'El mago' vuelve a las librerías en el centenario de John Fowles
El autor de ‘La mujer del teniente francés’ lograba combinar la exigencia literaria con el interés de un público masivo

El escritor inglés John Fowles. | Wikimedia Commons
«Le envidio» le dice el joven profesor inglés Nicholas Urfe al enigmático millonario Maurice Conchis, al que conoce en una isla griega a la que ha ido para dar clases en un colegio. El comentario lo provoca la fascinación que le causa la Villa Bourani, en que vive Conchis. Este le responde: «Y yo le envidio a usted. Usted tiene lo único que importa. Todavía tiene por delante todo lo que le queda por descubrir».
Este es el arranque de la conversación que mantienen en su primer encuentro los dos protagonistas de El mago de John Fowles (1926-2005), que acaba de rescatar Anagrama. Su retorno a las librerías coincide con la celebración del centenario del nacimiento del autor, que en los años sesenta del pasado siglo consiguió la cuadratura del círculo con sus tres primeras novelas. Se encaramó a las listas de bestsellers siendo un escritor de enorme exigencia literaria, cuyas obras rebosaban de referencias eruditas y complejidades estructurales.
Aunque fue la segunda novela que publicó, El mago fue la primera que empezó a escribir, en los años cincuenta, en un proceso largo y tortuoso. No es extraño, ya que se trata de una propuesta muy ambiciosa y monumental: 670 páginas de apretada tipografía. La edición original es de 1965, pero el autor, descontento, presentó en 1977 una nueva versión, con algunos cambios: un par de escenas nuevas, un par de escenas en las que incrementó el voltaje erótico y la omisión de diversos fragmentos que resultaban reiterativos. Esta segunda edición incluía además un iluminador prólogo en el que Fowles explica la gestación del proyecto, las influencias que lo inspiraron —en especial El gran Meaulnes de Alain-Fournier y Grandes esperanzas de Dickens— y el propósito que perseguía con esta obra. El libro no tardó en convertirse en novela de culto para los jóvenes lectores de la era hippy —la llamada generación de Acuario—, por su manejo de elementos mitológicos, espirituales y esotéricos.
El mago es, por encima de todo, una historia de iniciación, en su versión más retorcida. El joven profesor británico, recién salido de Oxford con el convencimiento de que jamás llegará a convertirse en el poeta que soñó ser, abandona a su novia neozelandesa y lo deja todo atrás para viajar a una soleada isla mediterránea. Allí entrará en contacto con un magnético millonario que lo someterá a una sucesión de juegos iniciáticos nada inocentes, en los que progresivamente se hace difícil establecer dónde están los límites entre la realidad y el delirio. Tienen un papel relevante en este viaje iniciático un par de turbadoras figuras femeninas, y ya muy avanzada la narración, aflora el pasado de Conchis en los tiempos de la ocupación nazi de la isla.
Hay no pocos elementos autobiográficos en esta novela, ya que el joven Fowles también viajó como profesor a una isla griega, Spetsai, que en el libro se transforma en Phraxos. A la publicación de El mago le había precedido, en 1963, la mucho más breve El coleccionista, que lo lanzó de inmediato al estrellato literario y con el tiempo lo envolvió en la polémica. Porque esta narración sobre un introvertido y solitario coleccionista de mariposas, que un día decide añadir a su colección a una chica a la que secuestra, sirvió de inspiración confesa a algún que otro asesino en serie de la vida real.
Adaptaciones al cine
El éxito de El coleccionista le permitió abandonar la docencia y dedicarse en exclusiva a la escritura. En 1968 adquirió Belmont, una elegante casa del siglo XVIII en Lyme Regis, en la región de Dorset. Allí escribió La mujer del teniente francés bajo el influjo de su autor favorito, que fue además el más famoso residente en esa parte de Inglaterra: Thomas Hardy. Esta tercera novela, la más celebrada de su carrera, apareció en 1969 y se convirtió en un fenómeno editorial, con arrollador éxito de crítica y ventas. Se trata de una deslumbrante pirueta literaria, que juega con los clichés de la literatura victoriana, pero incorpora a un narrador entrometido que mueve los hilos de sus personajes y reflexiona sobre la naturaleza de la ficción que el lector tiene en sus manos. La novela, calificada de posmoderna, ofrece tres finales alternativos.
La mujer del teniente francés tuvo una modélica adaptación al cine con un inteligentísimo guion de Harold Pinter, que urdió dos tramas paralelas: la de los personajes decimonónicos y la de los actores que los interpretaban, Jeremy Irons y Meryl Streep, estableciendo un juego especular de ficción dentro de la ficción. También las dos novelas anteriores de Fowles fueron llevadas al cine. El coleccionista la dirigió William Wyler, con un perturbador Terence Stamp en tenso duelo con la secuestrada Samantha Eggar. En cuanto a El mago, fue llevada al cine en 1968 por Guy Green, con Michael Caine, Anthony Quinn, Candice Bergen y Ana Karina. El escritor aceptó hacerse cargo del guion sin mucho convencimiento, atraído por el dineral que le ofrecían. Llevar al cine una obra tan compleja era misión casi imposible y la película fue un sonado fracaso. Sin embargo, pese a sus carencias, tiene también algunas virtudes y con el tiempo ha sido revalorizada como una extravagancia de culto.
Un dato curioso: como en Grecia se había producido el golpe de los coroneles, no se pudo filmar allí y el rodaje se trasladó a Mallorca. Las escenas de la playa, con baños en el mar, se rodaron en pleno invierno en la cala de Portals Vells, en Calvià, que desde entonces se conoce como la cala del mago. Hay un cómic, La peor película del mundo de Josep Cerdà y José Antonio Pérez que, con algunas licencias de ficción, reconstruye la historia de ese rodaje.
Los libros posteriores de Fowles no tuvieron la misma repercusión que sus tres primeras novelas. Entre ellos es especialmente recomendable La torre de ébano, que incluye la excelsa nouvelle que da título al volumen y cuatro relatos. Pero las novelas Daniel Martin, Mantissa y Capricho pasaron mucho más desapercibidas, al igual que varios ensayos filosóficos. La publicación de dos volúmenes de diarios —el segundo póstumo— no contribuyó precisamente a revitalizar su figura, porque contenían pasajes que fueron tildados de homófobos y antisemitas.
Literatura y éxito comercial
John Fowles representó en el primer tramo de su carrera un tipo de novelista que ya no existe. Capaz de construir una obra de máxima exigencia literaria y desbordante erudición que al mismo tiempo lograba conectar con un público masivo. A esta estirpe pertenecen figuras como Marguerite Yourcenar con Memorias de Adriano y Opus Nigrum, Manuel Mujica Laínez con Bomarzo y El unicornio, Umberto Eco con El nombre de la rosa, A. S. Byatt con Posesión o Donna Tartt con El secreto y El jilguero. O, en versión sintética, Borges con sus cuentos.
En el siglo XXI todo se torció con la aparición de El código Da Vinci de Dan Brown, cuya erudición era falsaria y su calidad literaria exigua. Un bestseller de baratillo cuyo ejemplo, por desgracia, cundió. Nunca me ha gustado abonarme al discurso quejica de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero la evidencia es que la estrella literaria del momento en nuestro país es un tipo con boina, discursito panfletario, demagogia de rebajas y notorias habilidades extraliterarias para medrar y salir en todas las fotos. Ha recibido un premio antaño prestigioso por una novela sobre Barcelona, de prosa escolar y erudición wikipédica. Supongo que ya habrán adivinado de quién les hablo. En fin, mejor lean El mago de John Fowles que, con su barroquismo y desmesura, ha aguantado en pie el paso del tiempo y en su día demostró que la gran literatura y el éxito comercial no son incompatibles.
