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Literatura

Los rechazados de Tony Tulathimutte

El escritor estadounidense publica una novela ácida perfecta para tomar la temperatura de los tiempos actuales

Los rechazados de Tony Tulathimutte

Un joven con mochila. | Freepik

En los colegios mayores universitarios no hay peor mácula que la de ser un «siniestro». Se trata de marginados que, o bien han sido expulsados de las novatadas, o bien han decidido, por achante, pereza o insubordinación, no hacerlas. Y, a la manera de las reses defectuosas, quedan marcados. Se los empuja al abismo del rechazo. Las feroces guerrillas colegiales, cuando se han visto nazificadas por el fanatismo hasta perder el sentido común, señalan con su marcada indiferencia a los «siniestros», a quienes tratan con el desdén de una camarilla de bullies flojos de sesera. Los zagales discriminados tienen dos opciones: pueden soliviantarse en actitud transgresora contra la injusta marginación, o agachar la cabeza, digerir el mal trago y bregar con una soledad bastante ulcerosa por lo de ser impuesta.

La última novela del estadounidense Tony Tulathimutte, Rechazo (2025, ADN), es una galería de siniestros sociales. Cinco historias —levemente entrelazadas— redactadas con una prosa vívida y atinada sobre el mapa de soledades en el que se ha convertido la posmodernidad. Tulathimutte es un particular heredero de David Foster Wallace, en estilo y fondo, pero menos pesado en notas al pie y pajas mentales surrealistas. ¿Se deja arrastrar por la neurosis? Sin duda. No obstante, lo hace desde un fluido monólogo interior, a la manera de Memorias del subsuelo, de Dostoievski. Lo mismo que intentó Ray Loriga con su última novela, Tim (Alfaguara, 2024), pero sin esa premeditada sensación laberíntica. Hablando claro: Rechazo es una novela francamente buena, a la par cautivadora y nauseabunda.

En general, la obra está definida por una desvergüenza de filo humorístico, donde la coña marinera se entrelaza de manera natural con las lúbricas descripciones de encuentros patéticos, que llegan a inducir a la vergüenza ajena. De ahí lo de nauseabunda. Pero no porque Tulathimutte falle cual escopeta de feria: todo lo contrario. Es tan atinado, maneja con tanta soltura las idiosincrasias sonrojantes, chascas y ufanas, acompañada cada una por su lenguaje particular, que uno quiere cerrar los ojos por un instante para no estar allí, para no ver cómo el buen gusto queda descuartizado por el lamentable ombliguismo de los personajes.

Ahí reside la genialidad de la novela: en cómo el autor logra hacer el revelado en cuarto oscuro de todo lo que otorga o niega prestigio en el Occidente presente, y de cómo la hipérbole de esos principios rectores de lo deseable muestra su verdadera naturaleza. Un rosario de principios vengativos, rencorosos, basados con saña en ir repartiendo culpa como caramelos en una cabalgata.

Tulathimutte fusila. Micciona sobre la falsa solidaridad que se esconde detrás de ideales tan atávicos como la amistad o el amor, desde relatos actuales con chats grupales de amigas, blogs dirigidos por hombres de hombros estrechos y aliades que dicen odiar su propio género, u homosexuales adictos a la pornografía sadomasoquista, totalmente afectados por eso que los alemanes llaman Schadenfreude (un sentimiento de profunda alegría ante el dolor y el sufrimiento ajenos). Por lo general, este repulsivo impulso por euforizar la mala sangre y el deseo por ver arder la felicidad ajena para alcanzar la propia es algo transversal en la novela. Eso sí, todo desde esa progresía que, de cara hacia fuera, higieniza los gestos, pero de cara hacia dentro alberga hedientes cadáveres en el armario. Seguro que les recuerda a muchas anécdotas de la política reciente…

De todas las historias, la primera, llamada El feminista, es con creces la más irritante para mí. Las malas lenguas presupondrán que es por la crepuscular virilidad del protagonista, que supera con abyectas creces sensibilidades como mear sentado, compartir tareas del hogar o un total respeto hacia sus camaradas de género opuesto —o sin género, de hecho—. Pero no: no tiene que ver con ningún estandarte de la testosterona ni con que yo sea un escopetero enfrentado a la vulnerabilidad del macho. Es por lo profundamente narcisista y pusilánime del menda. Se trata de un personaje que se siente tan torpedeado por su falta de atractivo, tan inerme a nada que no sea una autodefensa de su irrelevancia —usando para ello un hiperfeminismo con el que critica el desorientado apetito de sus amigas por pichabravas y tíos sin su pelma hipersensibilidad—, que se hace francamente insoportable. El feminista reúne lo peor de la raza: victimismo, egomanía, falsa sensación de elocuencia, argumentario barato y una peligrosa tendencia hacia el sectarismo que, huelga decir, acaba llevando al tipo a cometer actos extremos y violentos. Rechazo es una novela que pide ser regalada a esa pléyade de tramposos modernos que dicen desear el bien ajeno, pero que, en el fondo, miran única y exclusivamente por la satisfacción de su propio deseo. Y luego pasa lo que pasa: que cuando no se salen con la suya, se quedan solos, y el mundo es terrible porque no los entiende y el problema son siempre los demás, nunca su cansina necesidad de atención. Un cuadro psicológico que convierte a las personas en «siniestros», rechazados por quienes los rodean, salvo que, en el universo de Tulathimutte, con toda la puñetera razón.

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