La singular heterodoxia de Álvaro Pombo
«La amalgama entre lo lírico y lo reflexivo que atraviesa su obra convierte al escritor en un ave rara en tiempos mediocres»

El escritor Álvaro Pombo en 2013. | Eduardo Parra (EP)
La de Álvaro Pombo es la heterodoxia más pura. Una peculiaridad esencial que se explica, primeramente, porque la fuente originaria de la que brota su literatura es la poesía. Además, su obra —que también incluye novela, relato y ensayo— pasa por el espeso cedazo del pensamiento filosófico. Esa amalgama entre lo lírico y lo reflexivo, que atraviesa su trayectoria, basta inicialmente para convertir a Pombo en un ave rara.
Pero hay otras razones para esta extravagancia. Como artista, Pombo, en particular en su etapa más tardía, no admite caracterización de ningún tipo, no pertenece a ninguna escuela, ni se apunta a tendencia alguna. Lo suyo es abrevar por fuera de la manada, buscar otros prados y volar lejos de la formación. Lo suyo es atemporal e innominado.
Es que la pombiana es literatura inusual, de alta doma lírica, al tiempo que meditabunda y surcada de influencias y ascendientes anglosajones, notablemente Henry James o Iris Murdoch. Narrativa, pues, que marida voluntad de sacarle todos los jugos posibles a la lengua, con personajes generalmente contradictorios y producto de juiciosos estudios psicológicos. Las letras de Álvaro Pombo están surcadas por la gravedad —en el sentido de gravitas—, destilan peso, circunstancia y jerarquía. Parecen escritas desde el enfoque de un narrador que se basa en los recuerdos y en los recuerdos de los recuerdos, con el fin de que los personajes asuman posiciones morales.
Y así, con la diferencia literaria como divisa, Pombo ha erigido una poética absolutamente distinguible, distintiva, y que ha significado la verdadera marca de una impronta. Es que el arte de Álvaro Pombo ni siquiera resiste a aquella clasificación dual que en su momento hizo Isaiah Berlin, sobre la base del fragmento de un poema de Arquíloco («Muchas cosas sabe el zorro, pero el erizo sabe una sola y grande»). Los intelectuales erizos, sostuvo Berlin con motivo de un ensayo acerca del carácter artístico de Lev Tolstói, suelen analizar el mundo desde el punto de vista de una sola idea directriz; en cambio, los pensadores zorros, que se caracterizan por la mayor capacidad de maniobra, están en posibilidad de destilar varias ideas a un tiempo.
En teoría de Berlin, los escritores e intelectuales erizos suelen moverse obsesivamente en un territorio acotado. Erich Auerbach (filólogo y ensayista alemán), por ejemplo, nos ha legado una corta cita que retrata el carácter recalcitrante e insistente —erizo— de la mirada de Marcel Proust: «…aunque la cadencia nerviosa, detallista hasta la exageración y entre irresoluta y persuasiva de sus frases, sea algo tan incomparablemente nuevo como la riqueza de su configuración interior…» (La cicatriz de Ulises, Acantilado, pág. 80). Esta obstinación de Proust es la misma que en su momento Virginia Woolf caracterizó como la literatura de la máxima sensibilidad con la máxima tenacidad; al tiempo que añadió que, en sus letras, el francés perseguía insistentemente los matices hasta conseguir su máxima tonalidad. Proust, pues, era un erizo clásico que merodeaba una y otra vez por su propia región y que esculcaba su creación de forma minúscula.
Mundo interior
Y en contraposición a la microscópica obcecación proustiana estarían (siempre en la idea dual de Berlin) pensadores zorros como William Shakespeare, inventor literario de la impronta humana, o Michel de Montaigne, el primer ensayista cosmopolita. Ambos tratan de abordar la integridad de los temas del ser humano, volverlos materia literaria, reflexionar sobre ellos y darles carácter universal.
El zorro Montaigne era, a la vez, un pensador laico y precursor de todos los hombres y mujeres de letras, además de glosador de los asuntos de inmemorial, como la libertad, la tolerancia, la amistad o la moderación. Es que, lejos de ser un sistema cerrado, la obra de Montaigne se basa en la inconclusión de las ideas —el francés no sentencia, explora— para ser tratadas una y otra vez. Hay pocos temas que Montaigne deje de lado en sus Ensayos, pero los toca con la modestia personal de los sabios, con el pensamiento individual como insignia y con la voz interior como método. Su carácter zorruno está, en cambio, en la ambición por pensar acerca de todo, en ensayarlo todo.
Álvaro Pombo no es ni un erizo (de una sola idea matriz, sublimada con obsesión) ni un zorro (con capacidad de moverse en varios frentes para indagar la posición humana). Creo que su arte, el arte literario de Pombo, se asemeja más bien al de un tigre: acostumbrado a cazar en solitario, por sus propios medios, pero señor de vastos territorios de acechanza, con amplias perspectivas. Pombo gusta de moverse a sus particulares aires, alejado de cualquier influencia distinta a su fértil mundo interior, fundamentado en la reinvención de la infancia, en la memoria de la familia, en la caracterización de personajes profundamente rubricados por dilemas morales.
Pombo está abocado a encontrar las luces y las sombras de lo humano, con un particular énfasis sobre las nubes grises, sobre las flaquezas del espíritu, sobre las indecisiones o sobre los dilemas morales. Y también, dedicado a tratar de dominar sus propias memorias, con la certeza de que son, en realidad, indómitas. En los recientes Cuentos autobiográficos —más bien esquirlas de sus recuerdos, ordenados a modo de relato—, Pombo admite que: «Para que la memoria fuese liberación del pasado, tendría que ser una memoria licuadora, limpiadora, dogmática: tendría que decidir ahora la significación de los recuerdos alojados en mi memoria. Pero no puedo dirigir esta liberación o rearreglo hacia atrás, de la misma manera que no puedo predeterminar, por más que lo desee, el futuro hacia delante: lo tengo informe de mí, tan informe como el pasado…» (Anagrama, Pág. 182).
Esplendor de la lengua
También es singular Álvaro Pombo en que, dada su formación y pulsión filosófica, a menudo especula acerca de su propia creación artística, le da vueltas y así la enriquece. En el trayecto novelístico de Álvaro Pombo (pienso en sus inicios, como en El héroe de las mansardas de Mansard, en sus digresiones sobre la fragilidad de la familia, como en Donde las mujeres y en El metro de platino iridiado, así como las obras destacadas de su período otoñal: Retrato del vizconde en invierno, Santander, 1936 o El Exclaustrado) hay varios rasgos en común, como si se tratara de un retablo. Entre estos, la visión de la literatura como el producto del complejo mundo del propio narrador y la concepción de la novela como el resultado de la experiencia, comunicada en la lengua. El hilo dorado que lo une todo es la literatura del pensamiento, de cavilaciones, exigente las más de las veces, pero con ambiciones de convertirse en pedrería de la lengua.
Por eso, no aplica, en el caso de Pombo, la antigua querella entre el fondo (la trama, la construcción de personajes, la necesidad de acción) y las formas, es decir, la elegancia al escribir. En El metro de platino iridiado, cuyo centro de gravedad es la toma de posiciones morales frente a la descomposición de la familia, encontramos esta trufa que enmarca el ethos literario pombiano: «…la singularidad acentuada por la reflexión y un perpetuo estado de alerta enunciativa: eso es el estilo» (Anagrama, Pág. 71). Pensar, comunicar ideas con el buen idioma, dotar de esplendor a la lengua. Por eso, el universo pombiano está compuesto, notablemente, por una larga y nutritiva lista de palabras poco utilizadas que pueblan sus a menudo largos y espumosos párrafos. Es que la lista de palabras pombianas merece algunos ejemplos: sirimiri, por lluvia menuda y persistente; secano, equivalente a una tierra de labores, sin riego; vaguada, la línea que marca lo más hondo del valle; o peana, un apoyo para figuras, o tarima delante del altar.
Así, en la dogmática artística de Álvaro Pombo, la novela debe ser desplegada frase a frase, como si se tratara de un pergamino que se va desenrollando —como la proyección de un plano arquitectónico, quizá— y la novela que se escribe y se corrige constantemente, una novela encima de otra y una a través de la otra. A tal punto que Pombo sostiene, para cimentar su teoría de la novela, que en su construcción interviene una especie de gestación de una criatura encima de otra criatura. Y justamente menciona al prenombrado Marcel Proust para recordar que el novelista francés murió de tanto escribir y corregir A la busca del tiempo perdido y que, de no haber sido por su fallecimiento prematuro, seguramente Proust seguiría al frente de sus galeradas, tachando, borroneando, rebobinando las frases y reconstruyendo los párrafos. Es que en la idea pombiana acerca del arte literario, un narrador no debería nunca de terminar de contar una cosa. Escribir, por tanto, a perpetuidad.
Tiempos cínicos
Álvaro Pombo es, como quedó dicho, un exégeta de las contradicciones humanas: un escritor de mar de fondo filosófico, que borronea sus textos justamente cuando la sociedad se ha convertido en descarnadamente práctica y desencantada. Un escritor de columna vertebral religiosa en tiempos no sólo profundamente laicos, sino también cínicos, y en los que han perdido terreno la compasión, la introspección, el recogimiento y el valor del silencio. En tiempos en que se corre el riesgo de revocar las cláusulas del acuerdo social ilustrado —la prevalencia de la dignidad humana frente al poder, la superioridad de la razón contra las supersticiones y el sentido del arte y de la historia, en contraposición a la vigencia de la fuerza bruta— Álvaro Pombo aparece, en realidad desde hace décadas, como un pájaro solitario que nos trata de transmitir, a lomos de esos recuerdos ingobernables, que las mujeres son seres particularmente sustanciales, en contraposición a los hombres, criaturas más bien accidentales; procura persuadirnos de que la materia prima de la literatura es el ambiente de la niñez, reinventado y expresado en la lengua, de la forma más fulgorosa posible.
Hay muchas razones para defender la calidad de Álvaro Pombo como cisne negro. Su inteligencia diamantina. Su socarronería. Su acidez al momento de hacernos ver los honores, glorias y miserias de las clases sociales; de las castas y subcastas. Su pulso por mostrar los contornos del erotismo y de la sexualidad; la posesión, el deseo, los celos (otra vez Proust). Su mirada aguda acerca de los efectos devastadores del orgullo y la soberbia. Sus glosas respecto de las infamias y naufragios de la mayor edad. No puede caber duda de que Pombo es singular. Un exótico en eras mediocres e inciertas.
