Ian McEwan: el fin de la inocencia
Maestro del suspense, de calibrar con matemática exactitud la aparición del primer estremecimiento de inquietud

Ilustración de Alejandra Svriz.
Maestro del suspense, de calibrar con matemática exactitud la aparición del primer estremecimiento de inquietud en sus novelas (un momento ya famoso, que sus lectores esperan, con una mezcla de temor y encogimiento), de dosificar unos refinados toques psicológicos de perversión y casi sadismo en pacíficos mundos que son asaltados por sorpresa, el británico Ian McEwan, nacido en 1948, en Aldershot, Hampshire, es uno de los mejores escritores de nuestros días. McEwan es un especialista reconocido en extender y desmenuzar hasta límites inimaginables la corrupción repentina de una ambigua fragilidad etérea, hasta entonces a salvo de la inocencia. O lo que es lo mismo: el primer impulso de crueldad, de destrucción y de depravación que aparece en una vida en pleno crecimiento. Ya sea esta la adolescencia enferma de imaginación y de literatura que representa Briony, la niña que «relata» el drama de Expiación, una de sus más espléndidas novelas, llevada al cine de forma magnífica en 2007; o ya sea el estado de madurez, hasta entonces pendiente de ponerse a prueba, de los jóvenes y desprevenidos amantes de El inocente, que se ven obligados de repente a responsabilizarse de un crimen inesperado y accidental, novela esta realmente espectacular, ambientada en el Berlín de la Guerra Fría y llevada igualmente a la pantalla por John Schlesinger en 1993.
El debut de McEwan en la literatura de su país no pudo ser más contundente: ganaría el prestigioso premio Somerset Maugham de 1976 por su libro Primer amor, últimos ritos y allí mismo comenzaría a cimentar ya su famoso estilo, sus perturbadores y célebres mundos del secreto y la inquietud que lo harían un narrador inimitable. Tras aquella primera obra vendrían otras espléndidas como El placer del viajero, Niños en el tiempo, Los perros negros, Amor perdurable, Amsterdam (que ganaría el premio Booker), Sábado, Solar, Cáscara de nuez, o una sátira descabellada y kafkiana en torno al Brexit, La cucaracha, de 2019, a la que seguiría la semiautobiográfica Lecciones y otra más, What We Can Know, de 2025, novela ambientada en un futuro, de dentro de 100 años, con un Reino Unido parcialmente sumergido por unas aguas amenazantes.
Por su parte, Chesil Beach, adaptada al cine en 2017, como sucedería con muchas de sus novelas y relatos, y La ley del menor, también llevada a la pantalla en el mismo año con el título de The Children Act, serían dos de sus más memorables, delicadas y sutiles obras.
Su novela Chesil Beach es una brillante, maravillosa y concentradísima tragedia de amor moderna que sin cesar se entrecruza con el despuntar y los sísmicos aires de cambio de toda una época. Una época en la que para hacer el amor ya no sería necesario casarse y para hacer frente al enemigo se inventarían las armas de disuasión.
A comienzos de los años sesenta, de esa década que revolucionaría todas las convenciones y encorsetamientos de costumbres conocidas hasta entonces en el mundo occidental, dos jóvenes de poco más de 20 años, Edward y Florence, que nada saben de relaciones sexuales ni de psicoanálisis liberador de bloqueos, se casan. Inmediatamente, esa misma noche tan ansiada por él y tan visceralmente temida por ella, a causa de una «repulsión invencible», inician un drama privado que les marcará de por vida. Provenientes de un mundo aún rebosante de tabúes impronunciables y mayoritariamente confabulado para impedirles el goce de cualquier tipo de sentido, Edward y Florence se aman profundamente y son capaces de hablar de cualquier cuestión rutinaria durante su año de noviazgo. Sin embargo, cuando el momento lo precisa, huyen con el terror de almas ofendidas y mancilladas al tener que tocar de cerca temas íntimos que atañen a su equilibrio y a su felicidad de pareja.
Sacrificados y abandonados en la cuneta de la última hora de un mundo que avanzaba ya a gran velocidad, «contenidos, timoratos y demasiado educados», Edward y Florence tendrán que sufrir su propia travesía del desierto en la mayor de las soledades y aterrizar en un esperado mundo de la edad adulta, no por ello menos frustrante por la falta de intensidad auténtica, de profundidad y «de paciencia», como reconocerá el propio Edward unas décadas después, evaluándose sin piedad. Un mundo larga y borrosamente esperado que Edward atravesaría sin metas, sin ambiciones, sin un amor verdadero que le duela o le llegue a conmover, sin compromiso alguno, al modo de un sonámbulo superviviente, «dejándose llevar por la corriente, medio dormido, poco atento, sin ambición, sin seriedad». Mientras, de vez en cuando, en alguna bifurcación del camino, «pensaba en Florence o hablaba mentalmente con ella, o imaginaba que le escribía o que se la encontraba por la calle».
¿Por qué escogió los años sesenta McEwan para centrar su angustiosa e imposible historia de un amor incomprendido? Una romántica historia de amor, fatalmente asediada por el más atroz y prosaico de los socialrealismos. Quizá en la elección de este gran narrador influyó al modo de una eterna e hipnótica fascinación, como ha sucedido otras veces en su obra, la cruel y desgarradora emoción que encarnan los amores que se acaban sin haber acabado jamás de amarse. Esos clásicos de la separación, marcados de por vida a causa del trauma de la no consumación de su historia, o de la imposibilidad de una existencia compartida «normalmente». Amores que han dado maravillosas obras en la literatura, desde La educación sentimental de Flaubert hasta, de forma más cercana, turbadoras y bellísimas novelas como Al sur de la frontera, al oeste del Sol de Murakami. O la misma y no menos magnífica Expiación del propio McEwan, que elevaba la cuestión a la categoría de obra maestra de nuestros días.
Al contrario que el mediático Martin Amis, gran amigo suyo, o el también mucho más locuaz Julian Barnes, de su misma generación, Ian McEwan lograría fomentar con el tiempo, y con grandes dosis de discreción, una de las más firmes e incuestionables obras de todo el ámbito anglosajón, incluyendo en esto las famosas dos orillas.
Si, para muchos, su mejor novela hasta cierto momento había sido la espléndida El inocente, de 1989, que John Schlesinger llevaría más tarde a la pantalla, en el momento de la aparición de Expiación (igualmente llevada al cine por Joe Wright), el escritor John Updike apuntaló firmemente el tópico utilizado hasta la saciedad por editores, críticos y lectores en general que de forma invariable siempre hablan de «la mejor hasta el momento». Updike dijo con rotundidad: «En el caso de McEwan y su novela Expiación, el tópico es absoluta e incontestablemente cierto».
La brillantísima, sutil, desconcertante, así como emocionante, novela de McEwan, Expiación (2001), se abre prodigiosamente en varias obras distintas. La mitad de ella escoge un ámbito voluntariamente cerrado y teatral, de elegantes mansiones campestres a lo Jane Austen, E. M. Forster o Evelyn Waugh. En 1935, en Inglaterra, a punto de estallar una feroz guerra en Europa, la trama inicial, y decisiva de cara al futuro, transcurre en su mayor parte durante 24 horas que cambiaron el rumbo de toda una familia, los Tallis. Unas horas que firmaron fatalmente el derrumbe de alguno de sus miembros y de ciertos personajes del entorno inmediato.
La obra, sin embargo, será susceptible, a través de un gran caudal de claves de lectura y de perspectivas, de ampliarse hasta el infinito en su campo de visión. En su práctica activa de puzle ambiguo, con un pie entre lo real y lo imaginado, navega entre la estructura más clásica, la escritura de un eterno tema y una eterna novela de amor, y lo más moderno, el juego y combinación vertiginosa de distintas miradas, posibilidades abiertas y tiempos narrativos. Aun así, McEwan, de forma sumamente inteligente, ofrece la posibilidad simultánea de dos lecturas, lo mismo de placenteras y fértiles: la lectura inconsciente, la absorción pura de una trama subyugante, que incluye como siempre en este autor el problema del Mal y de la inocencia culpable, junto a la lectura consciente y crítica, en la que interviene, de forma más que irónica, un análisis de la supuesta novela «en curso», espontáneamente realizado por el mismísimo Cyril Connolly, gran mandarín de la crítica literaria en Inglaterra durante los años treinta en que transcurre la acción.
Al comienzo de Expiación, Briony, aprendiz de escritora de 13 años, está escribiendo una obra de teatro, un plagio decadente y sentimental a lo Samuel Richardson, sin saber verdaderamente lo que es el «amor» entre adultos, los violentos vaivenes y seísmos que pueden nacer de él. De repente, un día, en la plácida mansión campestre perteneciente a su familia, presencia dos escenas seguidas dignas de la turbulenta sensualidad de D. H. Lawrence. La niña «sabia» se ve enfrentada a un incomprensible amor demasiado humano y demasiado real para sus años, para sus infantiles celos posesivos y para el limitado código literario que hasta entonces manejaba. Defensora de amores imposibles entre príncipes y dulces heroínas desvalidas y, sobre todo, depositaria y mensajera de los prejuicios de clase de la familia, así como, sin saberlo aún, de las pérfidas e inconfesables mentiras de los de su propia clase, acostumbrados a mantenerlas siempre hasta el final, si es necesario, Briony rechazará violentamente el amor de su hermana mayor, Cecilia, por el joven e inteligente hijo de la mujer de la limpieza, Robbie Turner, recién llegado de Cambridge. Pasará a denunciarlos y a convertirse en su principal testigo de cargo en un supuesto delito imaginario.
Tras sorprenderlos en la biblioteca haciendo el amor, Briony, confusa, malinterpreta la situación y cree que Robbie es un maníaco que está agrediendo a su hermana. Por la noche, al descubrir a su prima Lola, aparentemente «atacada» sexualmente por alguien en el jardín, decidirá denunciar a Robbie, identificándolo, sin ningún atisbo de duda, como el violador ante la policía. Hacia el final de la novela, Briony, ya convertida en una escritora famosa, arrepentida de su mal comportamiento en la turbadora y «maligna» edad de la adolescencia, decide escribir la novela de los hechos para encontrar su «expiación». Una apasionante y cautivadora historia en la que la mirada del lector «crece», a la vez que la protagonista que la narra.
Otra novela magnífica de este autor, con un tema sorprendente y con momentos de estremecedora intensidad emocional será La ley del menor. En ella nos encontramos con uno de los personajes más fascinantes de McEwan, la jueza del Tribunal Superior de Justicia de Londres, Fiona Maye. Una jueza especializada en derecho de familia, que ha ido arrinconando la idea de formar una propia. En esos momentos, su marido, Jack, le acaba de pedir educadamente que le permita tener una primera y última aventura, cuando está al borde de la sesentena. Mientras Jack se va de casa, a Fiona le encargan un delicado y mediático caso. Se trata de un adolescente, Adam, anormalmente maduro, y de una extraña sensibilidad, tan ingenua y lúcida como romántica, que está enfermo de leucemia. Asumiendo las consecuencias de la fe religiosa que profesa su familia, Adam se niega a recibir una transfusión que probablemente le salvaría la vida. Pero el problema es que aún no ha cumplido los 18. Ahí es donde interviene Fiona, que lo visita en el hospital, que conecta de un modo especial con él, mientras hablan de poesía, la pasión de Adam, pero que luego, al regresar a su tribunal, tiene que decidir, de forma inflexible, según la ley del menor vigente.
La maestría de McEwan al poner en escena esta compleja historia de dilemas éticos y morales es hablar, directa y crudamente, de ese lugar espinoso, casi insalvable, donde justicia y fe se encuentran y a la vez se repelen. La ley y la moral religiosa tienen sus propias normas. Pero frente a la decisión emotiva e irracional de una persona, ambas son poco convincentes. La ley, en este caso, se impone a la decisión paterna de impedirle a un joven curarse a través de una transfusión, debido a ser testigos de Jehová. Aunque su hijo albergue dudas, y como todos los jóvenes tenga el deseo de vivir, la fidelidad a las ideas en las que ha crecido y que se le han inculcado lo hunden sin cesar en un vertiginoso terreno de inseguridades. La minoría de edad del joven dará la razón a la justicia, en este caso impartida por una profesional tan estricta en sus juicios legislativos como en los personales.
La ciencia se impone a cuestiones espirituales, ancladas en supersticiones y tiempos pasados. Pero esta historia, poco a poco, va tomando otro giro. Salvado temporalmente, Adam comienza a confundir el agradecimiento con el amor. Adam representa la juventud y la ilusión perdida de la jueza intransigente, que también lo es en lo personal, a la hora de mostrar sus sentimientos. En el intervalo de tiempo, el protagonista supera la barrera de la edad y ya puede tomar decisiones por sí mismo. Ante el rechazo y la negativa de ella a cualquier presión, Adam decide abandonarse, dejarse ir, amparado por los preceptos de la tribu. Ya no hay ley del menor que se interponga. Por otro lado, como sucedía en el emocionante final del relato Los muertos de James Joyce, nadie hizo semejante sacrificio por esta mujer firme y racional, que cambia la posibilidad del amor (un amor complejo, quizá imposible) por el remordimiento y la soledad. «Ella también huyó —se dirá hacia el final de la novela—. No contestó a sus cartas. No descifró la advertencia en sus poemas. Cómo le avergonzaban ahora sus mezquinos temores por su reputación. Adam había ido a buscarla y ella no le había ofrecido nada en lugar de la religión, ninguna protección».
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