Sánchez-Ostiz y el flujo de (in)consciencia de la Santísima Transición
Malas Tierras rescata ‘Las pirañas’, la colosal novela del escritor sobre el trasfondo moral de la España de los años 80

El escritor Miguel Sánchez-Ostiz. | Wikimedia Commons
La anécdota, que es además una categoría, la refiere Umberto Eco en una entrevista. París. Interior, tarde. Pablo Picasso, príncipe del arte moderno, termina su célebre retrato de Gertrude Stein, escritora y mecenas de artistas famélicos instalada en la capital francesa. Cuando la millonaria norteamericana contempla el lienzo del pintor malagueño, le dice: «No se parece a mí». Picasso responde: «No se preocupe, ya se parecerá».
Es una salida irónica que encierra una verdad invisible: el tiempo, que trastocaría sin remedio el aspecto de la modelo, condenada a envejecer, se encargaría de que la imagen de Stein que perdure no sea la de su rostro, sino la fijada en el cuadro. Su perfil carnal cedería su lugar al artificial. La realidad —viene a explicar Eco— no es como es. Es como la recordamos.
Algo equivalente cabe decir de la extraordinaria novela de Miguel Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950) que la editorial Malas Tierras acaba de rescatar del silencio del olvido. Es una obra maestra. Un libro excepcional que, simplemente por contraste, muestra la decadencia narrativa que la constante avalancha de novedades editoriales es incapaz de disimular.
Las pirañas es un libro anacrónico y, al mismo tiempo, adelantado a su tiempo. Publicado por vez primera por el sello Seix Barral en 1992, tras el deslumbramiento que su manuscrito causó en Pere Gimferrer, uno de los mandarines de Planeta, el Círculo de Lectores —ora pro nobis— le dedicaría un año después una noble edición solanesca. Ambas están descatalogadas. Hubo de esperar un cuarto de siglo —hasta 2017— para que un sello independiente (Limbo Errante) la resucitase, aunque de forma efímera.
Malas Tierras cierra ahora el círculo con el segundo y pertinente rescate, confiamos que definitivo, de esta novela antológica que es una suerte de viaje sonámbulo a la placenta sociológica de la Santísima Transición, ese tiempo —para muchos mítico— construido con la arena de una playa contaminada. Las pirañas es un aguafuerte colosal sobre la España de comienzos de los años ochenta, cuando los socialistas se instalan en el poder y vuelan todas las convenciones morales heredadas. Nos habla de un mundo, sospechosamente similar al presente, sobre el cual algunos todavía relatan sus luces y ocultan sus sombras con el fin de embellecerse.
Degradación moral
En cierto sentido, puede considerarse una novela documental sobre la degradación moral de España —vista desde Pamplona, la capital del antiguo Reyno de Navarra— en los tiempos de Luis Roldán, gobernador civil de Navarra desde 1982 a 1986, antes de que fuera ascendido a director de la Guardia Civil. Una especie de precuela de las tramas corruptas que ahora tienen a Cerdán, Koldo y Ábalos como actores principales del vodevil.
El libro, que convirtió a Sánchez-Ostiz en un escritor capital de nuestras letras, aunque no tuviera una fortuna editorial paralela, lo que dice mucho del escaso criterio literario de los grandes sellos, obligó a su autor a abandonar Pamplona y a refugiarse en el valle del Baztán, ante la hostilidad que la fidelidad de su relato provocó entre los concernidos. Sus personajes de ficción, identificados por sus motes, nada tenían de imaginarios. Eran de carne y hueso. Tampoco su reacción fue fruto de la invención: amenazas personales, insultos, llamadas a medianoche y hasta una agresión física.
El escritor navarro, que pertenece a esa misma generación a la que los años ochenta sorprenden en la treintena, había decidido jugársela (socialmente hablando) para crear un tapiz colosal de su ciudad lleno de arrebato y sinceridad. No es la única vez que lo ha hecho, como demuestran El escarmiento, La sombra del escarmiento y El botín, su trilogía narrativa sobre la Guerra Civil, donde víctimas y victimarios tienen nombres, apellidos y filiación concreta. Escudos de linajes infames y sangrientos.
Sánchez-Ostiz es, pues, un escritor grande y valiente. Toca todos los géneros. Su literatura está hecha de una asombrosa aleación entre la mejor tradición literaria española y los autores de la modernidad francesa. Las pirañas, que se manifiesta como un torrencial monólogo interior o flujo de (in)consciencia, dividida en cuatro jornadas, bebe de la picaresca española —El Lazarillo, Guzmán de Alfarache y, sobre todo, El diablo cojuelo— y de la prosa arrebatada de Louis-Ferdinand Céline y su Viaje al fin de la noche.
Fuerza expresiva
Incluye todos los registros verbales posibles —parte de su fascinación consiste en ver cómo conviven en el discurso del narrador los cultismos y los vulgarismos, lo más noble y lo plebeyo, lo cómico y lo trágico, los arcaísmos y los neologismos— y cuenta (sin orden aparente) ese cúmulo de sensaciones y experiencias que Roberto Arlt llamó la «vida puerca». Tiene algo de las Luces de Bohemia de Valle-Inclán y un marco narrativo que recuerda a la Divina comedia de Dante, aunque en lugar de Virgilio, quien acompañe al poeta sea un Caifás. Posee además un aire celestinesco —donde lo alto y lo bajo se entreveran— y una fuerza expresiva envidiable.
No cuenta una gran historia, sino una suma (acumulativa) de muchas. Todo en ella es ambiental: las tabernas, los personajes (animalizados), la ronda de borrachos, la obscena fiesta del pelotazo, la degradación de una élite sobrevenida que se mete rayas de coca en los retretes y baila la conga en los burdeles porque el mundo se acaba. Las miserias de una ciudad de provincias —donde todo el mundo sabe todo de todo el mundo— en la que, en vez de un cambio político, lo que triunfó es la voluntad de medrar, el afano, la vanidad y la humillación, que dan forma a un inmenso grotesco.
La voz narrativa pertenece a un fantasma —Perico de Alejandría, inspirado en un personaje real: un depravado hijo de la inclusa de la Pamplona del carlismo— que relata el mal pasar de un abogado —«nuestro hombre»— y su inmersión paisajística por los estratos y detritus de aquel sitio histórico. Toda la potencia de la novela, que es mucha, radica en el lenguaje, donde Sánchez-Ostiz, que escribe como Rabelais o Villon, muestra una maestría al alcance de pocos escritores. Las críticas que recibió hace 30 años la describen como difícil, pero este juicio solo descalifica a quien lo enuncia. Su prosa es magnífica: reconstruye verbalmente la orgía de excesos que, entonces y ahora, identifica el eterno naufragio español, incapaz de desligarse por completo del esperpento, la crueldad y el ridículo trágico.
Culto al dinero
Es asombroso que Miguel Sánchez-Ostiz, cuya obra literaria se acerca casi a un centenar de títulos, no cuente con mayor visibilidad y reconocimiento. Acaso esta injusticia se deba a que nunca hizo demasiada vida literaria y a que no vive ni en Madrid ni en Barcelona, ignorantes ambas de casi todo lo bueno que —literariamente hablando— sucede en el resto de la España real. Su obstinación creativa y su desprecio por los padrinos tiene, no obstante, una ventaja: le permite ser absolutamente libre, un escritor pendenciero y contestatario. Casi se diría que es nuestro mayor autor punk.
Admirador de Michel Leiris, Sánchez-Ostiz practica una forma de escritura —sin puntos y aparte, sin preceptiva— que busca la cornada. No es raro que las criaturas de Las pirañas, cuyos secretos familiares y vicios generacionales están en el corazón de este libro asombroso, cuya peripecia nace con el famoso desencanto y termina en una debacle moral y absoluta, reaccionaran con ira al verse retratados por el escritor navarro, que a través de su conducta, su lenguaje y sus costumbres cuenta todas las mentiras del falso progresismo y señala las consecuencias (degradantes) del culto al dinero de quienes vinieron a regenerar el país y, en vez de hacerlo, se limitaron sencillamente a reclamar un atrio preferente dentro de la cloaca.
Sánchez-Ostiz ajusta cuentas con él mismo y con sus personajes, que no vienen de ningún pretérito. Son los retratos vivos de nuestro presente:
«Esa gente que está encaramada al poder, los cortesanos del nuevo régimen que enseguida se convierte en el Antiguo Régimen, arquitectos pillos, maestros que han colgado el puntero o lo han lanzado como una jabalina por encima de las paredes del estadio, lejos, lejos, cualquier cosa con tal de no regresar jamás a la aldea remota, asesores fiscales de la farfolla guapa, abogados de los que asesoran a una parte y también a la contraria, y son capaces de meter en el ajo a una tercera que no tiene nada que ver en el pleito, profesores sesudos y tristones, artistas con alma de subvencionados que chulean becas y lo más común es que regresen de Berlín, de Nueva York o de Ámsterdam con las maletas vacías. Oscura tropa de impostores que suministran arte oficial a quienes tienen un apetito repentino y desmedido de arte, cultura, discos, óperas, películas, libros, cuadros, manteles, bodegas, a cualquier precio, que hay que amueblarse, que hay que olvidar los potajes fríos de los conventos y de los seminarios, y el frío de las escaleras de terrazo y el olor a comistrajo frío y a leña para la cocina económica, que ahora es donde dicen que la comida sale con su sabor genuino».
El gran teatro del mundo siempre ha sido el mismo. Lo único que cambia con las épocas son las marionetas que, como dice Leopoldo María Panero en un poema, dan cuerda al mecanismo que mueve sus propias figuras.
