas constan de un número exacto de versos. Cualquier frase es un río de palabras en cuyo interior rigen las leyes de la división silábica. La realidad siempre se muestra como un compuesto de fragmentos, del mismo modo que la ciencia aparece bajo la forma de hipótesis validadas por la observación y la filosofía, más que en la creación de sistemas de pensamiento, consiste en saber articular unas cuantas buenas ideas.

No debería, pues, extrañar que la aproximación atenta a las cosas sea el método de conocimiento más fértil. Lo prueba, por ejemplo, el último libro de Valentí Puig (Palma de Mallorca, 1949), un breviario de reflexiones y sentencias que acaba de editar el sello Athenaica bajo el título de Azar y costumbre. Además de una excelente colección de aforismos, estamos ante un compendium de certezas, impresiones y asombros escrito al compás de los días —que suman las semanas que llenan los años—, en mañanas claras y noches de insomnio, cuando las agonías íntimas nos revelan todo aquello que durante la vigilia nos pasa desapercibido.

Además de un periodista de referencia, Valentí Puig es el mejor escritor de su generación (en español y en catalán). Un maestro a la hora de escribir con profundidad y estilo. Desde hace décadas publica con una periodicidad que sus devotos quisiéramos mayores dietarios en los que su verdad convive con ese fascinante ejercicio de mirar a los demás y sacar conclusiones, no siempre felices. En estos cuadernos vitales, llenos de reflexiones sobre lances y trabajos, épocas y ciudades, amigos y enemigos, la descripción sobrevuela hasta alcanzar, sin esfuerzo, una perspectiva panorámica. En sus páginas se custodian muchas máximas universales.

Un aforismo es una condensación de pensamiento expresada con las palabras justas. Ni más, ni menos. Rotundidad sin ortodoxia. Inteligencia con complejidad. Poesía escrita en prosa estricta. Saetas de inteligencia y realismo que dan en el centro de la diana. Sin embargo, hasta ahora Puig no había arrojado al mundo esta sabiduría de florete en un volumen desnudo, aliviado de las circunstancias y los personajes que le inspiran.

Ese día ha llegado. Azar y costumbre reúne frases y reflexiones que abrazan y actualizan, desde su concepción a su estructura (diez capítulos sin unidad temática), la tradición de los grandes moralistas franceses.  Esto es: mirar (y mirarse) con la crudeza y la certeza de quien no busca justificarse, y aún menos adornarse, sino dejar un registro de los descubrimientos cotidianos. Dado que la noria de la vida es un mecanismo aleatorio —un día tu góndola llega a la cima de la Fortuna, otro se detiene en la medianía y un tercero te sepulta en la sima— también lo es la distribución de estas meditaciones, escritas durante 2024 sin más aspiración que levantar acta de las paradojas y las sorpresas de la vida ordinaria a medida que transcurre.

Lucha contra el tiempo

Los aforismos de Puig versan sobre muchos temas, pero si hubiera que buscar un marco para interpretar sus destellos, diríamos que tratan, sobre todo, del asombro de un hombre que se enfrenta a la vejez con el mismo espíritu y el grand style de Montaigne, aunque su retiro moral no sea ninguna torre, sino una casa —con biblioteca y jardín— en Centelles (Barcelona). Lo hemos escrito en otro sitio, quizás en el epílogo de la reedición de Athenaica de El hombre del abrigo, el libro que el escritor mallorquín dedicase a Josep Pla, un ensayo insuperado e insuperable: Puig es un lector sagaz y omnívoro; un periodista culto y de culto; un poeta temprano, un novelista esforzado y un viajero que no necesita mapa.

Suma nuestro hombre 76 inviernos y el paso del tiempo lo ha convertido en un individuo que se enfrenta a la vejez con la perspicacia y la sinceridad que caracteriza a quienes ni se quitan años ni se engañan. Nos parece una actitud admirable. Gastar los calendarios es una sensación extraña. Keith Richards dice que uno no madura hasta el día que lo entierran. Puig lo formula de otra manera: «La adolescencia es como la sed: no se acaba nunca». Unas líneas antes anota: «Envejecer es dar por hecho que los otros envejecen peor que tú». Ambas frases, de alguna manera, expresan la lucha contra el tiempo que todos libramos y que, aun sin victoria, no es una tarea estéril. Nadie puede detener la rueda de las horas, pero mientras estas se sucedan, todo continúa siendo posible.

Puig describe la escritura de aforismos —en la nota del autor esboza una poética de la literatura de la brevedad— como «un destello de verdad compacta», una combinación entre «la libertad del ingenio y la anatomía del amor propio». «Un aforismo» —prosigue— «puede ser sospechoso de anecdótico o de cínico, argumentar un prejuicio o propagar una ambigüedad pero es así que, tantas veces, cristaliza la literatura».

Azar y costumbre es el almanaque literario de un escritor que, desde un recodo del camino, en tiempo de otoño, contempla no tanto el pretérito y el pasado, que vividos están, sino un presente que no cesa de vibrar y que permite —igual que la vida— ánimos múltiples. Puig se revela como un autor sin nostalgia, pero con sensibilidad: «Al final de cada época de tu vida, miras hacia atrás y casi siempre hay un hombre de tu misma edad, sentado sin mirar hacia nada». Digno: «No es un golpe de luz, pero un día sabes que no serás lo que quisiste y que eso no te hace de menos».

Irónico y brillante

A veces es humorístico: «Murió anciano y decrépito, en la plenitud de la inmadurez». Otras parece irónico: «Devastados por el amor de una mujer y ya descartado el ingreso en un monasterio, nos quedaba la barra de los bares solitarios, pero habían cerrado todos». Descreído: «Al último autor que dejó escrita una frase inexpugnable le han enterrado sin epitafio». Cáustico si es pertinente: «Periódicamente la literatura queda en manos de institutrices enloquecidas que publican novelas con un foso de monstruos y se quedan solteras». Brillante: «En época de universalización de tantos nuevos derechos es injusto no reconocer el derecho a ser cobarde». Paradójico: «La caridad también consiste en que al amigo le aceptemos que se crea un héroe moral». Realista: «Las ideologías más totales acaban por ser un lugar común cuando tienen el poder absoluto».

Si la ocasión lo merece, puede ser burlesco: «Cuando logres que los demás te pierdan de vista, quéjate de que nadie te tenga en cuenta». Sabio: «En su mejor acepción el sentido de la vida es adaptarse para no morir solo». Hasta metafísico: «La vida es azar y costumbre más que dominio de la razón». Sus aforismos son como estrellas de un cielo que arde antes de caer el sol. Un espectáculo memorable sobre la plata de los días de plata.

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