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Literatura

La Guerra Civil de Arturo Pérez-Reverte

La edición conmemorativa de la novela ‘Línea de fuego’ da un interesante contexto a la polémica por el evento de Sevilla

La Guerra Civil de Arturo Pérez-Reverte

El escritor Arturo Pérez-Reverte. | © Jeosm

«Los dos jóvenes apoyan otra vez los fusiles en el árbol, se sientan a la sombra y terminan de liar los cigarrillos. Zumban los mosquitos y suena el chirriar confiado de las cigarras». Así termina Línea de fuego. No es el peor spoiler de la historia. Podríamos ir unas páginas más atrás para averiguar en qué bando luchaban los dos jóvenes, pero prefiero hacer otro spoiler, este más personal: tras 675 páginas de infierno, me da igual si son fascistas o rojos, republicanos o nacionales, solo quiero que esos dos jóvenes y todos los demás personajes de la novela y de más acá de la novela salgan de una vez de esa inmensa mierda que, al parecer, algunos prefieren infinita, y puedan hablar de ella serenamente, como algo que ya fue y no debe volver a ser jamás.

Arturo Pérez-Reverte publicó Línea de fuego en octubre de 2020. Vendió muchos ejemplares, como es habitual en él, y ganó el prestigioso Premio de la Crítica, algo menos habitual. Ya explicamos en su momento cómo y por qué quiso retratar el autor nuestro gran trauma nacional desde las trincheras, tal y como la vivieron (y, sobre todo, la murieron) sus verdaderos protagonistas, los combatientes. Otra cosa, deja muy claro el libro, era la retaguardia. Era, es y probablemente seguirá siendo.

La editorial Alfaguara publica ahora una edición especial «en conmemoración del 90 aniversario de la Guerra Civil». No es un aniversario demasiado redondo, pero la polémica por el aplazamiento de unas jornadas en Sevilla sobre la Guerra Civil le ha proporcionado una relevancia bastante significativa. 

La edición se vende en un estuche que incluye la novela y un libro de 91 páginas con abundante material extra. Arranca este último con un breve texto del propio Pérez-Reverte que lleva por título el mismo que las famosas jornadas interruptus de Sevilla: La guerra que todos perdimos. Siguen un detallado análisis por Enrique Moradiellos sobre «el arte de representar literariamente una guerra civil», una amplia «conversación» del autor con Sergio Vila-Sanjuán en octubre de 2020 y una abundante documentación sobre la creación de la novela y, sobre todo, su recepción, con resúmenes de una buena cantidad de reseñas en prensa.

Lo más llamativo, por supuesto, y más después del follón de Sevilla, es el texto del propio autor. Dice: «Han pasado casi seis años desde que se publicó esta novela en España, y eso me da tiempo suficiente para comprobar sus efectos. Que han sido interesantes, incluso educativos para mí. Los lectores respondieron con su habitual generosidad y eso aumentó mi larga deuda con ellos. También las reseñas críticas en páginas y suplementos culturales fueron casi todas favorables, para mi sorpresa. Y esta sorpresa se vio aumentada por la concesión del Premio de la Crítica, inesperado por la rareza de un reconocimiento unánime en lo que a mis novelas se refiere». ¿Intuyó, o quiso intuir, Pérez-Reverte que ya se podía hablar civilizadamente de la Guerra Incivil, que diría Unamuno?

Abajo, en las trincheras

No seamos ingenuos. Evidentemente, tenía sus dudas. Sigue el texto: «El casi […] se debió a un único reseñador, en el suplemento cultural de un importante diario de edición nacional». Aunque admite que las críticas favorables son «gajes del oficio», dice Pérez-Reverte que recuerda esa «por su carácter pintoresco, que precisamente desnuda la principal razón por la que escribí Línea de fuego. Afirmaba el crítico […] —en ese momento máximo responsable de cultura del diario— que contar una batalla de la Guerra Civil desde ambos bandos tratando con idéntica objetividad a unos y otros combatientes era favorecer al bando llamado nacional, o franquista».

Y entonces dispara: «En la nuestra y en todas las guerras civiles que en el mundo han sido, una cosa es la bondad o maldad de las ideas, las causas, las motivaciones que desde arriba enfrentan a los bandos y llevan a la gente a matarse entre ella, y otra muy distinta la realidad que abajo, en las trincheras, en los campos de batalla, viven seres humanos obligados a luchar y morir por ideas propias —una minoría, y eso no me lo ha contado nadie—-, por azar o por simples circunstancias».

En la novela, el soldado Panizo reivindica una ética de la guerra: «Yo mato fachistas, no los asesino […] Para eso están los hijos de puta de nuestra retaguardia… Los milicianos que defienden a la República en los burdeles y los cafés». Y en el texto de cuatro años después, continúa Pérez-Reverte: «Y mientras como ocurrió en nuestra Guerra Civil las retaguardias son coto de caza de manipuladores, oportunistas. Canallas y asesinos, en los frentes de batalla, en la línea de fuego propiamente dicha, las cosas varían. En ese mundo que llegué a conocer muy bien no sirven los discursos moralizantes; lo que allí importa es la manera en que los seres humanos afrontan el sufrimiento, el horror y la muerte, y también cómo se manifiestan la crueldad y la compasión, la cobardía y el heroísmo, la bajeza y la decencia».

Seres humanos que, mientras están allí, se dedican a perder. Muchas veces la vida, siempre la paz. Pérez-Reverte presenta sus credenciales para contarlo: «Veintiún años como reportero en conflictos armados y nuestra tragedia civil contada por quienes la protagonizaron —mi abuelo, mi tío y mi padre lucharon por la República— me dan cierta autoridad para afirmar lo que afirmo».

Jordi Gracia y David Uclés

Y entonces remata: «¿En serio puede haber imbéciles capaces de comparar a los soldados del frente con los políticos y generales de uno y otro signo, o con la chusma criminal que, emboscada en las respectivas retaguardias, robó y asesinó con impunidad, llenando de cadáveres cementerios y cunetas que las familias de unos exhumaron apenas vencieron y las de otros tardaron medio siglo en poder recuperar?»

Todo apunta a que la reseña a la que se refiere es la de Jordi Gracia en el suplemento Babelia de El País, titulada: La Guerra Civil de Pérez-Reverte, demasiada pedagogía. Curiosamente, Gracia acaba de publicar en el mismo medio una reseña del último libro del gran antagonista de Pérez-Reverte en la polémica de Sevilla. El titular: El Premio Nadal de David Uclés: un pastiche plano, mohíno y desaborío. Gracia, autor de artículos tan literarios como Franco se le hace bola a Feijóo (y a Ayuso) o Los medios de derechas y el cuento de la neutralidad, no había reseñado en Babelia ninguno de los cinco premios Nadal anteriores. Este sí. ¿Equidistancia de última hora con el woke cancelador de capa caída por el hartazgo generalizado del personal?

Aunque también hay quien aprecia algo parecido a la inquina hacia cierto grupo editorial: véanse las reseñas de Gracia a los tres últimos premios Planeta (aquí sí que repite…): Vera, una historia de amor, de Juan del Val, ganadora del premio Planeta: una insipidez pavorosa, Victoria, de Paloma Sánchez-Garnica: un Planeta plagado de almíbar, trufado de tragedias y sin literatura, Las hijas de la criada: el fallido folletín de Sonsoles Ónega y la autoinmolación del Premio Planeta. Para la edición anterior, la de 2022, prefirió unir las críticas del ganador y el finalista bajo el título: La inanidad del Premio Planeta. Que sí, que literariamente los Planeta tienden últimamente al pestiño más lamentable. Pero… ¿Por qué se tortura Gracia leyéndolos con tanto detenimiento?

Que cada cual haga sus ecuaciones y despeje la equis que le dé la gana.

El ejemplo de Chaves Nogales

Unas páginas más adelante en el libro conmemorativo, mediada la conversación con Vila-Sanjuán, Pérez-Reverte abre el objetivo para abarcar un panorama más general: «Esa necesidad tan española de trazar líneas, blanco y negro, rojo y azul, esa vil, infame y a menudo peligrosísima facilidad española para decir ‘nosotros y ellos’ y negar al adversario cualquier virtud y aceptar todo lo de tu bando como bueno es lo que más me crispa, enfada y enfurece, porque linda con la estupidez. Eso es ya o fanatismo o estupidez, y a veces las dos cosas. El peor enemigo de la humanidad no es el mal, insisto, es el fanatismo y la estupidez, sobre todo cuando se alían».

Ya metido en materia, Vila-Sanjuán arranca lo, quizá, más parecido a una adscripción ideológica que se le puede arrancar a Pérez-Reverte: el chaveznogalismo. Cuando menciona a Chaves Nogales, el autor de Línea de fuego salta como un resorte: «Es paradigmático porque, siendo un hombre de izquierdas y un republicano que se esfuerza y trabaja para la República, al final se horroriza tanto de unos como de otros, y dice: ‘Tanto miedo me daban los asesinos del tercio como los analfabetos criminales milicianos’. Se va horrorizado y asqueado y dice: ‘Da igual el que gane, habrá un dictador en España’. Ese hecho no le fue perdonado ni por unos ni por otros. Por eso fue tan apartado. Me di cuenta de que era uno de los nuestros. Uno de los míos. Uno de los que me ayudaban a entender. No generaba rencor y odio, sino comprensión y terror, y espanto ante la barbarie. Me enamoré de él, hice artículos sobre él, y poco a poco los chavesnogalianos nos fuimos reconociendo unos a otros».

Hay mucho más en ese libro conmemorativo que acompaña la nueva edición de Línea de fuego, pero hace ya rato que pasé de las 600 palabras. Concluyamos que propicia un completo y fructífero acercamiento a una novela que ya adquirió un tamaño importante en su momento —recuérdese esa «unanimidad» del Premio de la Crítica—, diría que incluso lo dejaba bastante próximo a un hipotético concepto de Novela sobre la Guerra Civil por antonomasia de este tramo ya avanzado de siglo XXI. Vila-Sanjuán apunta que el conflicto «cada cierto tiempo da un gran superventas. En la época de Franco fue Gironella, en el año 2001, Cercas…» ¿Algo parecido a la etiqueta de Gran Novela Americana unánimemente aceptada por los estadounidenses (de cualquier ideología), que necesitan expresar las nuevas formas en que su identidad es puesta en peligro una y otra vez por ciertas desmesuras… y rescatada por las mismas virtudes de fondo?

La identidad española parece encallada en cierto cainismo, y el autor que intenta apuntar a un posible rescate en forma de lucidez suele recibir más palos que zanahorias. Pérez-Reverte le explica a Vila-Sanjuán que, durante mucho tiempo, la Guerra Civil no le interesaba «como materia principal narrativa porque pensaba, justamente, que ya había sido muy, y además muy bien escrita». Pero, «al ver el discurso que se está planteando en los últimos tiempos, que ha muerto la gente que fue testigo de aquello y que sólo queda el discurso ideológico, pero ya no los testimonios que permiten templar la ideología, pensé que sería incluso útil escribir esta novela. Para mí, por supuesto, porque quería ordenar un par de ideas, y también quizá para los lectores. Creo que era el momento. Dije: ‘Ahora sí’, y me puse a ello».

Y en ello estamos.

Los movimientos telúricos que dieron lugar al terremoto de Sevilla parecen indicar que esta novela ha tocado una placa tectónica clave de nuestra identidad. Para bien o para mal, signifique una cosa u otra, lo más lógico quizá sea realizar el extravagante esfuerzo de leerla.

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