Rodrigo Chuit Roganovich o la inquietante fascinación por lo raro
‘Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores’ explora la hipótesis de un ente que surge en Patagonia en varias épocas

El escritor argentino Rodrigo Chuit Roganovich. | © Alejandra López
Una legión de fantasmas recorre no Europa, sino el mundo entero. Y no tienen nada que ver con el comunismo. Marx y compañía fracasaron estrepitosamente en su intento posmoderno de reencantamiento con sus mitologías de cartón piedra, pero la necesidad persiste… y el mito sigue al acecho. Un selecto grupo de escritores lo está rescatando desde eso que llaman estética weird y, para entendernos, actualiza a Lovecraft sin desgastar su esencia: el misterio. Rodrigo Chuit Roganovich (Córdoba, Argentina, 1992) es uno de los últimos en sumarse.
Su novela Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores (Alfaguara) ganó el Premio Clarín de Novela con la historia de una extraña planta de enorme extensión y algo parecido a la consciencia que brota en la Patagonia argentina cuando la humanidad eleva el tono de su culto a la violencia. Las inquietantes características del ente se irán revelando en una trama repartida en cuatro épocas: 1504, 1888, 1945 y un amplio futuro que empieza en 2035.
El jurado del premio lo componían Mariana Enriquez, Samanta Schweblin y Alberto Fuguet. Las dos primeras, también argentinas, son las grandes guardianas del nuevo movimiento. Enríquez, su hembra alfa, ve en la novela algo así como un esqueje «en la tradición del weird y con citas a Arthur Machen, Lovecraft o Chambers, con algo de terror ecológico y una notable reconstrucción histórica». Schweblin, quizá en el papel de lugarteniente, recoge consideraciones más técnicas: «Un libro complejo y literario, y a la vez un dispositivo hipnótico cargado de tensión».
El premiado explica su aportación a la causa en la cita con la que arranca la novela, de Charles Lamb: «El hecho de que el miedo de que tratamos aquí sea puramente espiritual (…) plantea problemas cuya solución puede aportarnos una idea de nuestra condición previa a la venida al mundo o, cuando menos, un atisbo del tenebroso reino de la preexistencia». Ese escorzo dispone una nueva mirada a los desmanes del colonialismo, las fausticas exhibiciones tecnológicas del Londres victoriano, la locura imperialista japonesa y el holocausto atómico y un futuro inquietante.
Recuerda Rodrigo Chuit Roganovich que en su primera novela, Quiebra el álamo, «la alteridad radical, la otredad inasimilable por las categorías antrópicas, venía del cielo, de arriba, del espacio exterior». En esta le interesaba «trabajar el procedimiento inverso: la otredad radical, incomprensible, no viene de las estrellas sino que se encuentra ya acá, sepultada bajo la tierra». Y se puso a leer «manuales de botánica y de geografía, crónicas de la Londres victoriana», y a «volver a estudiar la historia de la Conquista y la historia de la conformación de mi país», además de «ciertos libros fundamentales de Lingüística que ya había leído en la universidad, entre otras cosas».
Civilización y barbarie
De ese magma salió el ente extraño que protagoniza la novela para mostrar las grietas del superlativo ego humano: «El mundo globalizado tiende a presentarse como una unidad indivisible. Los mercados, las empresas y el internet contribuyen mucho al imaginario de la hiperconexión. Esa imagen no es más que un mito. Probablemente nunca estuvimos tan desconectados el uno del otro como en los tiempos que corren: el mundo contemporáneo no produce sino archipiélagos, estructuras insulares pequeñísimas. Me interesaba trabajar la idea de la totalidad. Al menos una forma de totalidad cercana a lo que Spinoza entendía por sustancia. Una totalidad natural, no humana. Una totalidad perteneciente a un ‘tiempo arqueológico’, desacoplada radicalmente del ‘tiempo antropomórfico’, y como tal, una totalidad sin ningún tipo de reparo ni interés respecto del proyecto de vida antrópico». En definitiva, «la categoría filosófica de Dios. Y cómo ese concepto encarnado (ya en una planta, ya en un obelisco como en mi primera novela) produce efectos concretos en personajes y comunidades humanas».
La Patagonia se antoja el ecosistema ideal para sembrar una narración de la que broten semejantes disquisiciones. Pero, para un argentino, es también propicia a experimentos mentales muy interesantes: «Es un territorio en donde se juega la definición misma de territorio. Su concepto es un campo de batalla simbólico, político, económico. La literatura argentina nace, en parte, en las disputas por la representación de la Patagonia. Echeverría, Sarmiento, Hernández: la Patagonia como el límite entre la civilización y la barbarie, el límite entre lo científico y lo mágico, entre lo racional y lo mítico, entre la cultura y la naturaleza».
«Me interesaba» —continúa Chuit Roganovich— «jugar con el hecho de que aquella enorme extensión de tierra que algunos de nuestros escritores, políticos y militares llamaron ‘desierto’ durante tanto tiempo no era sino el lugar específico en donde se encontraba la única totalidad verdaderamente existente en la Tierra». Bonita forma de reventarle las costuras a términos como glocal.
En cualquier caso, la narración despliega una diversidad de voces embridadas con éxito en un ritmo hipnótico. La rama de 1504 crece desde la voz en segunda persona del capellán de Isabel la Católica, que le cuenta a la reina un viaje lisérgico a la Patagonia tras la pista de una cura al cáncer de útero que terminaría con su vida. Llama la atención, por cierto, la constante apelación del capellán al amor de la reina por sus súbditos indios, en poderoso contraste con el desprecio hacia los más vulnerables de las élites inglesas de 1888.
Bomba atómica
Ese arco temporal victoriano lo escribe, en una tercera persona epistolar, un argentino en Londres. La versatilidad narrativa decantó su elección: «Tenía que ser alguien lo suficientemente adulto para haber participado en la llamada Campaña del Desierto del presidente Julio Argentino Roca, en la que se avanzó sobre territorio indígena patagónico, y lo suficientemente viejo para ser nombrado en el gobierno de Juárez Celman como diplomático para viajar a Londres en los años de Jack el Destripador», contexto perfecto para que la modernidad científica e industrial muestre su verdadera, aterradora faz, con resortes ocultos del poder que bien podrían entroncar con la conspiranoia suscitada por los Epstein de ayer, hoy y siempre.
La elección de 1945 era inevitable, impuesta por «el miedo y la fascinación simultánea» que le provoca al autor aquella cita del Bhagavad Gita por Oppenheimer tras la prueba Trinity de la bomba atómica: «Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos». Queda un último arco, el más misterioso, en el que a la nieta del protagonista de la trama de 1945 le diagnostican un cáncer: «No podía ejecutarlo más que a través de una primera persona intimista, a veces delirante y onírica, y siempre en presente, para poder reunir el pasado y múltiples futuros cercanos y remotos en un mismo punto». El formato de la ciencia ficción crece aquí hasta desbordarse en una textura cercana al surrealismo, una exploración destinada a un fructífero fracaso de lo inefable, más allá del tiempo y el espacio.
«Estoy siempre detrás de esa sensación entre la fascinación y el miedo, entre la maravilla y el terror. En suma, ‘lo sublime’ kantiano. Busco todo el tiempo esa experiencia en el arte y en la naturaleza. Cuando aparece, entiendo que estoy frente a algo verdadero, y me gusta perderme, dejar de ser yo un rato. No me da miedo perderme ahí. Lo sublime suele ponerte en contacto con la parte más sensible de nuestra especie», concluye Chuit Roganovich.
No está solo en esa búsqueda. «Creo que lo weird —y todas sus variantes— es de las pocas disposiciones artísticas que hoy intentan hacerse cargo de las ‘fugas ideológicas del capitalismo contemporáneo’; de las pocas expresiones que intentan hacerse cargo de aquellas cosas que todavía flotan, relativamente indeterminadas y sin respuesta, fuera del relato que nos propone el capitalismo. Estos miedos, estos temores y esperanzas, estos deseos y estas vergüenzas son el contenido concreto de lo weird», que tendría una especie de misión reparadora de fórmulas atascadas: «Personalmente, amo el realismo. Hay mucho de lo que intento hacer que ya está, por nombrar solo algunos contemporáneos, en Cormac McCarthy, en Claire Keegan, en Mircea Cărtărescu y muchos otros. Va a ser hermoso cuando se renueve».
