The Objective
La Europa de las letras

Irène Némirovsky: fin del camino en Auschwitz

Francesa de origen ruso, fue muy conocida en la época de entreguerras gracias a su obra David Golder (1929)

Irène Némirovsky: fin del camino en Auschwitz

Ilustración de Alejandra Svriz.

El 27 de julio de 1942, desde el pequeño pueblo de Issy-l’Évêque, en el Loira, donde se había refugiado con su esposa, la gran escritora Irène Némirovsky, Michel Epstein, antiguo banquero nacido en Kiev, lo mismo que Irène, y que igualmente moriría en Auschwitz, le escribe a Otto Abetz, embajador alemán ante el Gobierno de Vichy. Profesor de arte y admirador de la cultura francesa, Otto Abetz expolió numerosas obras de arte y, en 1940, elaboró un listado de autores y libros prohibidos. El poeta Paul Celan le llamaba «el rey Otto I». Pero Abetz no solo fue el embajador alemán, sino el responsable directo de la deportación de todos los refugiados y apátridas judíos que habían ido llegando al país galo huyendo del nazismo. Tras cumplir solo 5 años de trabajos forzados de los 20 a los que había sido condenado tras la guerra, moriría en un accidente de tráfico en Alemania cuyas causas nunca llegaron a aclararse.

En aquella carta de julio del 42, el marido de Némirovsky, como aparece en el volumen de correspondencia (Cartas de una vida) de esta escritora, se dirigía desesperado a este siniestro personaje, diciéndole lo siguiente:

«Excmo. Sr. Embajador. Sé que el hecho de dirigirme a usted directamente es un gran atrevimiento. No obstante, doy este paso porque creo que solo usted puede salvar a mi esposa […]. El lunes 13 de julio, mi esposa fue detenida, trasladada al campo de concentración de Pithiviers y, desde allí, enviada a un destino que desconozco. Dicha detención, según me dijeron, se produjo siguiendo instrucciones de carácter general dadas por las autoridades ocupantes en lo concerniente a los judíos. Mi esposa, la señora Epstein, es una novelista muy conocida con el nombre de Irène Némirovsky. Sus libros se han traducido a numerosos idiomas y, al menos dos de ellos, al alemán: David Golder y El baile […]. Asimismo, me permito señalarle que mi mujer siempre se ha mantenido al margen de cualquier agrupación política, jamás ha obtenido el menor favor de ningún Gobierno ni de izquierdas ni de derechas».

Finalmente, como señalará en el prólogo a estas cartas Olivier Philipponnat, biógrafo y gran especialista en la vida y obra de la gran escritora que fue Némirovsky, Michel sufriría la misma suerte que su esposa y aceptaría su destino: reencontrarse con su mujer pasando por la prisión de Le Creusot y, luego, por el campo de Drancy. Su última carta que, como dice Philipponnat, las hijas de ambos no llegarían a conocer, «resulta estremecedora». «Puede que pronto vea a Irène», escribe Michel horas antes de la salida del convoy de trenes que lo llevará directamente a la cámara de gas. Por otra parte, como señala el biógrafo, la publicación del Journal de guerre de Paul Morand en 2020 «tiñó de sarcasmo» los vanos esfuerzos de liberar a Irène. Si Morand parece «momentáneamente» conmovido por la suerte de Némirovsky, una de sus más fervientes admiradoras, este escritor colaboracionista «se mostrará indiferente ante la situación de los judíos, golpeados con saña por el régimen al que él servía».

Desde que en 2004 le fuera concedido el premio Renaudot por su novela póstuma Suite francesa, la escritora francesa de origen ruso Irène Némirovsky (nacida en Kiev, en 1903), deportada por los nazis en julio de 1942 y asesinada un mes después en Auschwitz, se convirtió en todo un caso literario. Aparte de tratarse de la primera vez en la historia que se otorgaba este premio de gran relevancia a alguien ya fallecido, la obra, un testimonio desgarrador sobre los tiempos de la Ocupación y la Segunda Guerra Mundial en Francia, causó una enorme conmoción.

Némirovsky fue una autora muy conocida en la época de entreguerras, especialmente a través de un libro escrito con apenas veintidós años, pero publicado algo después, David Golder (1929), en el que se trazaba un retrato inclemente de un gran magnate de las finanzas judío, mundo que conocía muy de cerca ya que provenía de una familia de banqueros rusos adinerados que emprendieron la fuga hacia Francia tras la revolución bolchevique. Otras de sus obras de más divulgación serían El baile (1930), El vino de la soledad (1935), Jézabel (1936) y La presa (1938). Por otro lado, se rescataría también en 2005 una excelente novela inédita, publicada en su tiempo por entregas (El maestro de almas). Pero sería en el citado 2004 cuando su hija Denise Epstein, más de 60 años después, daría a conocer el manuscrito titulado Suite francesa, compuesto por dos obras independientes, que había permanecido durante años encerrado en una vieja maleta familiar. Un manuscrito que se había conseguido mantener al resguardo de los trágicos acontecimientos que llevarían a la muerte a su madre y a su padre, el financiero Michel Epstein, mientras Denise y su hermana, hijas de judíos, aunque bautizadas, huían por toda Francia siendo solo unas niñas.

Sus visiones afiladas, poco complacientes, hipercríticas, ásperas con todo tipo de clases sociales y seres de las más diversas esferas, al modo de Balzac y, por otro lado, de carácter muy poco «gregario» con el mundo judío del que provenía, causarían en su día, y aún hoy, vivas polémicas y desconcertarían a muchos a causa de lo que entendían como una provocación excesivamente cruel y realista, que salpicó sin cesar su desencantada y pesimista obra. Este estilo radical y firme de encarar las cosas y de no dejarse engañar por espejismos apaciguadores de realidades que no se quieren asumir con toda su crudeza es lo que el lector encontraba ya desde el comienzo de su obra, con novelas como David Golder o, ya al final de su vida, con su magnífica novela que quedaría inédita, Suite francesa.

La lectura de este libro significa mucho más que el simple acercamiento a un documento trágico de una época fundamental para la historia de Europa, no solo de Francia. Un sentido trágico que se acrecienta dolorosamente si se piensa que se trata de la última obra que dejaría incompleta la escritora, pero perfectamente planificada en sus pormenores. En realidad, se trataba de una serie «sinfónica» compuesta por cinco novelas, de las que la autora solo finalizaría dos. Hasta el último momento, Irène Némirovsky no dejaría de escribir, aunque fuera perfectamente lúcida respecto al final «póstumo» que aguardaba a estas obras.

Estamos en los tiempos de la rápida débacle del ejército francés en junio de 1940. Vale la pena recordar estas fechas, porque a partir de entonces los acontecimientos ya no dejarían de desencadenarse vertiginosa y trágicamente para Irène y su familia. El 14 de junio las tropas alemanas desfilan por los Campos Elíseos y esta autora se convierte en testigo de primera mano del éxodo masivo de los franceses que huían hacia el sur del país. Según la línea de demarcación marcada por el nuevo presidente del Consejo, el mariscal Pétain, el sur era «zona no ocupada» y el norte, donde se encontraba Némirovsky, «zona ocupada». El 25 de junio Pétain declarará: «Un nuevo orden ha comenzado».

El caos provocado por el éxodo aterrorizado de ciudadanos que huían ante la invasión de los alemanes echaría a millones de franceses a las carreteras a lo largo de 15 días. Todos huían como podían, como se refleja en Suite francesa: los burgueses en los coches, los más jóvenes en bicicletas, otros en camiones de ganado o en vagones atestados por entre estaciones que habían acabado cerrando sus puertas ante las oleadas de prófugos. El desorden y la impresión de apocalíptico desbordamiento humano, huyendo de una muerte cercana, del saqueo o de la devastación causada por el enemigo, eran absolutos. Sin nociones claras de qué estaba pasando en realidad, de cuál era la autoridad al mando y de si finalmente se había firmado el armisticio, con el ejército replegándose sin poder atender ya a sus heridos, Suite francesa se convierte en un inapreciable y violento fresco que representa el pánico humano provocado por las guerras.

Un pánico animal a no sobrevivir que solo piensa en sí mismo y que acaba con todas las convicciones y valores, con «la caridad cristiana y la mansedumbre de siglos de civilización, que caían como vanos ornamentos y dejaban al descubierto un alma árida y desnuda», como se dice en la novela. El miedo, afirma Némirovsky, ha devorado desde hace tiempo las entrañas de «una cierta clase social francesa» claudicante: «la de los dirigentes actuales». Es decir, el gobierno colaboracionista que, tras negarle la nacionalidad a ella, una de las principales escritoras en lengua francesa del siglo XX, la entregará sin pensárselo dos veces a los nazis. «Un miedo», seguirá diciendo Némirovsky, «que ha llevado a la guerra y la derrota» y al único pensamiento de ponerse a salvo y calcular —como ella escribe— «quién hará menos daño, si los alemanes, los ingleses o los rusos». Aunque las críticas hacia el país en el que ha vivido hasta entonces sean amargas («¡Dios mío! ¿Qué me hace este país? Ya que me rechaza […] observémoslo mientras pierde el honor y la vida», exclamará), Irène se hace la firme promesa, tal y como relata en sus notas finales incluidas en este volumen, «de no volver a descargar mi rencor, por justificado que sea, sobre una masa de hombres».

Y esto es lo que hará a lo largo del relato: poner de manifiesto el sustrato moral y social que animaba a muchos cientos de «complejas y múltiples» individualidades. Individualidades que, con su renuncia o su acción decidida, con su miserable egoísmo o con los restos de una rara nobleza, representaban en su conjunto «a los que me rechazan, a los que están dispuestos a darnos la patada». Interesada en dar un retrato lo más compacto y general posible, sabe que hay que «unificar y simplificar», como precisa.

En su caso, por ejemplo, el antisemitismo y la política racial contra los judíos están ausentes en esta obra escrita en el abismo de la desesperación. Su intención es otra: se trata de representar a un universo sumamente diverso (grandes burgueses de París, banqueros avariciosos huyendo con sus queridas, humildes empleados que tienen a su único hijo en el frente, un cura que huye con los huérfanos que pretende proteger, un ridículo escritor que se cree indispensable para la lengua literaria que representa, o unos jóvenes «enemigos» que han tenido la desgracia de enamorarse), todos enfrentados por igual a un destino común y colectivo. Un destino que sólo «una época de guerra o de grandes transformaciones» permite ver en toda su desgarradora autenticidad. «El espectáculo más apasionante y terrible del mundo», como dirá uno de los personajes.

Por otro lado, en junio de 1940, diez días antes del inicio de la ofensiva y la llegada de las tropas alemanas, aparecerá en una revista un largo fragmento de su obra breve La vida de Chéjov. En este libro recuperado una vez fallecida, Irène comparaba al europeo de 1940 con la etapa de Alejandro III, padre del último zar Nicolás II, amenazados bien por la cruz gamada o por la hoz y el martillo que no tardaría en venir: «El mal reinaba entonces, al igual que ahora. No había adoptado formas apocalípticas como hoy, pero la violencia, la cobardía y la corrupción estaban a la orden del día. Como en el momento actual, el mundo se dividía entre ciegos verdugos y víctimas resignadas, todo era mezquino, estrecho, lleno de mediocridad», escribe Némirovsky.

En este bellísimo y apasionado ensayo sobre Chéjov, Némirovsky establecía un emocionante diálogo con su idolatrado escritor. En ambos casos, dos barbaries, dos totalitarismos están devastadoramente a las puertas de lo que hasta entonces se había conocido como «civilización», con todas sus injusticias y la falta de resolución de terribles desigualdades e incesantes descontentos sociales. Por un lado, el totalitarismo en curso nazi y, por otro, el despotismo fanático de los soviets, apuntándose ya en el firmamento con mil y una señales inquietantes en los tiempos de Chéjov. Dos espíritus libres, Némirovsky y Chéjov, misteriosamente cercanos, de fiera rebeldía ante el sometimiento, de la más irrenunciable independencia tanto a la hora de escribir como a la hora de escoger partido, se reunirán en este fascinante libro excepcional, que los abre a los dos en canal: a la Rusia del exilio y a la Rusia abandonada, pero jamás olvidada, del interior.

[¿Eres anunciante y quieres patrocinar este programa? Escríbenos a [email protected]]

Publicidad