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Literatura

'La invención del agravio'; la falsa nueva normalidad del nacionalismo

En su nuevo ensayo, Félix Ovejero explica que la «normalización» de esta tensión encubre que todo está peor que nunca

‘La invención del agravio’; la falsa nueva normalidad del nacionalismo

Bandera estelada de Cataluña. | Paco Freire (Europa Press)

Los seguidores de la trayectoria intelectual de Félix Ovejero saben que, desde hace ya bastante tiempo, su preocupación por la deriva del problema nacionalista en España ha ido desplazando sus —ahora ya lejanas— indagaciones sobre la teoría y la praxis de la izquierda en el mundo contemporáneo. A esta cuestión candente de los nacionalismos periféricos —muy en especial del catalanismo— ha dedicado la inmensa mayoría de los artículos publicados en diversos medios y también su penúltimo libro, el brillante Secesionismo y democracia.

Cinco años después de la aparición del ensayo antedicho, la sorpresa —relativa— es que el economista catalán vuelve a publicar un libro en los mismos o parecidos términos: La invención del agravio. Nacionalismo y crisis de la democracia española (Alianza). El problema territorial, como siempre, una vez más, como el gran problema de España. Enfatizo esa persistencia o continuidad porque este punto es lo suficientemente importante para que nos detengamos brevemente en él, no por la contumacia del autor, sino por lo que la insistencia tiene de significativo exponente de la situación actual, es decir, en qué punto del proceso nos encontramos.

La propaganda oficial nos repite machaconamente la consigna de que las cosas han evolucionado de modo satisfactorio, que todo va mejor y que el conflicto territorial en España se está encauzando hasta el punto de no considerar exagerado hablar de normalidad o de algo muy cercano a ella. ¿Es eso cierto? Si así fuera, argumenta Ovejero, que recoge de modo explícito esa tesis en las páginas iniciales, nunca hubiera aparecido un libro como este. Entre otras razones, porque el autor se encontraría eximido de volver a un asunto sobre el que lleva ya gastados tiempo y esfuerzos ímprobos.

El planteamiento del ensayista catalán no solo no se adscribe al diagnóstico optimista, sino que lo rebate con furia, en una radical enmienda a la totalidad. Es casi un punto de partida que no necesita glosa alguna porque lo expresa con la contundencia de un puñetazo: «No creo que estemos mejor». Más claro aún: «Pienso que estamos peor». Por eso toca «volver sobre el fatigado asunto». Y ahora de modo más urgente y alarmado. ¿Por qué? ¿Qué ha cambiado? ¿Qué hay de nuevo? 

Lo nuevo son dos cosas: la primera, que la ley (empezando por la propia Constitución) no se cumple o, si se prefiere, sigue sin cumplirse en determinados territorios de España, pero hemos normalizado su incumplimiento; una dejación colectiva que se ha convertido en patología habitual. La segunda es la extensión casi general de algo parecido al síndrome de Estocolmo de los rehenes. Estamos tan en manos del secuestrador nacionalista y de su chantaje permanente que le agradecemos que ahora no incendie las calles. No nos engañemos. No lo hace porque no le hace falta: «Donde manda la mafia, reina la paz».

Si en el volumen anterior Ovejero ponía el foco en la aspiración secesionista, en este lo que se impugna es todo el universo nacionalista. Pero a estas alturas, después de tantas argumentaciones y tantas esperanzas que se revelaron vanas, no cabe hacerse la menor ilusión: «El nacionalismo no tiene remedio, al menos, en nuestro marco institucional, ideado para resolverlo». Y más allá de esa certidumbre, se bosqueja el supuesto fundamental del nacionalismo, que suscriben hasta muchos de los que dicen no estar en su órbita: «España es una anomalía antidemocrática».

Según ellos (los nacionalistas de toda laya), la España actual —«régimen del 78»— no sería más que la prolongación de la España franquista por otros medios, una superestructura opresiva de las naciones primigenias del solar ibérico, caracterizadas estas últimas por su esencia democrática y su vocación progresista. Ese es el marco interpretativo dominante, del que se sigue que toda demanda al Estado centralista no es solo un anhelo de más libertad, sino hasta una expresión democrática que no necesita más justificación y que, por descontado, debe ser atendida de inmediato, por las buenas (negociación) o por las malas (amenazas y agitación en las calles).

El corolario de este planteamiento es que solo se enterrará definitivamente al franquismo cuando se dinamite el marco de España «como nación política común». Frente a esa «fábula», este libro defiende que el «conflicto territorial» es un «pseudoproblema». Un falso diagnóstico pervierte el tratamiento y con ello alimenta la propia enfermedad. Dicho de modo más concreto, el «perverso sistema de incentivos» del régimen autonómico es el responsable del agravamiento de la patología. La paradoja resultante es que un falso conflicto deviene en real y grave conflicto, para el que no se atisba a corto plazo otra solución que esa conllevancia que enmascara el simple parcheo para ir tirando.

De esta situación es difícil salir, no solo por la inexistencia de incentivos para superarla, sino porque se ha creado una casta que vive (y vive muy bien) de la explotación de la misma. Ovejero propone cortar por lo sano. Su propuesta es radical, partiendo de la base de que nunca contentará a quien por principio se niega a ser contentado: no existe el problema territorial, sino el problema nacionalista, aunque ni la derecha ni la izquierda (o, para ser más precisos, los dos grandes partidos de nuestro sistema político) se atrevan a plantearlo así y extraer las consecuencias oportunas. 

El libro comienza analizando las raíces etnicistas del catalanismo, para explicar, entre otras cosas, el aliento xenófobo de Aliança Catalana. Sigue un examen crítico del relato nacionalista que dibuja una Cataluña oprimida por la bota del Estado centralista desde hace varios siglos. A continuación se desmontan los mitos nacionalistas de la historia contemporánea de España, en especial los referidos a las fases o episodios más controvertidos: República, guerra civil, franquismo y Transición. 

El título del capítulo siguiente, el quinto («El extravío de la izquierda»), es de por sí suficientemente indicativo de la opinión que le merece al autor la amalgama progresista con el nacionalismo (el «somos más» de Sánchez). Aunque son interesantes las consideraciones sobre las bases ideológicas del espíritu nacionalista, en mi opinión, la parte más enjundiosa del ensayo se reserva para los capítulos finales: el séptimo trata de la penosa construcción (y sistemática erosión) del Estado español en la época contemporánea y, por fin, el octavo y último capítulo aborda el «error de la transición».

Llamo la atención sobre este último, por cuanto Ovejero, tan refractario al pesimismo interpretativo de la izquierda radical (el fiasco de la transición) como renuente al optimismo de los partidos del sistema (éxito rotundo), observa que el erróneo punto de partida sobre la articulación territorial española, que se plasma en la misma Constitución de 1978, ha sido el causante de un proceso de deriva centrífuga que parece no tener fin. Dando alas a las propuestas nacionalistas, se ha profundizado en la fragmentación, la insolidaridad y la desigualdad, haciendo cada vez más lejano y utópico el ideal de una sociedad de libres e iguales. 

Termina el libro recogiendo los argumentos antedichos, reiterando el aludido rechazo a la conllevancia orteguiana y propugnando la «nación de ciudadanos». Hace falta, insiste, un radical «reajuste de la mirada», con valentía y decisión, pese a quien pese. No se puede transigir con los mitos nacionalistas ni mirar hacia otro lado. Si aceptamos el marco mental del nacionalismo, estamos perdidos. Tenemos un Estado desarticulado, incapaz de dar respuesta a los grandes retos colectivos de nuestra era. 

Dar la vuelta a esta deriva es dificilísimo, cierto, pero… ¿Qué hacemos entonces? ¿Resignarnos? Por lo pronto, lo primero es dar la batalla de las ideas. Sin complejos, como hacen ellos. Hay que fortalecer también los vínculos de ciudadanía a nivel emocional. Y, por último, hay que acometer cambios políticos: por ejemplo, en el sistema electoral. El escepticismo acerca de la viabilidad de estas medidas solo conduce a la pasividad y ahonda la frustración. Cuanto menos hagamos ahora, más difícil resultará todo en el futuro inmediato.

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