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Literatura

'Koljós', la terapia literaria de Emmanuel Carrère

En su último libro, el escritor francés profundiza sin concesiones en las fascinantes historias de su familia

‘Koljós’, la terapia literaria de Emmanuel Carrère

Emmanuel Carrère. | @vincentmuller

«La veo más bien resumiendo ese balance en unas pocas frases: me he equivocado en algunas cosas, a veces me ha faltado corazón, pero he hecho lo que he podido, estoy preparada […] Está feliz de haber recibido la unción de los enfermos y de haber arreglado sus cosas incluso con el Altísimo». Estamos probablemente ante la última frontera de la literatura. En las últimas páginas de Koljós (Anagrama) Emmanuel Carrère describe lo que considera que debió (poner o no aquí el «de» probabilístico es una decisión más que gramatical) ser la última confesión de su propia madre, muerta en agosto de 2023 por un cáncer fulminante. Su padre murió unos meses después.

Y no se queda ahí. Justo antes, había recordado aquella vez en la que Malraux le preguntó a un viejo sacerdote qué había aprendido en 50 años en el confesionario. Este respondió: «Dos cosas: primero, que la gente es mucho más infeliz de lo que creemos; y luego, que no hay grandes personas». A continuación, es el propio Carrère el que confiesa: «Durante mucho tiempo pensé que mi madre era una gran persona terrible, y seguro que me equivocaba».

Todo este libro, y probablemente toda la carrera y, qué diablos, toda la vida adulta de Emmanuel Carrère, es la historia de ese malentendido y de su desesperado intento de exorcizarlo. No sé si será muy correcto sacar conclusiones psicoanalíticas en una reseña literaria. Creo que el autor de la obra reseñada me descarga de responsabilidad al situar su propia terapia (literal, además de literariamente) en el centro del libro (también literal: en la página 242 de 448).

Dice que a su madre «nada le resultaba más ajeno, en cambio, que el freudismo, ni tampoco más adverso […] creía que yo iba a ver a alguien para hablar mal de ella».

«Pensaba que el psicoanálisis era una máquina para alimentar la queja y el rencor, y en el fondo no iba tan desencaminada. Pero hay una dimensión de esa práctica que ella no sospechaba y que quizá sea la intuición más profunda de Freud: lo que sucedió en nuestras relaciones infantiles con nuestros padres, nos pasamos toda la vida escenificándolo de nuevo con nuestros objetos de apego posteriores».

Episodios históricos

Y entonces: «He repetido mucho, tumbado en el diván, el episodio que acabo de resumir y que recogen estas dos imágenes: mi madre al teléfono detrás de las ventanas del salón, su mirada preocupada e incluso hostil hacia mí, su gesto impaciente para decirme: ¡Que te largues!’; o por el resquicio de la puerta de su habitación, mi padre acostado, postrado, todo él sufrimiento y terror […] Estoy dispuesto a hacer lo que haga falta para no seguir a mi padre en el infierno del abandono».

La editorial vende el libro como «una construcción narrativa deslumbrante, donde confluyen la historia de una familia y la historia de los siglos XX y XXI». Y hace bien. Fascinantes episodios históricos. Asombrosas revelaciones. Significativas reflexiones sobre la actualidad. Un ritmo adictivo. Todo eso está ahí.

La confluencia de familia e historia de la que fluye semejante torrente la resume, en las primeras páginas del libro, el discurso del presidente Macron en el funeral de Estado por la que llegó a convertirse en secretario perpetuo de la Academia Francesa: «Dice que por la sangre de nuestra madre fluían todos los ríos de Europa entre el Volga y el Rin, que entre sus antepasados se contaban príncipes rusos y barones bálticos, un general prusiano, la traductora de George Sand al georgiano, una dama de honor de la última emperatriz y al menos un regicida. Que unos vivían en la Toscana, en una residencia de verano de los Médici, que otros se paseaban con lobos por los salones de San Petersburgo, y que, después de haber poseído tanto, estas personas lo perdieron todo en la tormenta de 1917. Describe el mundo menesteroso y magnífico de la emigración rusa, los grandes duques convertidos en taxistas, las princesas que se ganaban la vida planchando a domicilio, y la hija pequeña tan orgullosa que, al inicio de cada curso escolar, sentía vergüenza cuando le tocaba deletrear su apellido: Zurabishvili».

Brutal. Como prólogo, inmejorable. Y, por supuesto, Emmanuel Carrère irá desplegando todo ese potencial narrativo con su habitual maestría. Pero en el discurso de Macron hay una segunda parte: «Saltamos veinte, treinta años: aquella jovencita se ha convertido en una especialista en la Unión Soviética, ‘ese gigante del que fue una de las primeras en advertir los pies de barro’, y llegan el reconocimiento, la gloria, la elección en la Academia Francesa. Con una voz suave, zalamera, y con unos silencios muy bien administrados, Macron la describe entrando en la Academia, bajo la cúpula, saludando a los presentes».

Muerte de los padres

Carrère también describirá esa etapa con pelos y señales. Pero antes rellena el hueco dejado por el político. El más doloroso. El del padre de la heroína. George Zurabishvili hizo lo que pudo por sobrevivir a la sombra de ese apellido tan difícil de deletrear en su nueva patria. Cuando los nazis invadieron Francia, su dominio del idioma alemán lo hizo muy interesante. Y colaboró con ello. ¿Hasta qué punto? Carrère explora esa sombra, sin conclusiones claras, hasta llegar al final terrible: tras la Liberación, unos partisanos se llevaron a su abuelo George y se hizo la oscuridad definitiva: «Nadie sabe cuándo ni cómo murió».

Su madre sí sabía que había muerto. Y se lo ocultó a su hermano menor, Nicolás. Este nunca perdonó esa omisión que lo hizo crecer con la vana esperanza del regreso del padre. El pequeño Emmanuel Carrère creció acunado por la ternura de su joven madre, paraíso inmortalizado en la foto de la portada del libro. Pero el rencor del tío Nicolás le abre un torrente negro de dolorosa verdad. «A estas alturas de la historia [cuando muere el abuelo George] mi madre solo tiene quince años, ya la retrato como una mujer autoritaria y dura, y finjo escandalizarme por lo que dice Nicolas,‘Hélène no es solamente una historiadora de la Unión Soviética; es una historiadora soviética’, cuando yo mismo he dicho alguna vez: ‘Mi madre te miente hasta cuando le pides la hora’».

El duelo por la muerte de sus padres tiene en un escritor como Carrère aristas inimaginables para cualquier otro ser humano. En 2007, ya encumbrado tras el éxito de El adversario, contó la historia de su abuelo George en Una novela rusa. Su madre, instalada en la gloria de la República tras una dura escalada social, le había pedido expresamente que no lo hiciera. Tras la publicación, estuvieron años sin hablarse. Ahora Carrère reconoce que «fue una pesadilla. Para ella. Creyó realmente que mi fiera exigencia y mi ansia de verdad [sic] iban a echar por tierra todo lo que ella había construido». No fue para tanto, como refleja el funeral de Estado, y tras el «cataclismo familiar» hubo algo parecido a una reconciliación, pero el veneno seguía corriendo…

Durante la escritura de Koljós, un amigo le recuerda a Carrére antiguas conversaciones sobre la noción de «piedad filial». Le dice: «Ni la entendías ni la querías entender. Ahora nos hemos hecho mayores, nuestras madres han muerto y tú escribes un libro sobre la piedad filial. Si no pierdes de vista esa piedad, si te sirve de brújula, será tu mejor libro». Tiempo después, enfrentado a su obra en construcción, Carrère se dice: «Ojalá fuera verdad. Me gustaría escribir este libro bajo el signo de la piedad filial, pero no estoy seguro de ser capaz». 

Tensión emocional

El corazón de la novela late al ritmo desbocado de esa duda. Produce la intriga más intensa que haya experimentado en cualquier lectura que recuerde. Ningún thriller puede igualar esta tensión. Se despliega en una alucinante ramificación de temas apasionantes que brotan tanto de la genialidad del autor como del infinito caudal de historias de su propia experiencia vital y la de su familia. Desde la ternura hacia los fascistas represaliados tras la guerra, a la despiadadamente lúcida descripción de los prohombres del 68 francés, pasando por la solidaridad con la Ucrania invadida por el tirano Putin o una descacharrante entrevista del gurú literario Pivot… Todo deslumbrante, una delicia.  

Pero, de fondo, siempre el eco de ese corazón, que acelera en el momento más cargado emocionalmente de la narración. Explica, además, el título del libro, que remite a las cooperativas agrícolas de la antigua Unión Soviética: «Nos instalamos para pasar la noche junto a nuestra madre, como cuando éramos pequeños y nuestro padre estaba de viaje supervisando las oficinas que tenían en provincias. Recordémoslo: extendíamos en el dormitorio de nuestros padres dos colchones en los que dormíamos Nathalie y yo, ya que el lugar junto a mamá en la cama de matrimonio lo ocupaba Marina, la más pequeña. Lo llamábamos ‘hacer koljós’».

Parece que la ternura va a ganar.

Sin embargo…

La madre de Carrère se siente rusa. Apuesta por el apaciguamiento de Putin y, aunque acepta la evidencia cuando se produce la segunda invasión y comienza la guerra, aún critica, por ejemplo, que un programa francés de televisión sea «biempensante», es decir, en sus propias palabras, «que santifique Ucrania y demonice Rusia»; llama «llorica» a una periodista ucraniana, e incluso insinúa una terrible acusación hacia una de las doctoras que la tratan, a la que descubre de origen ucraniano.

Carrére quiere escribir el libro sobre la piedad filial que lo reconcilie con su madre, pero siempre hay un obstáculo. Y excusas para encontrarlo. Carrére muestra cada vez que puede su preferencia por los débiles. Algo bastante habitual en personalidades de su estilo. ¿Exacerbación del ego lindante con el síndrome del Mesías o valiosa empatía y justa lucha por el bien? O quizás algo más.  

En la imagen de la portada del libro falta alguien que, en la última frase del texto, «sale de la maleza hacia el claro inundado de luz. El sol le deslumbra».

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